Ana de Acuña tiene 31 años, una ingeniería en Diseño y es tutora de Bachillerato en el Colegio Agustiniano de los Agustinos Recoletos en Madrid. Tras vivir voluntariados en Perú y Guatemala, este año se decidió por colaborar en la Ciudad de los Niños de Costa Rica junto a su pareja, Joaquín Brizuela, licenciado en ADE, antiguo alumno del Agustiniano y jugador de baloncesto.
Laura Pérez, de 25 años, profesora de Artes de ese mismo colegio, también ha hecho el voluntariado en pareja, acompañada por Sergio López, de 21 años, estudiante de Fisioterapia, antiguo alumno del Agustiniano y compañero de baloncesto de Joaquín.
Rosario Monnachi tiene 26 años, ha estudiado Trabajo Social y es desde hace diez años miembro de las Juventudes Agustino-Recoletas (JAR) de la Parroquia de Nuestra Señora de Fátima de Mar del Plata, Argentina.
Los cinco han colaborado en este voluntariado junto a un grupo de mexicanos procedentes de Querétaro en la Ciudad de los Niños, centro socioeducativo de los Agustinos Recoletos en las cercanías de Cartago (Costa Rica), desde finales de julio y durante agosto. Así cuentan su experiencia.
Al llegar a la Ciudad de los Niños lo primero fue conocer su historia, funcionamiento, instalaciones (albergues, residencias, colegio, talleres, polideportivo, invernaderos, finca) y los departamentos en que se divide, como el ACAI, que gestiona el acompañamiento social y psicológico.
Desde el comienzo, por las mañanas, fuimos diseñando y pintando un gran mural en el Colegio Técnico, menos cuando la lluvia no lo permitía. Entonces organizábamos ropa y expedientes o colaborábamos en comunicación social y donde fuera necesario.
Las tardes estaban marcadas por el deporte y la convivencia: fútbol, baloncesto, voleibol, taekwondo, bádminton, ping-pong, o billar; o dinámicas y reflexiones en los albergues. La confianza creció y pasamos de ser unos desconocidos a compartir cada vez más momentos y experiencias.
Participamos en la romería de la Familia Agustino-Recoleta de Costa Rica hasta la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles de Cartago, patrona del país. También hemos acompañado a las JAR en sus actividades.
Hubo tiempo para conocer parte del país y familiarizarnos con la cultura local. Visitamos una cooperativa de café en Santa María de Dota, hicimos impresionantes rutas en Selva Madre, visitamos el Valle de Orosí y disfrutamos en Jacó, donde vimos cocodrilos, guacamayos, lapas rojas e iguanas.
Las dos últimas semanas pasaron muy rápido. Nos habíamos aclimatado y nos despertábamos con la sirena general, desayunábamos juntos el café y los omnipresentes arroz y frijoles, y comenzábamos las tareas. Compartir con los alumnos esas rutinas nos ayudó a integrarnos y facilitó la convivencia, las conversaciones y el buen humor.
El mural avanzaba. San Agustín ocupa el centro junto a cinco jóvenes de la sociedad local. En la Ciudad un mural anterior representaba la conversión de santo, así que en este representadamos la etapa en la que escribió Las Confesiones. Como frase principal pusimos: “Conócete, acéptate, supérate”.
Completa el mural el paisaje costarricense: montañas, flores, aves como el yigüirro, el ave nacional, un lago, un volcán. Y están los logos de la Ciudad de los Niños y de ARCORES, la Red Solidaria de la Familia Agustino-Recoleta, que se forma con puntos.
Queríamos que cada uno de esos puntos representase a alguien: beneficiarios, profesores e instructores, personal no docente y de administración, de gestión, frailes… Iban dejando sus huellas con el dedo meñique. Ahora era el mural de todos.
También diseñamos una escultura de san José a tamaño real para la nueva Residencia San José, una versión del que existe en la Parroquia de Santa Rita de los Agustinos Recoletos en Madrid. La idea es que pueda materializarse en madera.
También fuimos jueces de la Feria Tecnológica junto a empresarios, profesionales, voluntarios y antiguos alumnos. Los seis meses anteriores los alumnos, por equipos, habían desarrollado sus proyectos, de gran nivel y variedad, sobre ciencia, ingeniería, alimentación o emprendimiento. Descubrimos cómo la Ciudad de los Niños da una formación integral que permite a los alumnos soñar con su futuro.
Regalamos sesenta abanicos en los albergues con los que hicimos talleres sobre cómo se utilizan o decoran, entre preguntas, conversaciones y bromas. Son momentos aparentemente normales pero muy especiales, con muchas risas, deporte y hasta cortes de pelo improvisados. No se necesitaban muchas palabras, solo compartir.
Los últimos días nos llegaban regalos de despedida y fuimos haciendo las últimas fotos con la Polaroid: algunas se quedaron allí, otras vinieron con nosotros. La despedida ocasionaba tristeza y dificultad, con los últimos abrazos y alguna que otra lágrima.
El mes de voluntariado había pasado demasiado rápido. Al llegar imaginábamos todo lo que íbamos a hacer, al irnos pensamos en las personas que hemos conocido. Quedan para la posteridad un mural, manualidades, fotografías, abanicos y una nueva relación de amor-odio con el arroz y los frijoles.
Pero, sobre todo, la memoria habitada por ese deporte de última hora, esas conversaciones en la merienda, las bendiciones antes de comer, las risas, las partidas de pool, las tardes de lluvia, tantos abrazos y una Ciudad de los Niños que ya no es un lugar lejano ni ajeno, sino nuestra casa.






























