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El misionero que evangeliza también es evangelizado

El Sínodo Misionero Agustino Recoleto recuerda que la misión comienza dejándose cuidar por Dios, escuchando y aprendiendo de aquellos a quienes se sirve.
Homilia fray Kenneth

La Palabra de Dios volvió a situar a los participantes del Sínodo Misionero Agustino Recoleto ante una de las claves de toda vocación misionera: antes de salir, enseñar o servir, el misionero necesita reconocerse discípulo, dejarse cuidar por Dios y aprender de aquellos a quienes es enviado.

La Eucaristía fue presidida por fray Kenneth Sabuya, agustino recoleto y misionero en Sierra Leona, quien, desde su propia experiencia misionera, invitó a los sinodales reunidos en Río de Janeiro a volver a lo esencial de la misión y a recuperar la actitud de quien sabe que también necesita recibir, escuchar y aprender.

Hay una imagen capaz de unir las lecturas proclamadas durante la celebración: la de un niño sostenido en los brazos de alguien que lo ama. Desde esa imagen, fray Kenneth invitó a preguntarse no solo por el futuro de la misión, sino por la conversión interior que esta exige.

«Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos». Jesús no respondió con un gran discurso cuando sus discípulos le preguntaron quién era el más importante. Colocó a un niño en medio de ellos.

La misma imagen puede trasladarse al Sínodo. Durante estos días se ha hablado de estructuras, comunidades, formación, economía, vocaciones, prioridades misioneras y del futuro de la Orden. Son cuestiones necesarias, pero en medio de todas ellas resuena una llamada todavía más fundamental: “No olvidéis lo esencial”.

“Antes que misioneros, somos discípulos. Antes que líderes, somos hermanos. Antes que personas que dan, somos personas que reciben”.

El misionero también necesita ser cuidado

Quien vive la misión está acostumbrado a cuidar. Escucha los problemas de las personas, acompaña situaciones difíciles, atiende comunidades, parroquias y colegios, responde ante las necesidades y asume proyectos y responsabilidades.

Sin embargo, esa entrega puede esconder una realidad que no siempre resulta fácil reconocer: el misionero también se cansa y necesita ser cuidado.

“El misionero también experimenta la decepción. El misionero también necesita consuelo”.

Esta reflexión enlaza directamente con uno de los temas que han aparecido durante el proceso sinodal: el cuidado de la vida. Cuidar la misión supone cuidar también al misionero, a los hermanos, la vida comunitaria, la oración y los propios límites físicos y espirituales.

La misión no puede reducirse a una sucesión interminable de actividades. Tampoco es posible vivir permanentemente dando sin aprender a recibir.

Por eso cobra fuerza la imagen del salmista que descansa ante Dios como un niño en brazos de su madre. En una vida marcada por mensajes que responder, problemas que solucionar, proyectos que terminar y personas que esperan, también el misionero necesita recuperar el silencio.

La misión comienza en un corazón que sabe descansar en Dios.

Una conversión que comienza dentro

La llamada de Jesús a hacerse como niños contiene también una invitación a la conversión.

Y la conversión misionera no consiste únicamente en modificar estructuras, abrir nuevas presencias o elaborar nuevos planes. Antes que nada, exige permitir que algo cambie en el interior de cada persona.

Hacerse pequeño significa ser capaz de reconocer: “No tengo todas las respuestas. Necesito a Dios. Necesito a mis hermanos. Necesito a las personas a las que sirvo. Necesito escuchar. Necesito aprender”.

Esta actitud adquiere una fuerza particular en la experiencia concreta de quienes, como fray Kenneth, viven la misión en otras culturas. Un religioso puede llegar a otro país convencido de que lleva a Cristo a quienes allí viven. La experiencia misionera, sin embargo, termina muchas veces revelándole algo diferente: Cristo ya estaba allí.

Dios ya estaba actuando antes de la llegada del misionero.

Y entonces ocurre una transformación: “El misionero que llegó para enseñar comienza a aprender. El misionero que llegó para dar comienza a recibir. El misionero que llegó para evangelizar descubre que él también es evangelizado”.

Para vivir esa experiencia hace falta un corazón suficientemente humilde para pronunciar una palabra muy sencilla: “Enséñame”.

De ahí surge también una llamada para el Sínodo Misionero Agustino Recoleto: la Orden no necesita únicamente misioneros suficientemente fuertes para partir, sino suficientemente humildes para aprender; no solo capaces de hablar, sino también de escuchar; no únicamente preparados para guiar, sino dispuestos a dejarse guiar.

¿Qué ha cambiado en nosotros?

A medida que el Sínodo avanza, aparece una pregunta que va más allá de los documentos, propuestas y decisiones que puedan surgir de estos días.

Quizá al terminar el encuentro la cuestión fundamental no sea solamente “¿qué hemos decidido?”, sino “¿qué ha cambiado en nosotros?”.

¿Somos más humildes? ¿Estamos más dispuestos a escuchar? ¿Prestamos mayor atención a nuestros hermanos? ¿Estamos más disponibles para la misión? ¿Confiamos más en Dios?

La conversión misionera comienza cuando dejamos de pensar que todo depende de nosotros.

“La misión pertenece a Dios. El pueblo pertenece a Dios. Y nosotros también pertenecemos a Dios”.

En medio del Sínodo, la imagen del niño vuelve entonces a ocupar el centro. Es como si Jesús lo colocara nuevamente delante de los misioneros y les pidiera hacerse pequeños, dejarse enseñar, cuidar, sorprender y enviar.

Y, sobre todo, dejarse llevar por Dios.

Porque quizá solo el misionero que sabe descansar como un niño en los brazos de Dios puede encontrar después la libertad y el valor necesarios para abandonar la comodidad de esos brazos e ir allí donde Dios quiera enviarlo.

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