Nada más ordenarse, fray Jesús estuvo en Parroquia Santa Rita de Madrid, España (1973-1977); también estuvo un breve periodo en el centro de Costa Rica (San Antonio de Belén, 1988-1989), y un año en el conocido barrio del Bronx de Nueva York (1989-1990).
Pero los 47 años (y sumando) en el Sarapiquí le valieron ser nombrado hijo predilecto de su municipalidad en 2022 y hasta el apodo que le pusieron con cariño sus hermanos recoletos. En concreto, ha ejercido en Río Frío (1977-1988, 1990-1997, 2004-2017), Venecia de San Carlos (1997-2004) y Puerto Viejo (2017 hasta hoy).
En esta entrevista repasamos sus recuerdos de la llegada a Costa Rica y conocemos su opinión sobre otras cuestiones sobre la pastoral misionera en la Iglesia.
¿Cómo fue tu adaptación al llegar a Sarapiquí?
Desde el punto de vista personal, tuve que reelaborar mis planteamientos e ideas, algo románticas, sobre la misión. Riofrío o Finca 6 era una plantación bananera de 2.500 hectáreas con tres entradas muy controladas. Al llegar, parabas el vehículo, te bajabas y presentabas tu documentación. Luego se aplicaba en ruedas y zapatos formalina, una solución acuosa antimicrobiana, antiviral y bactericida de olor muy fuerte y penetrante.
Todo era una enorme propiedad de once fincas de la Standard Fruit Company, nueve sembradas. Todo estaba mediatizado por el banano. Aunque los sueldos eran buenos comparados con el resto de las zonas agrícolas, las bananeras tenían muy mala fama de lugares sin ley ni orden, llenos de vicios. Tras conocer las otras realidades del país, no era tan diferente, solo que en la bananera todo era más abierto, sin barnices de moralismo.
También tenían fama las tensiones entre sindicatos y empresa. Ambas partes trataban de influir en la Iglesia y hacerse con el beneplácito del párroco. Quien pagaba los platos rotos era, siempre, la gente humilde.
La Parroquia también atendía el Distrito III del cantón, Orquetas, con pueblos nacidos tras la invasión de tierras del Instituto de Tierras y Colonización del Estado. Tenían otro tipo de problemas. Allí construimos antes la escuela que el templo: los niños no faltarían a clase y las Misas se podían celebrar bajo ese mismo techo.
Los Recoletos allí comenzamos de cero, habilitando nuestra propia vivienda. Además, me quedé solo muy pronto. Mi principal cometido era acompañar al pueblo, sin ninguna pretensión de convertir ni grandes planteamientos teóricos. El “estar con la gente” y “acompañar” nació porque aunque personas muy técnicas y muy preparadas redacten planes y proyectos pastorales, en la práctica, casi nunca funcionaban.
En el Sarapiquí he conocido siete u ocho planes de pastoral, hechos en despachos, no desde la realidad y experiencia del día a día. En Puerto Viejo hay disposiciones diocesanas para la catequesis desde 2016, pero al intentar llevarlas a cabo aparecen esas situaciones de la vida real y viene la duda: ¿y qué hago yo ahora?
Estar con la gente y participar de su vida permite crear, poco a poco, una conciencia comunitaria. El convencimiento llega por la acción, no por la palabra. Una norma que no entre en el corazón no sirve, la persona no se adhiere, busca cómo escapar, sortearla, como en las leyes de tránsito o las fiscales. La ley tiene que estar dentro de cada uno, el cumplimiento nace del convencimiento, no de que se intente imponer desde fuera.
¿Qué papel tiene la Iglesia en el bienestar de la gente en Sarapiquí?
Las multinacionales dominan el mundo. Aunque los derechos laborales estén muy claros en la legislación, cuando no se cumplen se necesita de una autoridad fuerte que fiscalice, o que los trabajadores sepan defenderse. Nadie consigue nada sin que otro lo permita. Si alguien es explotado y se calla, seguirán explotándole.
La Iglesia Católica está ubicada en sociedades principalmente capitalistas, incluso funciona en la práctica dentro de esos parámetros y normas. Y con documentos y discursos normalmente no se soluciona mucho. La Iglesia primitiva cambió el Imperio a con mártires y testigos, no con documentos o discursos. Tras las persecuciones logró que se crease una nueva mentalidad en asuntos como la vida, el dinero o la violencia.
Casi todos los sistemas de creencias quizá viven hoy cierta involución; pero, además, creo que la Iglesia perderá su diálogo y propuesta no es mediante testigos: las palabras ni siempre convencen, pero los ejemplos arrastran.
¿Cómo se ha vivido el problema migratorio en el Sarapiquí?
Cuando llegamos a Costa Rica, había cuatro centros urbanos en el valle intermontano: Alajuela, Heredia, Cartago y San José. Ahora todo eso está conurbado, es una gran zona metropolitana que llenó con los migrados desde las zonas rurales.
Respecto a las internacionales, se ha exagerado la presencia de nicaragüenses. En Puerto Viejo hay comunidades a lo largo del río San Juan; para la Eucaristía, los del lado nicaragüense, si tienen gasolina, vienen a la celebración. Hubo siempre una relación fluida y constante, sin control fronterizo ni preguntarse unos a otros por su pasaporte, son comunidades que conviven en armonía y tienen vidas casi idénticas.
Los nicaragüenses se quedaron con la fama, pero también hay en Costa Rica muchos otros. Ocurre que las migraciones se juzgan según su causa y el dinero que se lleva consigo. Cuando inauguramos el seminario en Pozos de Santa Ana aquello era el fin del mundo. Ahora es una de las zonas más ricas del país y alberga a muchos millonarios de otros países. La migración es un fenómeno universal y muy complejo.
¿Cómo ha sido la interacción entre los Recoletos y el Sarapiquí?
Al principio, los Agustinos Recoletos en el Sarapiquí hacían más la vida de un sacerdote diocesano. El ideal o patrón recibido en nuestras casas de formación eran las misiones de Filipinas o de China, con insignes solitarios, heroicos, sí, pero aislados por la dificultad de las comunicaciones y la falta de religiosos, en soledad en sus puestos.
Riofrío estaba muy mal comunicada: el centenar de kilómetros hasta Alajuela, sede de la Delegación, tomaba más de seis horas. El tiempo nos lo comía acompañar a la gente y la “pastoral del cemento”, las construcciones. Y nuestro personal fue muy inestable hasta que, años después, la Provincia destinó más religiosos.
En los años 80 media docena de recoletos trabajamos muy bien en equipo. Nos reuníamos una vez al mes para convivir y apoyarnos mutuamente. En Costa Rica solo había un librito sobre la Primera Comunión. Valiéndonos de publicaciones de España, redactamos un método completo para los tres primeros niveles de Catequesis, otros dos para la preparación al Matrimonio y al Bautismo y un libro de cantos. Después la Conferencia Episcopal fue proponiendo sus propios documentos y los aplicamos.
¿Cómo ves el futuro de los Agustinos Recoletos en Costa Rica?
Veo dos condicionantes: que cada vez somos menos y más mayores y que hay que tener en cuenta de dónde y con qué planteamientos y antecedentes vienen las nuevas vocaciones. En estos tiempos, quizá, no sobra hacer una selección más estricta.
Nuestro obispo de Ciudad Quesada, José Manuel Garita, ha dicho muchas veces que prefiere una parroquia sin sacerdote a que haya uno que hace más negativo que positivo. En la dicotomía de cantidad o calidad, sin calidad la cantidad no sirve para nada.
El futuro no está escrito, pero siempre he pensado que deberíamos tener comunidades sin ostentar un oficio pastoral, canónico, porque condiciona mucho al religioso. Algo parecido a los de los primitivos recoletos: comunidad y pastoral, ejercicios espirituales, charlas, sacramentos, ayuda a los párrocos… Tres o cuatro frailes que cumplen con la vida común y colaboran con la Iglesia local, pero no atados al oficio canónico.
También creo muy importante que reforcemos el sentido del convencimiento personal, que todos los hermanos sepan comprometerse con lo que van a hacer, decir y vivir.
¿Cómo se vive hoy la fe en Costa Rica?
En Costa Rica el 52% de la población no practica ninguna religión, aunque si la pregunta es si creen en Dios, un 94% dice que sí; y estar en una religión no significa tampoco creer. Si no vives lo que dices creer, si tu fe no se traduce en obras, es una fe muerta, no existe. Dicen tener fe, pero viven como si no la tuvieran.
Del 48% que sí practican, algo más de la mitad asegura practicar lo mínimo de la religión católica: bautizan y llevan a la Primera Comunión a sus hijos, se casan en la Iglesia, van a misa algunos domingos… El resto se denominan evangélicos, excepto una pequeña minoría que practica otras religiones. El gran problema no es esa división entre católicos y evangélicos, sino la indiferencia religiosa, incluso en los países donde la mayoría de la población dice creer en Dios.
¿Qué dirías como misionero en este Año Misionero?
Habría que empezar desmitificando la misión. Tan misión es educar en un colegio, como en la selva amazónica. La misión no es algo de gente medio heroica que va al fin del mundo; evangelizar en una ciudad puede ser mucho más difícil que en cualquier otra zona rural o empobrecida.
Cada persona tiene una misión y puede sentirse misionero y enviado: solo hay que dar testimonio de Jesucristo. En Costa Rica mucha gente sigue en redes sociales a clérigos con fama. Siempre me pregunto si ese mar de seguidores luego lee el Evangelio, si en el día a día tratan de acomodar su vida y sus criterios al evangelio de Jesús.
Hay que abandonar los estereotipos e ir al grano. El primer choque que me llevé en Río Frío es que la gente que aparecía en aquellas historias de misioneros en el Boletín de la Provincia de San Nicolás de Tolentino que yo leía en el seminario no era tan diferente de la gente que me encontraba cada día. La gente humilde es igual en todas partes, sus problemáticas son parecidas. Que cada uno responda a su llamada a dar testimonio de Jesús y a su idea de misión, donde sea y cuando sea.


























