El peregrino, turista o devoto que llega a Tolentino, en la región italiana de las Marcas, se llena de asombro con el espléndido templo dedicado a san Nicolás: deslumbran por fuera su imponente fachada de mármol y, ya en su interior, el artesonado del techo o las capillas laterales cuajadas de pinturas y decoración.
En la capilla grande o ‘Cappellone’ se colma la admiración con los murales atribuidos a Giotto que cuentan la vida y milagros del humilde Nicolás. Justo en el centro se levanta un mausoleo del siglo XV, un arca de piedra con ventanales redondos a cada lado y, encima, una estatua de tamaño natural de Nicolás sosteniendo con descuido un libro mientras admira la estrella hecha sol de su mano izquierda. Una inscripción antigua dice que contiene el cuerpo del santo, pero no es así: el arca siempre estuvo vacía.
El turista disfruta del arte, pero el devoto se desconcierta: ¿y dónde está san Nicolás? Hay que salir del Cappellone y bajar por una amplia escalera lateral hasta una cripta, recorrido extraño y complicado, como lo fueron los avatares sufridos por las reliquias.
A su muerte en 1305, fray Nicolás fue enterrado en un arca de madera. Sus reliquias atraían multitudes y transformaban social y económicamente toda la comarca. El tesoro, no solo espiritual, también atraía a los amigos de lo ajeno. Una noche de 1345 dos supuestos monjes alemanes intentaron secuestrar las reliquias y cortaron los brazos para llevárselos. Para sorpresa suya y pasmo de todos, abandonaron el intento, delatados por la sangre que fluía sin cesar de los brazos.
Pero saltaron las alarmas ante la posibilidad de perder el cuerpo del santo. La comunidad agustina se turna para que siempre haya un fraile vigilando. Se construye el Cappellone y en 1474 se colocan en el centro el arca de mármol, regalo de Pietro Mellini, de Roma, y la estatua. Pero no se llegaron a colocar los restos del santo. En vez de eso, devotos enfermos se metían dentro del arca buscando curación.
El principal objeto de devoción eran los brazos cortados, colocados en una auténtica caja fuerte en la capilla de los Santos Brazos. Para evitar más tentativas de robo, el cuerpo fue enterrado con tanta reserva que los mismos Agustinos olvidaron el lugar exacto.
Entre 1855 y 1856, tras 138 consultas, los Agustinos, en privado y a escondidas, excavan para localizarlos, pero no lo logran; y así hasta que el 4 de febrero de 1926 la exhaustiva investigación del agustino Saturnino López permite el hallazgo. Se retiró la estatua, se desmontó el arca y aparecieron bajo su base varios túneles, uno vertical, que conducía a un sepulcro con los restos del santo, algunas monedas y parte de un cilicio.
Tras un proceso canónico con una treintena de testigos y numerosos documentos, el 26 de julio de 1928 la sentencia fue afirmativa y rotunda: “Consta la autenticidad de los restos”. El 14 de septiembre de 1930 llegó a Tolentino la espléndida urna de plata para guardar ya juntos todos los restos del Santo, incluidos los brazos. Se colocó en una capilla nueva inaugurada em septiembre de 1932 en el mismo lugar donde había estado escondido san Nicolás seis siglos y donde ahora, sí, el peregrino puede encontrarse con ellas.

















