A la hora de escoger portadas y titulares, los criterios que se aplican se basan en la línea editorial del medio, el nivel de impacto que genera un hecho, la manifestación de poder del protagonista o de afección social. Una guerra, una crisis o un gran acontecimiento deportivo ocupan espacio porque despiertan un enorme interés y afectan a muchos.
Pero hay historias que apenas encuentran espacio, aunque igualmente afecten. No son frecuentes en la conversación pública asuntos más cotidianos, enmarcados en la vida privada aunque, en realidad, determinen la felicidad y bienestar de una sociedad.
Así ocurre con las acciones o los testimonios que muestran cómo Dios actúa, sin ruido, en la vida de tantos. Acompañar enfermos, sostener una familia unida, celebrar la fe y mantener la fidelidad, hacer voluntariado o evangelizar en las fronteras de la vida no encuentran muchos huecos en la conversación pública. Estas historias no cambian la geopolítica, pero sí el mundo de quienes las viven. Y merece ser contado.
Hay algunas excepciones en las parrillas de televisión y en los canales y perfiles de redes sociales. En España, el programa de televisión Pueblo de Dios lleva décadas haciéndolo. En sus documentales se defiende la dignidad de la persona, se denuncia la injusticia, se habla de la Iglesia sin idealización. Se ponen las cámaras, la mirada, en personas y organizaciones que hacen visible el amor de Dios.
Por la pantalla aparecen misiones, comunidades cristianas, centros educativos, familias, hospitales, parroquias de cualquier rincón del mundo. Se cuenta que Dios sigue presente y que el Evangelio transforma vidas; que la esperanza no es una teoría, sino una realidad. Resaltan la acción de Dios donde otros solo ven irrelevancia.
Con la vocación sucede algo parecido. En las portadas y titulares se habla de éxito, prestigio, negocios, influencias, reconocimientos, ganancias; pero no las preguntas y respuestas sobre aquello que sostiene toda decisión: ¿para qué estoy en el mundo?
La cuestión más importante de cada existencia queda relegada a ser un proceso personal. Pero quien descubre su vocación cambia completamente su manera de vivir, que queda dotada de sentido. Quien sabe para quién vive, también descubre cómo quiere amar y construye una vida feliz.
La tradición agustino-recoleta entiende que Dios habla en la vida concreta, a través de grandes acontecimientos y de pequeños gestos cotidianos. Se puede predicar en público, pero también y principalmente mediante el testimonio concreto personal.
El cristiano consciente puede aprender a contar aquello que en la conversación pública se pasa por alto: cómo descubrir el sentido de la vida, la capacidad generativa del perdón, el servicio frente al poder, la humildad frente al orgullo, la alegría de una vida con propósito, la integridad del ser humano (cuerpo, corazón, espíritu)…
Son noticias que nuestro tiempo necesita. Cuando una persona descubre su vocación, no solo cambia su propia historia; tiene la oportunidad de convertirse en una buena noticia, un evangelio, para cuantos se encuentre en la vida.












