Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

El Prior General pide al Sínodo “incendiar” la Orden con la misión

El Prior General propone ocho “estrategias incendiarias” para reavivar la misión durante la primera mañana de trabajo del Sínodo Misionero.
Prior General Apertura Sínodo

La primera mañana de trabajo del Sínodo Misionero Agustino Recoleto puso el foco en una pregunta decisiva: “¿Arde todavía nuestro corazón misionero?”. Fray Miguel Ángel Hernández invitó a los sinodales a buscar caminos concretos para que la misión vuelva a ser preocupación de toda la Orden.

La primera mañana de trabajo del Sínodo Misionero Agustino Recoleto, que se celebra en Río de Janeiro, comenzó este 28 de septiembre con una intervención del Prior General, fray Miguel Ángel Hernández, que situó ante los sinodales uno de los grandes desafíos que motivaron la convocatoria: cómo reavivar el espíritu misionero y conseguir que la misión vuelva a sentirse como una responsabilidad compartida por toda la Orden.

Bajo el título “¿No ardía nuestro corazón?”, el Prior General partió de una constatación: existe preocupación por el debilitamiento del espíritu misionero, entendido no solamente desde el número de religiosos enviados, sino desde “la disponibilidad para la misión, el deseo de ser enviado, esa inquietud antigua por las fronteras donde la Iglesia más nos necesita”.

Sin embargo, fray Miguel Ángel quiso dejar claro desde el principio que su intervención no pretendía reprochar nada a quienes participan en el Sínodo, muchos de ellos con una amplia experiencia misionera. “Esta charla no busca culpables. Busca caminos y colaboradores”, explicó. El objetivo, señaló, es encontrar juntos “estrategias incendiarias” capaces de devolver la misión al corazón de todos.

De tener misioneros a ser una Orden misionera

Una de las ideas centrales de la intervención fue que “la misión no es primero un destino. La misión es una identidad”. Para el Prior General, el peligro no está únicamente en disponer de menos religiosos para determinados territorios, sino en que la misión termine convirtiéndose en la especialidad de unos pocos mientras el resto de la Orden la contempla desde la distancia.

Por ello distinguió entre admirar a los misioneros y dejarse interpelar por su testimonio. No todos los religiosos podrán cruzar una frontera geográfica, recordó, pero todos están llamados a compartir una misma identidad misionera. Incluso estar destinado en un territorio de misión no garantiza conservar ese espíritu:

“Lo contrario del espíritu misionero no es no haber ido a misión. Es la indiferencia. El problema no es la geografía; el problema es el fuego”.

Desde ahí, fray Miguel Ángel planteó una pregunta que acompañará buena parte del trabajo sinodal: “¿Qué estamos haciendo para que la misión resulte apasionante?”. A su juicio, quizá la Orden no necesite solamente mejores discursos sobre la misión, sino experiencias capaces de hacerla nuevamente deseable y de mostrar que entregar la vida sigue mereciendo la pena.

Ocho “estrategias incendiarias” para reavivar la misión

El Prior General concretó su reflexión en una serie de propuestas que denominó provocativamente “estrategias incendiarias”. Aunque hablabas de siete puntos, Alfonso, en el texto definitivo aparecen ocho estrategias numeradas; por eso las recojo aquí respetando el documento:

1. Que los misioneros incendien también a la Orden. Su experiencia no debería quedar escondida en los lugares donde sirven. El Prior General propuso favorecer testimonios, encuentros con comunidades y formandos, visitas a casas de formación y relatos personales que permitan descubrir no solamente qué hacen los misioneros, sino qué está haciendo Dios en sus vidas. “Una historia misionera bien contada puede hacer por la vocación de un joven más que diez discursos sobre la importancia de las misiones”.

2. Hacer que la misión entre en las comunidades y las implique. La misión necesita formar parte de las conversaciones ordinarias de las comunidades. Conocer una historia, una necesidad o la realidad de un territorio puede ayudar a que aquello que ocurre en las fronteras misioneras deje de sentirse lejano.

3. Que la formación “huela a misión”. La disponibilidad para ser enviado no puede aparecer solamente al final del proceso formativo. Desde sus primeras etapas, la formación debería ayudar a desarrollar un corazón abierto a la misión: “No estamos formando religiosos para cubrir puestos misioneros. Estamos formando religiosos con un corazón disponible para ser enviados”.

4. Crear experiencias que contagien. Frente a una misión conocida únicamente desde los discursos, el Prior General propuso experiencias concretas que permitan encontrarse con misioneros y comunidades y conocer realidades de pobreza, periferia o exclusión. El objetivo, advirtió, “no es formar turistas de misión”, sino ensanchar los horizontes de la propia vocación.

5. Que los mayores sigan poniendo leña. Los religiosos que ya no pueden desplazarse conservan una importante responsabilidad misionera: rezar, acompañar, escribir, animar y, especialmente, transmitir a las nuevas generaciones las historias de una vida entregada.

6. Los enfermos también pueden ser misioneros. Desde la fragilidad pueden sostener la misión mediante la oración, el ofrecimiento de su sufrimiento, la cercanía a los misioneros y el interés por las comunidades. Si la misión es identidad, recordó el Prior General, esta no desaparece cuando disminuye la capacidad física.

7. Celebrar la misión. La Orden necesita hacer visible públicamente la belleza de la entrega misionera, no para presentar al misionero como un héroe inalcanzable, sino para mostrar que entregar la vida en las fronteras continúa siendo “algo hermoso, valioso y deseable”.

8. Recuperar el fuego misionero de los días 19 en memoria de san Ezequiel. Fray Miguel Ángel planteó recuperar de manera más explícita la dimensión misionera de esta jornada, haciendo que cada mes una misión de la Orden pueda entrar en las comunidades, parroquias, colegios y casas de formación a través de testimonios, historias, rostros e intenciones de oración. Octubre, mes tradicionalmente misionero, podría intensificar esta dinámica para conseguir que toda la Orden “respire misión”.

El desafío, insistió el Prior General, será comprobar qué cambia realmente después del encuentro. El fruto del Sínodo no se medirá solamente por sus documentos o propuestas, sino por su capacidad para provocar una transformación en la forma en que religiosos, comunidades, jóvenes y obras sienten la misión. “No todos estamos llamados a ir a la misión, pero todos estamos llamados a vivir la misión como propia”.

La intervención terminó devolviendo a los participantes a la imagen del fuego: “La misión no se impone, se contagia. El fuego no se fabrica, se transmite”. Y dejó una pregunta para llevar de Río de Janeiro a toda la Orden: “Señor, ¿dónde nos necesitas?”.


Ver galería completa →

Del fuego al pozo: comienza la conversación en el Espíritu

Tras la intervención del Prior General, fray Ismael Xuruc condujo la primera iluminación que preparó a los sinodales para la conversación en el Espíritu. Bajo el título “Identidad carismática y espiritualidad misionera”, la reflexión tomó como punto de partida el encuentro de Jesús con la samaritana y una convicción: “Ser antes que hacer: la interioridad como raíz de la misión”.

La imagen del pozo permitió profundizar en la relación entre interioridad, comunidad y misión. “Antes de ser misioneros que dan, somos sedientos que reciben. Antes de llevar el agua, hay que tenerla”, recordó la iluminación. La interioridad fue presentada como el agua escondida; la comunidad, como el brocal que la protege; y la misión, como el balde que lleva esa agua hasta quien tiene sed.

La reflexión condujo finalmente a la imagen del cántaro que la samaritana abandona junto al pozo después de encontrarse con Cristo. Desde ella, los participantes fueron invitados a preguntarse qué necesitan dejar para anunciar el Evangelio con mayor libertad y a discernir sobre el activismo, la vida comunitaria, la participación del laicado en el carisma y la raíz interior de la misión.

Con estas preguntas comenzó el trabajo de los grupos mediante la conversación en el Espíritu. Así, la primera mañana del Sínodo unió dos imágenes que acompañarán el discernimiento de estos días: un fuego que necesita ser transmitido y un pozo al que es necesario volver para tener agua que ofrecer.

Compartir:

Entradas Relacionadas