San Jerónimo era algo mayor que san Agustín y gozaba de enorme prestigio en el mundo cristiano de lengua latina. Había dedicado años al estudio de las lenguas bíblicas y estaba inmerso en la revisión y traducción de la Biblia al latín.
Ambos nunca llegaron a conocerse personalmente y toda su relación fue por carta, no exenta de tensiones debido a algunos desacuerdos sobre cómo interpretar ciertos pasajes bíblicos. El que se desarrolla en esta carta cubre el episodio de Gálatas 2,11-14, cuando Pablo reprende públicamente a Pedro en Antioquía.
Agustín decía que fue una discusión real, mientras que Jerónimo defendía que fue algo más “pedagógico” que real. ¿Puede la Escritura contener algo que no sea estrictamente verdadero? Agustín cree que no, pues eso abriría una grieta en la autoridad de Biblia.
Esta carta, que a continuación resumimos y adaptamos a un lenguaje actual, forma parte de una controversia epistolar entre ambos que duró años, por momentos bastante tirante, pero los llevó a una amistad intelectual de gran respeto mutuo.
Me alegra mucho recibir tu carta, más corta de lo que esperaba pero, viniendo de ti, cada palabra vale mucho. Aunque la distancia física nos separa, estamos unidos en el Señor y por los libros que has escrito. Me permiten conocerte casi por completo, he visto tu alma un poco en ellos, y bendigo a Dios por haberte hecho como eres.
Cuando hablas de la carta del apóstol Pablo a los Gálatas encontré algo que me sorprendió: si en la Biblia se aceptase que hay mentiras, ¿qué autoridad tiene? Si creemos que Pablo mintió al decir que Pedro y Bernabé “no caminaban según la verdad del Evangelio”, ¿no podríamos pensar que la Biblia solo dice la verdad cuando el lector está de acuerdo con lo que se dice?
Una cosa es la compasión y otra el engaño. Cuando Pablo dice “Me hice como judío para los judíos para ganar a los judíos” es igual que cuando alguien, para ayudar a un enfermo, siente empatía con él: no dice falsamente tener fiebre, sino piensa cómo quisiera ser atendido él si estuviera enfermo.
Pablo defendía que a los nuevos cristianos que no eran judíos: no había que enseñarles antes a ser judíos; pero tampoco impedía a los cristianos que antes fueron judíos celebrar sus antiguos sacramentos, siempre que no pusieran su esperanza de salvación en ellos. Ya para los nuevos cristianos que antes no habían sido judíos, serían una carga innecesaria que los habrían alejado de la fe verdadera.
Pablo no corrigió a Pedro por seguir él las tradiciones de sus antepasados, ya que esos sacramentos eran innecesarios, pero no dañinos. Lo corrigió porque obligaba a los nuevos cristianos no judíos a seguir aquellas costumbres judías. Se supone que Pedro practicaba esos sacramentos como si fueran necesarios pese a la venida del Señor; eso es lo que Pablo, con la verdad, reprobó con fuerza. Pedro lo sabía, pero tenía miedo de los cristianos que venían del judaísmo. Fue corregido con la verdad, Pablo contó la verdad.
La Escritura, escrita para mantener la fe, no puede ser vacilante y dudosa y menos admitir la mentira. ¡Cuántos y cuán inexplicables males seguirían si aceptamos eso! Pablo no rechazó las observancias de la Ley judía mientras se celebraran como una tradición, como él mismo las celebraba, pero ya no eran necesarias para la salvación. Y por eso reprendió a Pedro.
Y Pablo se sirve de la empatía, no de la mentira, cuando dice: “me hice enfermo con los enfermos para ganar a los enfermos” o “me hice todo para todos con el fin de ganarlos a todos”.
Creo que aunque tienes los ojos sanos y vigilantes, has desviado la mirada con algún disimulo y no has notado las objeciones que surgen si se admite que un autor de los libros divinos pudo mentir, aunque fuese piadosamente, en alguno de sus escritos.






