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«Enviados, no instalados»: una misión que se comparte

El Sínodo Misionero Agustino Recoleto profundiza en la misión compartida desde el testimonio, la escucha y la apertura de los sinodales.
Rene González

El testimonio de René González Regorigo, antiguo religioso agustino recoleto y hoy colaborador de ARCORES Brasil, abrió un espacio especialmente personal en la tercera mañana de trabajo del Sínodo Misionero Agustino Recoleto. Su experiencia recordó que la misión puede cambiar de forma sin dejar de ser envío.

La mañana de trabajo del Sínodo Misionero Agustino Recoleto tuvo uno de sus momentos más cercanos con la iluminación de René González Regorigo, de ARCORES Brasil. Su intervención, titulada «Enviados, no instalados», acompañó la reflexión de los sinodales sobre las presencias, las prioridades y la misión compartida.

La suya era, además, una palabra pronunciada desde una historia personal profundamente vinculada a los Agustinos Recoletos. René fue religioso agustino recoleto, vivió durante años la experiencia misionera y hoy es padre de familia. Su vida tomó otro camino, pero no desaparecieron ni el cariño hacia la Orden ni su compromiso con su misión. Actualmente trabaja en la oficina de ARCORES Brasil, desde donde continúa ayudando a sostener proyectos al servicio de las comunidades y de los misioneros.

Por eso, más que una exposición teórica, sus palabras adquirieron el tono de quien comparte algo que forma parte de su propia vida. Y lo hizo con una mirada agradecida hacia una familia religiosa que continúa sintiendo como cercana.

Tres rostros para hablar de la misión

René comenzó dejando claro que no pretendía ofrecer un plan de reconfiguración ni decidir qué presencias deberían mantenerse o cerrarse. «Traigo tres rostros, una pregunta y un pozo», explicó a los sinodales. Los tres rostros procedían de su propia experiencia.

Recordó primero a una mujer anciana de un barrio pobre de Londres, donde descubrió que una de las mayores pobrezas era sencillamente no tener a nadie que escuchara.

Después llevó a los sinodales hasta Sierra Leona, donde había trabajado en educación, agricultura y evangelización. La llegada del ébola cambió radicalmente la misión:

«Aprendí allí que hay un momento en que la misión no consiste en dar nada, sino en no marcharse».

El tercer rostro fue el de un niño de ocho o nueve años junto a un río del Amazonas. Las largas horas de navegación para alcanzar las comunidades ribereñas le enseñaron que «llegar ya es misión» y que el tiempo empleado para alcanzar a las personas también expresa cuánto importan.

Londres, Sierra Leona y el Amazonas terminaron confluyendo en una pregunta que René dejó en medio de la sala:

¿Qué sostengo porque he sido enviado, y qué sostengo porque no me atrevo a soltarlo?

Desde el encuentro de Jesús con la samaritana, René invitó a comprender que la misión nace de la presencia, la escucha y la capacidad de hacerse vulnerable ante el otro.

«La misión, antes de ser palabra, es presencia que se hace vulnerable en el terreno del otro», afirmó. Y recordó que nadie es propietario de la cosecha: «Todos somos enviados a un campo que otros empezaron».

Una misión que también se comparte con los laicos

Su propia situación actual permitió que la reflexión sobre la misión compartida adquiriera una especial profundidad. Desde su trabajo en ARCORES, René explicó que ante una emergencia quienes responden primero muchas veces no son las estructuras, sino «personas con nombre», entre ellas numerosos laicos y laicas.

Para René, misión compartida no significa simplemente conseguir colaboradores o repartir tareas. Significa compartir «la alegría y la responsabilidad del envío» y reconocer que religiosos y laicos están llamados a discernir juntos. «Es una comunión de vocaciones, no un reparto de funciones», señaló.

Sus palabras tuvieron inevitablemente algo de autobiográfico. Quien un día vivió la misión como religioso agustino recoleto continúa hoy sirviéndola desde otra vocación y desde otra realidad familiar y profesional. Su presencia ante los sinodales fue también una expresión concreta de esa misión compartida sobre la que el Sínodo está reflexionando.

Al terminar, René volvió a la imagen del pozo y dejó cinco preguntas para el silencio. Entre ellas, una interpelación especialmente relacionada con la reflexión de la mañana:

¿Reconozco al laico y a la laica como hermanos con quienes orar, discernir y decidir, o sólo como colaboradores que ejecutan?

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Cuando el Sínodo comienza a compartir la vida

Tras la iluminación llegó nuevamente el momento de escucha en el Espíritu. Pero, conforme avanzan las jornadas, estos espacios están adquiriendo un tono diferente. La cercanía entre los sinodales va creciendo y, con ella, también la libertad para compartir no solamente ideas sobre la misión, sino la propia vida.

En el grupos aparecieron experiencias personales, dolores, inquietudes y esperanzas. El discernimiento comenzó así a tocar la historia concreta de quienes participan en el Sínodo.

El Prior General, fray Miguel Ángel Hernández, agradeció expresamente a los sinodales esta apertura y el bien que, mediante su sinceridad y su disposición a escucharse unos a otros, están haciendo a la Orden.

La mañana concluyó con un signo de comunión recibido desde la vida contemplativa. Las monjas agustinas recoletas del Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, en Guaraciaba do Norte (Brasil), hicieron llegar un mensaje a los participantes del Sínodo, recordando desde la oración que el discernimiento misionero de estos días no pertenece únicamente a quienes se encuentran reunidos en Río de Janeiro, sino que es acompañado por toda la Familia Agustino Recoleta.

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