El Sínodo Misionero Agustino Recoleto ha terminado en Río de Janeiro. Durante una semana, 34 sinodales han rezado, escuchado, discernido y compartido la vida y los desafíos de la misión. Desde recoletos.org intentamos contártelo cada día. Ahora las maletas vuelven a cerrarse, pero queda una pregunta: ¿qué haremos con el fuego que hemos recibido?
Durante estos días hemos hablado mucho de fuego. Antes incluso de comenzar, fray Ismael Xuruc nos advertía que “la misión comienza en el corazón”. Después, el Prior General, fray Miguel Ángel Hernández, nos propuso ocho “estrategias incendiarias” para volver a poner la misión en el corazón de la Orden. Y el Sínodo terminó alrededor de la misma imagen: una hoguera de la que cada uno tendría que llevarse una brasa.
Mientras escuchaba al Prior General, pensé que para los Agustinos Recoletos el fuego podía tener todavía otro significado, o qué tal vez ese fuego siempre ha estado presente.

Del mismo hierro
Fray Luis de León, el religioso que redactó nuestra Forma de vivir, adoptó como emblema “Ab ipso ferro”, “del mismo hierro”. La expresión estaba acompañada por la imagen de un árbol herido por el hacha del que volvían a brotar ramas nuevas. Aquello que lo había podado no tenía la última palabra: la vida volvía a surgir con mayor vigor.
Tal vez este Sínodo haya sido también un fuego capaz de calentar nuestro propio hierro, frio, viejo, pero hierro. No para convertirnos en algo distinto de lo que somos, sino para devolvernos el temple, renovar aquello que necesita ser renovado y recordarnos una identidad que algunas veces podemos olvidar: somos misioneros.
El camino comenzó preguntándonos ante el Santísimo qué cántaros necesitábamos dejar. Mons. Alejandro Castaño nos recordó que “no podemos vivir de las añoranzas del pasado”, aunque tampoco podemos olvidar de dónde venimos. Por eso recorrimos el camino que va desde san Ezequiel hasta el continente digital y escuchamos que los nuevos territorios de evangelización conviven con aquellos lugares donde nuestros hermanos continúan entregando la vida.
Fray Russell Cordero nos recordó que el misionero no llega como un mesías, porque Dios siempre estaba allí antes. René González Regorigo nos invitó a reconocernos como “enviados, no instalados” y a comprender que la misión ya no puede vivirse sin los laicos. Y, mientras avanzábamos, aprendimos qué significa realmente caminar juntos. Así lo vivimos y así intentamos contártelo.

La santidad tiene color de misión
En la homilía de clausura, fray Miguel Ángel Hernández dio una nueva profundidad a todo lo vivido. Recordó que habíamos dedicado estos días a algo para lo que casi nunca encontramos tiempo: detenernos y escuchar.
“No ha sido tiempo robado a la misión. Ha sido la misión en su misma raíz”, afirmó.
Era la fiesta de los Santos Ángeles Custodios y el Prior General relacionó dos palabras: ángel significa “enviado”, y misionero procede del latín missus, que también significa “enviado”. Pero advirtió que no debíamos convertir a nuestros misioneros en héroes. “La grandeza del ángel no está en lo que hace, sino en lo que mira”.
Esa mirada tiene dos direcciones: hacia Dios y hacia el pequeño. Interioridad y misión. El Prior General la definió como una síntesis profundamente recoleta y le puso un nombre: santidad. “La misión es el mejor lugar para ser santo”, afirmó.
Nuestra historia parece darle la razón. Santa Magdalena de Nagasaki y san Ezequiel Moreno, nuestros dos santos, se santificaron en las misiones. Allí entregaron también su vida los mártires del Japón; en China la gastó el venerable fray Mariani Gazpio; desde un despacho en Roma fray Jenaro Fernandez; en Lábrea la entregaron la venerable Cleusa y el siervo de Dios Mons. Ignacio Martínez.
Por eso el Prior General pudo afirmar que “casi todos los rostros de santidad de nuestra familia tienen el color de la misión”.
Ojalá el fuego de estos días caliente nuestro hierro hasta ayudarnos a recuperar con fuerza esa identidad. Ojalá volvamos a ser una Orden misionera, no porque todos tengamos que atravesar océanos, sino porque la misión vuelva a ser la niña de nuestros ojos, esté presente en nuestras comunidades y casas de formación y haga arder el corazón de quienes un día tendrán que continuar nuestra historia.

Ahora nos toca llevar las brasas
Uno de los temores expresados durante el Sínodo fue regresar a casa y volver a vivir exactamente como antes. El Prior General reconoció que también él compartía ese miedo. Sin embargo, dijo haber visto que algo había prendido en los ojos, las lágrimas y la verdad con la que hablaron los hermanos. El fuego, recordó, no lo habíamos encendido nosotros: “Pero llevarlo sí nos toca a nosotros”.
Por eso preguntó: “¿Qué hacemos ahora con esta hoguera?”. No podemos quedarnos contemplándola. Una hoguera calienta y reúne, pero si nadie se lleva una brasa, al día siguiente solo queda ceniza. “Sed vosotros esas brasas”, pidió a los sinodales, porque “una hoguera no se mide por lo alta que es, sino por los fuegos que se encendieron con ella”.
No sé si este Sínodo cambiará nuestra vida. Tampoco sé si cambiará nuestra Orden. Eso no podremos saberlo hoy. Lo descubriremos cuando veamos qué ocurre con el fuego al regresar a la vida cotidiana.
Sí sé, sin embargo, lo que estos días reafirman en mí y en la misión de la Oficina de Comunicación de la Orden: queremos ser testigos y custodios de estas miradas y contarlas al mundo entero. Comunicar nuestra vida no consiste solamente en publicar aquello que hacemos. También significa reconocer lo que Dios va haciendo entre nosotros, custodiar su memoria y conseguir que las historias de esta familia lleguen hasta quienes no pudieron estar allí.
Por eso el Sínodo termina en Río de Janeiro, pero todavía no termina en recoletos.org. A partir de la próxima semana comenzaremos Los ecos del Sínodo. Volveremos sobre historias que apenas pudimos contar, escucharemos a sus protagonistas y entraremos en nuestras misiones. El Sínodo se transforma ahora en eco, y queremos seguir contándolo.
“No quiero salvarme sin vosotros”
Quiero terminar de una manera personal. Hay unas palabras de san Agustín que me acompañan desde hace muchos años. Son aquellas del famoso sermón 340 en el que afirma: “Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano”. El ministerio, para Agustín, solo tiene sentido como servicio: quien preside sigue siendo un siervo junto con los demás, porque todos tienen un único Señor.
Más adelante expresa un deseo que hice mío el día de mi profesión solemne: “No quiero salvarme sin vosotros”. Entonces mi vida estaba dedicada especialmente al estudio, a los universitarios y a la parroquia. Hoy quiero reafirmarlo desde la misión que esta familia religiosa me ha confiado en la comunicación.
Me quiero salvar con vosotros y por vosotros, contando vuestras historias.
Quiero contar, y queremos desde la Oficina de Comunicación de la Orden, la historia del misionero que atraviesa un río, del hermano mayor que sostiene la misión con su oración, de la religiosa que entrega silenciosamente la vida, del joven que comienza a preguntarse dónde lo necesita Dios y del laico que descubre que esta misión también es suya. Quiero contar también al hermano cansado, al que necesita volver al pozo y al que necesita que alguien le recuerde que todavía queda fuego.
Dentro de unos días volverán a sonar los teléfonos. Volveremos a correr detrás de reuniones, videollamadas, correos, citas y noticias urgentes. Pero quisiera que algo de Río de Janeiro permaneciera cuando regrese todo ese ruido.
Ab ipso ferro. Del mismo hierro.
Que el fuego del Espíritu caliente nuestro hierro, renueve nuestro temple y nos recuerde quiénes somos. Y que no olvidemos aquellas palabras de Agustín que hoy vuelvo a hacer mías: “¿Para qué vivo, sino con el único fin de que vivamos juntos con Cristo?”
Esa es también mi manera de entender la comunicación: contar vuestras historias para que el fuego no se apague.
No me gusta firmar debajo mis noticias en la web, pero hoy le robo su forma de firmar a fray Ismael Xuruc, a modo de homenaje.
Agustinianamente, fray Alfonso.






