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A mitad del camino: aprender a caminar juntos

A mitad del Sínodo Misionero Agustino Recoleto, recorremos lo vivido en Río de Janeiro y descubrimos qué significa realmente caminar juntos.
Sinodales

Llegamos a la mitad del Sínodo Misionero Agustino Recoleto. Han pasado apenas unos días desde que comenzamos, pero tengo la sensación de que llevamos mucho más tiempo aquí. Hemos rezado, escuchado, celebrado, hablado, guardado silencio, compartido inquietudes y abierto algunas preguntas que probablemente no tendrán una respuesta inmediata.

Podría comenzar haciendo un recorrido por todo lo que hemos vivido hasta llegar a este ecuador. Pero quizá, antes de contar lo que ha pasado, haya que volver al principio y hacerse una pregunta mucho más sencilla: ¿qué es realmente un sínodo?

Aprender a caminar juntos

La palabra «sínodo» procede del griego synodos. Tradicionalmente se ha explicado a partir de syn, «juntos», y hodos, «camino». De ahí una de las expresiones que más hemos escuchado durante los últimos años en la Iglesia: «caminar juntos».

Tengo que reconocer que he leído mucho sobre sinodalidad en los últimos años. He trabajado con esta metodología en la pastoral juvenil e incluso he intentado adaptar herramientas como LEGO® Serious Play® para favorecer conversaciones en el Espíritu. Pero nunca había vivido una asamblea sinodal desde dentro. Y vivirla es distinto.

Porque un sínodo no consiste simplemente en sentarse alrededor de una mesa y hablar. Tampoco es una sucesión de conferencias, ni un congreso en el que unos exponen y otros toman apuntes. Es un ejercicio de escucha que obliga a cambiar el ritmo: escuchar al otro, escuchar lo que sucede dentro de uno mismo y tratar de descubrir, en medio de todo ello, qué puede estar diciendo el Espíritu.

La palabra tampoco es nueva para la Iglesia. Desde los primeros siglos del cristianismo se utilizó para designar las reuniones en las que los responsables de las comunidades se encontraban para discernir cuestiones de doctrina, disciplina o gobierno. En 1965, san Pablo VI instituyó el Sínodo de los Obispos y, especialmente durante el pontificado del papa Francisco, la palabra «sinodalidad» adquirió una presencia renovada para expresar una forma de ser Iglesia basada en la escucha, el discernimiento y la participación.

Curiosamente, el lema del último Capítulo General de los Agustinos Recoletos fue precisamente una palabra: Juntos.

Parecía casi un sueño cuando el papa Francisco nos invitaba a vivir así. Juntos como hermanos, sí, pero no solamente nosotros. Junto a los laicos, compartiendo misión, responsabilidades, preguntas y sueños.

Tres años después, contemplar cuánto camino hemos recorrido es un regalo. Y para mí es un privilegio poder contarlo desde Río de Janeiro.

Una casa que comenzó a llenarse

Todo empezó incluso antes de llegar.

Todavía estábamos en Roma cuando le dije a fray Ismael Xuruc: «Vamos a hacer un vídeo para contar lo que vamos a vivir». Aquella noche salíamos hacia Río de Janeiro. Nos esperaban casi doce horas de vuelo y una pregunta difícil de responder: ¿qué nos vamos a encontrar?

Fray Ismael Xuruc: «La misión comienza en el corazón»

Poco a poco comenzaron a llegar los 34 sinodales. La casa, inicialmente silenciosa, empezó a llenarse de maletas, saludos, risas, canciones y conversaciones. Llegaban religiosos procedentes de lugares muy distintos y con experiencias misioneras también muy diferentes. La casa comenzó a estar habitada.

Y quizá ahí comenzó realmente el Sínodo. La primera noche rezamos juntos las vísperas, la Salve y el Ioseph. El Prior General, fray Miguel Ángel Hernández, expresó entonces lo que íbamos a intentar vivir durante estos días: «Estamos aquí para escucharnos y, sobre todo, para escuchar lo que el Espíritu tiene que decirle a la Orden a través de los misioneros». Escuchar. Esa palabra comenzaría a repetirse constantemente.

El Sínodo Misionero comienza para reavivar el fuego misionero

Pedir al Espíritu que caminara con nosotros

El domingo todavía no había comenzado propiamente el trabajo sinodal. Antes había que rezar.

Mons. Alejandro Castaño nos llevó hasta los orígenes misioneros de nuestra historia y nos dejó una advertencia que resonó con fuerza: «No podemos vivir de las añoranzas del pasado».

Somos herederos de una historia extraordinaria, pero la memoria no puede convertirse en refugio. Nuestros mayores salieron, arriesgaron, cruzaron mares, aprendieron lenguas y comenzaron de nuevo innumerables veces. Nosotros también necesitábamos preguntarnos qué significa ser misioneros hoy.

Mons. Alejandro Castaño: «No podemos vivir de las añoranzas del pasado»

Por la tarde, ante el Santísimo, apareció la imagen de la samaritana. La pregunta era incómoda: ¿qué cántaros tenemos que dejar?

Seguridades, costumbres, cargos, cansancios, miedos, estructuras o esa peligrosa frase que tantas veces paraliza cualquier posibilidad de cambio: «Siempre se ha hecho así».

Siempre me ha gustado rezar con mis hermanos. Aquella tarde tenía un significado diferente. Rezábamos juntos por lo que estábamos a punto de comenzar, pidiendo que el Espíritu no fuera simplemente una palabra pronunciada durante el Sínodo, sino su verdadero protagonista.

Ante el Santísimo, el Sínodo se pregunta qué cántaros dejar

Una imagen que espero no olvidar

Aquella noche vivimos uno de esos momentos que espero conservar durante mucho tiempo. La iglesia de Santo Agostinho de Novo Leblon estaba llena. Más de mil personas participaron en la Eucaristía de apertura presidida por el Prior General.

Fueron apareciendo los nombres de nuestras misiones: Lábrea, Marajó, Casanare, el Perú andino, Cuba, Sierra Leona, Indonesia, Filipinas…

Geografías separadas por miles de kilómetros que aquella noche parecían encontrarse en el mismo altar. La música, la liturgia, las palabras, el cuidado con el que se había preparado cada detalle… Todo ayudaba a comprender que algo importante estaba comenzando.

Pero hubo un instante especialmente significativo. Al terminar la celebración, el pueblo extendió sus manos para bendecir a los misioneros.

Normalmente somos nosotros quienes bendecimos. Aquella noche dejamos que el pueblo nos diera la bendición.


Y después llegó la fotografía. Primero con toda la comunidad parroquial y después los sinodales ante el retablo. Una imagen potente que, para mí, resume aquellos primeros días: procedíamos de muchos lugares, pero comenzábamos a caminar juntos.

El Prior General inaugura oficialmente el Sínodo Misionero

«El problema no es la geografía; el problema es el fuego»

El lunes comenzó el trabajo. El Prior General lanzó una provocación con una pregunta tomada del Evangelio: «¿No ardía nuestro corazón?».

Su preocupación era clara: podemos mantener estructuras misioneras y, sin embargo, perder poco a poco el espíritu que las hizo nacer. Por eso insistió en que la misión no es simplemente un lugar al que somos enviados. Es identidad.

«El problema no es la geografía; el problema es el fuego».

Nos invitó a prender fuego. No fuera, primero, sino dentro. A dejarnos inflamar para que la misión vuelva a ocupar el lugar que le corresponde en nuestra vida.

Mientras lo escuchaba recordé una de mis citas favoritas, de M. Raymond en Tres monjes rebeldes:

«Pero no seas un fuego de pajas. Arde con vigor, tan vigorosamente como las estrellas y como el sol. ¡Continúa ardiendo hasta que te quemes! […] Si estás dispuesto a entregarte a Dios, entrégate por entero o no le entregues nada. Sé un santo».

Quizá de eso se trate.

El Prior General pide al Sínodo “incendiar” la Orden con la misión

Dios estaba allí antes que nosotros

Aquella primera jornada terminó con la Eucaristía presidida por fray Russell Cordero, misionero de la Provincia de San Ezequiel Moreno en Indonesia. Fray Russell ha sido para mí uno de los descubrimientos de estos días.

Habló desde su experiencia en Sierra Leona e Indonesia y recordó algo esencial para cualquiera que quiera ser misionero: no llegamos a ningún lugar como mesías.Dios estaba allí antes que nosotros.

La misión exige humildad para entrar en la vida, la cultura y la historia de otro pueblo sabiendo que uno pisa una tierra en la que Dios ya está actuando.

La Eucaristía cierra el primer día de trabajo del Sínodo Misionero

Aquella Eucaristía tuvo además un nombre propio. Ese mismo día conocíamos el fallecimiento de la Hna. Marfiza Pessoa, misionera agustina recoleta. Rezamos por ella y su vida se convirtió, de alguna manera, en otra palabra pronunciada dentro del Sínodo.

Vivimos de una tradición

El martes volvimos a mirar nuestra historia. Mons. Alejandro Castaño fue recorriendo algunos nombres que forman parte de nuestra tradición misionera: santo Tomás de Villanueva, san Alonso de Orozco, san Juan de Sahagún y, especialmente, san Ezequiel Moreno.

«Siento que el Señor me llama allí».

Una frase que atraviesa los siglos. Somos nuevos, pero vivimos de una tradición. Y no deberíamos olvidarlo.

Sin embargo, mirar atrás no significa quedarse atrás. Al finalizar aquella mañana llegaron dos mensajes que abrían el horizonte. Los jóvenes de las JAR expresaron su disponibilidad para la misión y Mons. Lucio Ruiz recordó que existe también un enorme «continente digital» esperando el anuncio del Evangelio.

De san Ezequiel a TikTok puede parecer que existe una distancia insalvable. Quizá no sea tanta.

Cambian los caminos, cambian los lenguajes y cambian los mapas. Lo que permanece es la pregunta: ¿quién irá?

De san Ezequiel al continente digital: una misma misión

Volver la mirada hacia el cielo

Aquella noche Mons. Castaño nos dejó otra imagen.

«Tenemos que volver nuestra mirada hacia el cielo».

Después de hablar tanto de estrategias, estructuras, misiones, dificultades y posibilidades, necesitábamos recordar hacia dónde caminamos.

Hay religiosos cansados. Hay comunidades que envejecen. Hay lugares en los que las fuerzas parecen insuficientes. Hay ministerios que pesan. El Sínodo no pretende ignorar nada de eso.

Pero tampoco podemos olvidar que nuestra esperanza no depende únicamente de nuestras capacidades. Jesucristo «no solamente es un Dios que ama, sino un Dios que redime».

Mons. Alejandro Castaño: “Tenemos que volver nuestra mirada hacia el cielo”

Enviados, no instalados

Y llegamos al miércoles. Esta mañana René González Regorigo abrió su corazón ante los sinodales.

René fue religioso agustino recoleto. Hoy es padre de familia y trabaja para la Orden desde ARCORES Brasil. Su historia personal y su experiencia misionera le permitieron hablar desde un lugar muy particular: desde alguien que sigue queriendo profundamente a esta familia y continúa poniendo su vida profesional al servicio de su misión.

Nos habló de «tres rostros, una pregunta y un pozo»: una anciana en Londres, el ébola en Sierra Leona y un niño en el Amazonas. Y dejó una pregunta que merece ser llevada a la oración:

«¿Qué sostengo porque he sido enviado, y qué sostengo porque no me atrevo a soltarlo?».

Después llegó nuevamente la escucha en el Espíritu. Y algo está cambiando.

A medida que pasan los días, las intervenciones dejan de ser solamente ideas. Aparecen historias, heridas, inquietudes, sueños y experiencias personales. La sala se va haciendo más cercana. El Prior General agradecía esta mañana a los sinodales precisamente eso: su apertura y el bien que, compartiendo sus vidas, están haciendo a la Orden.

«Enviados, no instalados»: una misión que se comparte

Tal vez el reto sea ser santos juntos

Hace aproximadamente un año impartí un taller de LEGO® Serious Play® a unas monjas de clausura Agustino Recoletas.

Hubo algo que me impresionó profundamente. Cuando hablamos de sus sueños, aparecía con una naturalidad extraordinaria un deseo: querían ser santas.

No querían simplemente hacer mejor las cosas. No soñaban únicamente con comunidades más eficientes, estructuras mejor organizadas o proyectos más exitosos.

Querían ser santas.

Y pensándolo ahora, a mitad de este Sínodo, quizá ahí se encuentre una parte importante de la respuesta.

Los misioneros que cruzaron océanos quisieron entregar la vida. San Ezequiel quiso responder a una llamada. Tantos religiosos y laicos que sostienen hoy nuestras misiones siguen intentando responder a la suya. Nos queda todavía la mitad del Sínodo.

Vendrán nuevas iluminaciones, nuevas conversaciones, silencios, preguntas y seguramente algunas incomodidades. Todavía los Sinodales tendrán que hablar mucho y, sobre todo, escuchar mucho.

Pero comienzo a comprender algo que no había entendido del todo leyendo documentos sobre sinodalidad.  Caminar juntos no significa simplemente avanzar todos en la misma dirección.

Significa aprender a escuchar el paso del otro, aceptar que a veces tendremos que modificar nuestro propio ritmo y descubrir que el Espíritu puede hablarnos a través del hermano que tenemos delante.

Quizá el reto sea mucho más sencillo de formular y mucho más difícil de vivir.

Llegar a ser santos. Juntos.

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