Aunque comenzamos octubre y parece que ya nos hemos limpiado toda la arena que nos sobraba de la playa, Esther Ruiz Simón nos recuerda que quizá el verano dejó algo más que fotografías, recuerdos y días de descanso. Volver al pueblo, regresar a la casa de los abuelos, reencontrarnos con nuestras tradiciones y participar de nuevo en las fiestas religiosas puede ayudarnos a reconectar con nuestras raíces, con nuestra familia y también con nuestra fe.
Los pueblos son para el verano
Hoy en día, las redes sociales nos acercan y nos muestran muchas realidades que existen en diferentes lugares del mundo desde infinitos puntos de vista. Uno de los reels más recurrentes cuando llega el verano en España es el de la vida en los pueblos.
No faltan los reels de los recién llegados; de quienes están todo el año y ven llenarse sus pueblos de forasteros venidos de las grandes ciudades; de la vida en la casa de los abuelos; de los nietos y sus veranos en las calles y en la naturaleza; o de quienes un día fueron jóvenes sin móviles que grabasen sus “hazañas”.
Los hay alegres, nostálgicos, reivindicativos… Sin embargo, los más llamativos son aquellos que explican al resto del mundo qué es un pueblo en España, quiénes son los que “tienen pueblo”, qué elementos tienen en común esos lugares y quienes regresan a ellos cada verano.
Si me permiten citar la obra Las bicicletas son para el verano, de Fernando Fernán Gómez (1977), y hacerla mía, podríamos aseverar sin sonrojarnos que una realidad muy española es que los pueblos son para el verano.
En los pueblos, con sus ventajas, desventajas y contradicciones, permanece viva la esencia de las familias y las raíces profundas de la sociedad española. Allí perviven las tradiciones que se transmiten de generación en generación y que conforman buena parte de nuestro acervo cultural.
“Y tú, ¿de quién eres?”
La vuelta a los pueblos durante la canícula española supone también una vuelta al origen de lo que somos y de cómo somos. Esos conocimientos aprendidos por imitación, de manera consciente o inconsciente, o heredados de nuestras familias, constituyen un patrimonio indiscutible sobre el que se construye la educación y la socialización de hijos y nietos.
En la España de los pueblos, la cadena de transmisión educativa mantiene su función dentro del motor familiar, pues permite transmitir la cultura colectiva e individual de cada familia, los valores sobre los que se fundamentan las sociedades y las tradiciones que arraigan a las personas a sus entornos.
No hay nada más típico y, a la vez, más emblemático en los pueblos españoles que la famosa frase: “Y tú, ¿de quién eres?”. Esa pregunta breve, clara y concisa —como diría don Juan Manuel— alberga una carga de identidad familiar y de pertenencia mucho más profunda que la simplicidad de sus formas.
En apenas cinco palabras se condensa el sentido de arraigo y de pertenencia a una familia, a sus tradiciones y a la cultura que las alberga, tan propio de la identidad de nuestros pueblos.
Volver también a la fe
Es también en los pueblos donde la convivencia nos lleva a reconectar con la fe y con las festividades religiosas. La religiosidad popular recupera esa cadena de transmisión intergeneracional que conecta la fe, la cultura y las generaciones.
En los pueblos, en las casas de los abuelos, volvemos a ser aquellos niños presentados ante la Virgen. Volvemos a ser peregrinos y romeros; volvemos a las novenas en honor de los patronos, a las procesiones y a la misa solemne que nos anuncia que es un día grande para la comunidad y para las familias.
Y quizá ahí descubrimos que regresar al pueblo nunca es solamente regresar a un lugar. Es volver a encontrarnos con una historia que comenzó antes que nosotros y que estamos llamados a transmitir. En esos días se unen pasado, presente y futuro bajo una misma oración.






