Fray Luciano Audisio, OAR, nos invita a profundizar en el significado de la parábola del banquete de bodas, uno de los relatos más sorprendentes del Evangelio de san Mateo. ¿Por qué Jesús habla de un invitado expulsado por no llevar el traje de bodas? ¿Qué representa ese vestido? A través de esta reflexión, descubrimos que la salvación es un don gratuito de Dios, pero también una invitación a dejarnos transformar por su gracia. No basta con aceptar la invitación: estamos llamados a revestirnos de Cristo.
El banquete de bodas: una invitación gratuita de Dios
El Evangelio de este domingo nos introduce en una escena desconcertante: un rey prepara el banquete de bodas de su hijo y, cuando todo está dispuesto, los invitados se niegan a venir. Unos simplemente no quieren; otros se ocupan de sus negocios; algunos llegan incluso a maltratar y matar a los servidores. El rey, sin embargo, no cancela el banquete. Envía nuevamente a sus servidores a los caminos y les dice que inviten a todos los que encuentren, “malos y buenos”. La sala termina llena. El banquete sigue siendo posible porque la generosidad del rey es mayor que el rechazo de los invitados.
La imagen de la boda tiene una fuerza particular en la tradición bíblica. La alianza entre Dios y su pueblo puede expresarse como una relación nupcial: Dios no quiere simplemente súbditos que cumplan órdenes, sino un pueblo capaz de entrar en una relación de amor con él. Por eso el banquete representa mucho más que una comida: es la alegría de la salvación ofrecida gratuitamente. Mateo introduce incluso un matiz significativo cuando habla del “almuerzo” (τὸ ἄριστόν), la comida temprana del día. El banquete no viene a cerrar la jornada, sino a inaugurarla. Dios no aparece al final de nuestra vida para premiar lo que hemos hecho; sale a nuestro encuentro al comienzo de cada día para ofrecernos nuevamente su gracia.
Pero entonces aparece un hombre que no lleva traje de bodas. Y aquí la parábola se vuelve incómoda. Este hombre no es uno de los que rechazaron la invitación. Está dentro. Ha aceptado sentarse a la mesa. Es precisamente eso lo que hace más penetrante la pregunta del rey: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de bodas?”. No le pregunta por qué vino, sino cómo está viviendo aquello a lo que ha sido invitado.
El detalle es importante porque los invitados habían sido recogidos de los caminos, “malos y buenos”. No tuvieron tiempo ni medios para prepararse. El traje, por tanto, puede comprenderse como un don ofrecido por el mismo anfitrión. El problema de aquel hombre no es que sea indigno, porque todos han llegado gratuitamente. El problema es que ha recibido la invitación sin aceptar el vestido. Ha querido participar del banquete sin dejarse transformar por él.
¿Qué significa el traje de bodas en el Evangelio?
Aquí está quizá la pregunta más profunda que el Evangelio dirige hoy a la Iglesia: no si somos dignos de estar en la mesa, sino si permitimos que la mesa nos transforme. La Iglesia es esa sala donde se encuentran “malos y buenos”. Nadie puede entrar diciendo: “Yo merecía estar aquí”. Todos hemos sido encontrados en los caminos. Todos hemos recibido una invitación que no hemos comprado con nuestros méritos. Por eso tampoco podemos convertir nuestra pertenencia a la Iglesia, nuestro bautismo, nuestro ministerio o nuestros años de servicio en una especie de título de propiedad sobre la gracia.
San Pablo expresa el significado del vestido con una frase extraordinariamente sencilla: “Revístanse del Señor Jesucristo” (Rom 13,14). Y a los bautizados les recuerda: “Todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo” (Gál 3,27). El vestido nupcial es Cristo mismo. No se trata de aparentar ser mejores, sino de permitir que Cristo cambie nuestra manera de mirar, de hablar, de perdonar, de servir y de relacionarnos con los demás.
Por eso resulta significativo que el hombre permanezca en silencio. No tiene respuesta. Los primeros invitados habían dicho “no” marchándose; él ha dicho “no” permaneciendo. También nosotros podemos permanecer físicamente dentro de la Iglesia y, sin embargo, conservar intacta nuestra vieja manera de vivir. Podemos participar de la mesa sin permitir que la Eucaristía transforme nuestro corazón; escuchar el Evangelio sin dejar que cuestione nuestras seguridades; hablar de Dios sin permitir que Dios nos desinstale.
Revestirse de Cristo: dejar que la gracia transforme nuestra vida
El traje nupcial no es una condición para recibir la invitación: es la respuesta a haberla recibido. Primero viene la gracia; después, la transformación. Primero Dios nos encuentra en el camino; después nos enseña a caminar de una manera nueva. La vida cristiana consiste en dejar que una bendición siga a otra, sin refugiarnos en nuestras propias «pieles»: nuestros méritos, nuestros cargos, nuestras razones y nuestras justificaciones.
Al final, el Apocalipsis proclama: “Bienaventurados los invitados a la cena de las bodas del Cordero” (Ap 19,9). No dice bienaventurados los que se consideran merecedores, sino los invitados. Esa es nuestra verdad. Somos invitados. Y quizá hoy la pregunta no sea si tenemos derecho a estar en la mesa, sino algo mucho más hermoso y exigente: ¿estamos dejando que la alegría del banquete nos revista de Cristo?






