Los participantes del Sínodo Misionero Agustino Recoleto concluyeron la jornada de oración ante el Santísimo, en un momento acompañado por fray Ismael Xuruc y presidido por Mons. Alejandro Castaño. La samaritana y su encuentro con Jesús guiaron un tiempo de silencio, adoración y discernimiento sobre aquello que la Familia Agustino Recoleta está llamada a dejar para volver a anunciar a Cristo.
La tarde del domingo 27 de septiembre llevó a los participantes del Sínodo Misionero Agustino Recoleto, reunidos en Río de Janeiro, nuevamente hasta el pozo de Sicar. Después de una jornada dedicada a la oración y a preparar el corazón para los días de discernimiento que comienzan, los sinodales participaron en un prolongado momento de adoración al Santísimo, acompañado por fray Ismael Xuruc y presidido por Mons. Alejandro Castaño.
El Evangelio de la samaritana, que ha acompañado esta primera jornada del Sínodo, volvió a situarse en el centro. Esta vez, la atención se dirigió hacia el momento en que Jesús entra en la verdad de la vida de aquella mujer y termina revelándole su identidad: «Soy yo, el que habla contigo».
Ante la Eucaristía, el Sínodo dejó por unas horas las palabras, los proyectos y las propuestas para ponerse sencillamente delante de Cristo.
«Soy yo, el que habla contigo»
La adoración comenzó con la exposición del Santísimo y una oración de entrega inspirada en textos de san Agustín. Una de las plegarias resumía también el deseo misionero que está detrás de estos días: pedir al Señor que quienes todavía no lo conocen puedan llegar hasta Él por medio del testimonio de los cristianos y ser enviados «con un solo corazón y una sola alma» a anunciar su nombre.
La reflexión condujo después a los participantes hacia una de las escenas más personales del diálogo entre Jesús y la samaritana. Cristo conoce la historia de aquella mujer, también sus heridas, pero su mirada no la condena.
«Así es la mirada de Cristo. No nos expone: nos reconoce. No nos rebaja: nos levanta».
La invitación era también a dejarse mirar personalmente por Jesús y a reconocer delante de Él las heridas, los cansancios y aquello que puede haber hecho perder fuerza al impulso misionero. La reflexión recogía incluso una constatación surgida durante el itinerario previo al Sínodo: el desgaste aparece cuando se pierde el sentido misionero y las fuerzas terminan concentrándose únicamente en sostener estructuras.
Frente a ello resonó la experiencia de san Agustín y su llamada a regresar al interior. El camino misionero comienza también allí: dejándose encontrar y transformar por Cristo.
Dejar el cántaro para volver a anunciar
Uno de los momentos centrales de la oración se detuvo en un pequeño detalle del relato evangélico: la samaritana dejó su cántaro junto al pozo.
Había acudido precisamente para buscar agua, pero después de encontrarse con Jesús aquello que parecía imprescindible dejó de serlo. La mujer corrió hasta la ciudad porque había descubierto algo más urgente: contar a los demás a quién había encontrado.
Desde esa imagen, los participantes fueron invitados a preguntarse cuál es hoy el «cántaro» que cada uno —y también la propia Orden— necesita dejar atrás. El texto proponía algunos nombres posibles: seguridades, costumbres, cargos, cansancios, miedos o determinadas formas de actuar sostenidas únicamente porque «siempre se ha hecho así».
La samaritana se convertía así en imagen de la misión que quiere reavivar este Sínodo. Ella no posee todas las respuestas ni pronuncia un gran discurso. Simplemente puede decir: «Vengan a ver».
La reflexión recordó que el Evangelio no necesita mensajeros perfectos, sino testigos disponibles. También desde la fragilidad, desde comunidades pequeñas o envejecidas y desde las propias heridas es posible conducir a otros al encuentro con Cristo.
Una misión que otros comenzaron antes
La adoración permitió también mirar la historia misionera de la Familia Agustino Recoleta. Las palabras de Jesús —«Uno siembra y otro cosecha»— sirvieron para recordar a quienes sembraron antes: los primeros recoletos enviados a Filipinas, los misioneros de Casanare, Lábrea y Sierra Leona, y tantos religiosos, religiosas y laicos que entregaron su vida sin llegar necesariamente a contemplar sus frutos.
«Nadie es dueño de la misión», recordaba la reflexión. La generación actual recoge semillas plantadas por otros y, al mismo tiempo, está llamada a sembrar aquello que quizá recogerán quienes vengan después.
Precisamente por eso, el encuentro con la samaritana terminó convertido en una llamada al envío: «No venimos solo a reunirnos: venimos a ser enviados». Dos preguntas acompañaron especialmente el silencio personal: qué «cántaro» es necesario abandonar para volver a anunciar a Cristo con alegría y con qué libertad puede decirse hoy a otros «Vengan a ver».
«Señor, danos de tu agua viva»
La oración continuó con la intercesión por la misión. Ante el Santísimo fueron presentadas la Iglesia y el papa León, toda la Familia Agustino Recoleta, los participantes en el Sínodo, los misioneros que viven en las fronteras y en situaciones de soledad, las comunidades pequeñas o envejecidas, los jóvenes, los pobres y quienes sufren.
Una misma respuesta acompañó cada petición: «Señor, danos de tu agua viva».
El momento concluyó con el Padre nuestro, la oración final y la bendición con el Santísimo impartida por Mons. Alejandro Castaño. La petición final volvió a resumir el sentido de toda la jornada: recibir el agua viva del Espíritu, aprender a dejar los propios cántaros y hacer del Sínodo un verdadero envío, para poder correr, como la mujer de Samaria, hacia la ciudad diciendo a todos: «Vengan a ver».
Así terminó la jornada de oración del Sínodo Misionero Agustino Recoleto. Antes de comenzar las sesiones de escucha y discernimiento, los sinodales han querido permanecer ante Cristo, porque antes de preguntarse qué hacer por la misión, el Sínodo ha comenzado preguntándose qué dejar para poder ser enviados de nuevo.
Tras este momento de adoración, los sinodales se dirigen a la parroquia de San Agustín de Novo Leblon, en Río de Janeiro, donde participarán en la Eucaristía de apertura del Sínodo Misionero Agustino Recoleto, presidida por el prior general, fray Miguel Ángel Hernández. Será también una oportunidad para encontrarse con la comunidad parroquial y, de manera especial, con los miembros de la Fraternidad Seglar Agustino Recoleta y de las Juventudes Agustino Recoletas (JAR) de la parroquia. Así, la jornada que comenzó desde la oración culminará celebrando la Eucaristía junto a la Familia Agustino Recoleta que vive y comparte el carisma en Río de Janeiro.






