En la iglesia de Santo Agostinho de Barra, en Río de Janeiro (Brasil), ante una asamblea eucarística de más de mil personas y junto a más de 30 misioneros de la Familia Agustino Recoleta llegados de distintos lugares del mundo, el Prior General inauguró oficialmente el Sínodo Misionero Agustino Recoleto. La celebración culminó con una imagen para la historia: todo el pueblo, con las manos extendidas, bendiciendo y rezando por los misioneros.
El Amazonas abrazó a Filipinas. Sierra Leona se encontró con Cuba. Las montañas del Perú, las llanuras de Colombia, las islas de Asia y las comunidades de Brasil se reunieron, por unas horas, alrededor del mismo altar. Y más de mil personas pronunciaron juntas una oración: “Bendice, Señor, a nuestros misioneros”.
Así quedó oficialmente inaugurado este domingo, 27 de septiembre, el Sínodo Misionero Agustino Recoleto, en una multitudinaria Eucaristía celebrada en la iglesia de Santo Agostinho de Barra, en Río de Janeiro.
La celebración estuvo presidida por el Prior General de la Orden de Agustinos Recoletos, fray Miguel Ángel Hernández, acompañado por Mons. Alejandro Castaño, obispo emérito de Cartago (Colombia), religiosos, sacerdotes y representantes de la Familia Agustino Recoleta.
Pero los grandes protagonistas fueron los misioneros. Más de treinta hombres y mujeres que durante estos días participan en el Sínodo y que han llegado a Río de Janeiro desde algunos de los lugares donde la Familia Agustino Recoleta desarrolla su misión evangelizadora.
“Esta parroquia se parece hoy al mundo entero”
Desde el comienzo de la celebración, el Prior General quiso que la comunidad contemplara la universalidad de la misión que aquella noche se hacía presente ante sus ojos.
“Hoy esta iglesia, esta parroquia de Barra, se parece un poco al mundo entero”, afirmó. Y entonces comenzó a nombrar las misiones.
Pidió a los misioneros que se pusieran en pie cuando escucharan el lugar del que procedían. Lábrea, en plena Amazonía brasileña. Marajó, en el estado de Pará. Las llanuras de Casanare, en Colombia, tierra evangelizada por san Ezequiel Moreno. La región andina del Perú. La sufrida Cuba. Sierra Leona, en África. Indonesia. Y las misiones de Filipinas: Palawan, Mindanao, Cebú, la isla de Apo…
Algunos de ellos habían necesitado hasta 37 horas de viaje, entre vuelos y conexiones, para llegar a Río de Janeiro.
También estaban presentes las Misioneras Agustinas Recoletas y quienes han viajado desde Roma, España, Brasil y otros lugares para hacer posible la celebración del Sínodo.
La geografía dejó entonces de ser una sucesión de nombres para convertirse en comunión.
“Hoy, en esta parroquia, el Amazonas abraza a Filipinas, Sierra Leona se encuentra con Cuba y Dios nos recuerda que la Iglesia solo tiene un lenguaje: el Evangelio”, predicó fray Miguel Ángel Hernández.
Y Río de Janeiro, la Ciudad Maravillosa, se convirtió por unos días en casa de todos: “El Cristo Redentor los abraza y los acoge. Esta casa nuestra es también la casa de ustedes”.
“Hijo, ve hoy a trabajar a la viña”
La Palabra de Dios colocó después a toda la asamblea ante una pregunta mucho más personal.
El Evangelio presentaba la parábola de los dos hijos: uno dice que no irá a trabajar a la viña, pero finalmente va; el otro responde afirmativamente a su padre, pero nunca llega a ponerse en camino. Una parábola especialmente significativa en el contexto del Año Misionero Agustino Recoleto, que se celebra bajo el lema “Anunciad a Cristo donde podáis”, y precisamente en la Eucaristía de apertura del Sínodo Misionero.
El Prior General se detuvo en dos palabras del Evangelio: “hijo” y “hoy”.
“La misión no nace de una orden militar. Nace de una relación. Dios no nos envía a su viña como un patrón que necesita mano de obra barata. Nos invita como un padre que quiere compartir con sus hijos aquello que más ama”.
Y la llamada no está dirigida únicamente al futuro.
“No dice ‘cuando te jubiles’, ni ‘cuando tengas tiempo’, ni ‘cuando los hijos crezcan’. Dice: ‘Hoy’”.
Fray Miguel Ángel Hernández invitó entonces a mirar con sinceridad la propia vida. Los cristianos, recordó, son hombres y mujeres acostumbrados a decir “sí, Señor”: en el bautismo, en la confirmación, en el matrimonio, en la profesión religiosa, en la ordenación sacerdotal, cada domingo al proclamar el Credo.
Sin embargo, advirtió, “la vida nos devora” y la viña puede quedar siempre para después. Pero el Evangelio abre una posibilidad extraordinaria: el hijo que inicialmente dijo “no” terminó marchando a la viña.
“Para Dios no cuenta la primera respuesta. Cuenta la última”.
Agustín también llegó tarde
En ese camino de respuestas, dudas y conversiones apareció inevitablemente san Agustín. También él, recordó el Prior General, pasó años respondiendo a Dios con un “sí, pero todavía no”. Hasta que llegó aquel momento decisivo en el jardín de Milán.
“Y aquel que llegó tarde se convirtió en uno de los mayores misioneros del amor de Dios de toda la historia”.
«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!».
Tarde, sí. Pero amó.
Por eso, continuó el Prior General, nadie puede considerarse demasiado viejo, demasiado pecador o demasiado pequeño para responder a la llamada de Dios.
“Nunca es demasiado tarde para decir, finalmente, un ‘sí’ de verdad. Un ‘sí’ que vaya en serio”.
Los misioneros, una parábola viva
Fray Miguel Ángel Hernández dirigió entonces la mirada de la asamblea hacia quienes habían viajado hasta Río de Janeiro desde las fronteras misioneras de la Familia Agustino Recoleta.
“Son para nosotros una parábola viva”.
Un día, explicó, también ellos escucharon de alguna manera aquellas palabras: «Hijo, hija, ve hoy a trabajar a la viña».
Y fueron. Dejaron su tierra, su familia, su lengua, su comida, su cultura y sus seguridades. Algunos llevan décadas viviendo en lugares a los que pocos querrían ir.
Han navegado durante horas por los ríos de la Amazonía para celebrar una Eucaristía. Han acompañado comunidades ribereñas. Han atravesado bajo el sol y la lluvia las cordilleras andinas. Han cuidado enfermos, enterrado amigos y bautizado niños. Han conocido la soledad, el cansancio y también la tentación de preguntarse si merece la pena continuar.
Y han aprendido lenguas diferentes para poder decir, en todas ellas, una misma verdad:
“Dios te ama”. “No son superhéroes”, recordó el Prior General. Son hombres y mujeres frágiles, capaces también de sentir miedo y de dudar, pero que un día confiaron en Dios y se arriesgaron.
“Tal vez alguno de ellos dijo primero ‘no’. Pero fueron”.
“¿Qué me está pidiendo Dios?”
La homilía llevó entonces la misión desde Sierra Leona, Filipinas o la Amazonía hasta la vida concreta de cada una de las más de mil personas que llenaban el templo.
Porque “Anunciad a Cristo donde podáis” no significa únicamente partir hacia otro continente. La viña puede estar dentro de casa. En un hijo alejado de la fe. En una madre que vive sola. En un matrimonio que necesita volver a hablar.
Puede estar en el trabajo, en la universidad o entre los amigos. Puede estar en la catequesis, en la pastoral de calle, visitando enfermos o realizando ese servicio sencillo que nadie quiere asumir.
Puede estar también sosteniendo las misiones con la oración y la ayuda material. Y puede estar, especialmente para algún joven, mucho más lejos.
El Prior General se dirigió expresamente a ellos: quizá Dios esté llamando a alguno a entregar unos meses o un año como voluntario misionero. O quizá la llamada sea todavía mayor: entregar toda la vida como sacerdote, religioso, religiosa o misionero.
“No tengas miedo. Si Dios te está llamando a entregar toda tu vida, no digas ‘sí, Señor’ para después no ir”.
Y dejó dos preguntas resonando en el templo:
“¿Qué me está pidiendo Dios?”
“¿De qué manera puedo y quiero comprometerme a ser misionero?”
Más de mil personas bendicen a los misioneros
Entonces llegó uno de los momentos más emocionantes de la celebración.
El Prior General pidió nuevamente a los misioneros y misioneras que se pusieran en pie.
“Mírenlos”, dijo a la asamblea. Ante el pueblo estaban hombres y mujeres llegados desde cuatro continentes. Pero con ellos estaban también, invisiblemente, miles de personas.
“Detrás de cada uno de estos hermanos y hermanas misioneros hay un pueblo, una comunidad, una historia de fe. Sus corazones están llenos de nombres, de rostros, de historias”.
La iglesia respondió primero con un prolongado aplauso. Después, fray Miguel Ángel Hernández hizo algo todavía más significativo. Pidió a todo el pueblo que extendiera sus manos sobre los misioneros y los bendijera.
Más de mil personas levantaron entonces sus brazos.
Familias, niños, jóvenes, religiosos, sacerdotes, miembros de las JAR y de la Fraternidad Seglar Agustino Recoleta convirtieron el templo en una sola oración.
Y juntos dijeron:
“Bendice, Señor, a nuestros misioneros”.
“Sostenlos en el cansancio, cuídalos en la soledad y que nunca les falte el fuego del Espíritu. Fortalece su esperanza en las dificultades, haz fecundo su trabajo escondido y conviértelos en testigos alegres de tu Evangelio”.
Amén.
Así comenzó oficialmente el Sínodo Misionero Agustino Recoleto. Con los misioneros de pie. Con un pueblo entero extendiendo las manos sobre ellos.
Con el Amazonas, África, América y Asia reunidos alrededor del mismo altar. Y con una pregunta que desde Río de Janeiro quiere alcanzar ahora a toda la Familia Agustino Recoleta: ¿Dónde está hoy tu viña?






