En la fiesta de Nuestra Señora de la Consolación, san Alonso de Orozco pone en labios de María una invitación que recuerda directamente a Jesús: acercarnos a ella con nuestras cargas para encontrar consuelo. Fray Alfonso Dávila reflexiona sobre una devoción que no termina en nosotros: quien experimenta el consuelo de Dios está llamado también a convertirse en consuelo para los demás.
¿Qué significa llamar a María Nuestra Señora de la Consolación? Una reflexión sobre dejarnos consolar por Dios para convertirnos en consuelo.
Hay días en los que el Oficio de Lecturas viene mejor acompañado que otros. Quienes lo rezamos habitualmente sabemos que hay textos que pasan sin dejar demasiada huella y otros que consiguen detenernos. El de la fiesta de Nuestra Señora de la Consolación pertenece, para mí, a este segundo grupo.
Es un fragmento de san Alonso de Orozco, santo madrileño, agustino y fundador de las Agustinas y de las Agustinas Recoletas de clausura. El lenguaje acusa inevitablemente el paso de los siglos, pero contiene una imagen que me parece preciosa para comprender qué significa llamar a María Madre de la Consolación.
San Alonso escribe:
“Nuestra Señora, madre de misericordia, imitando a su precioso Hijo, toma las mismas palabras y dice: «Ea, cristianos atribulados, veníos a mí, que yo os recrearé»”.
Me gusta especialmente ese comienzo: “imitando a su precioso Hijo”. María puede consolar porque antes ha conocido el consuelo que viene de Dios. No ofrece algo diferente de Cristo ni conduce hacia sí misma. Hace suyas las palabras de Jesús y nos conduce hasta él.
También nosotros necesitamos consuelo
Quizá una de las cosas que más nos cuesta reconocer es que necesitamos ser consolados.
Estamos acostumbrados a hablar de acompañar, ayudar, servir, escuchar o cuidar. Especialmente quienes tenemos responsabilidades pastorales podemos acostumbrarnos a pensar que nuestro lugar está siempre al otro lado: somos nosotros quienes tenemos que estar disponibles para los demás.
Pero también nosotros tenemos días malos. También cargamos preocupaciones, decepciones, pérdidas, incertidumbres, cansancios y heridas que no siempre contamos.
Y resulta hermoso que la espiritualidad cristiana no nos exija esconder todo eso.
La Virgen que presenta san Alonso de Orozco no nos dice que vayamos a ella cuando hayamos arreglado nuestra vida. Nos llama precisamente atribulados. Nos invita a acercarnos con aquello que pesa.
El consuelo de Dios no significa que desaparezcan mágicamente los problemas. María estuvo al pie de la cruz y la cruz continuó siendo cruz. Pero su presencia nos recuerda algo fundamental: el sufrimiento puede ser acompañado.
Necesitamos dejarnos consolar. Necesitamos volver a experimentar que, incluso en medio de aquello que no comprendemos, seguimos siendo amados por Dios.
Convertirnos en el consuelo de Dios
Pero la fiesta de Nuestra Señora de la Consolación no puede terminar ahí.
La Familia Agustino Recoleta comienza estos meses un tiempo especial de preparación para el centenario de la consagración de la Orden a Nuestra Señora de la Consolación, realizada en 1926. El Prior General nos ha invitado a vivir este camino desde tres verbos: recordar, renovar y reavivar. Y ha insistido en que este aniversario no puede quedarse en una devoción intimista.
Hay una expresión suya que me parece especialmente provocadora:
“La Consolación tiene que tener también olor a los pobres; tiene que tener el olor de las heridas de los que están desconsolados y el olor de las lágrimas de quienes sufren”.
Ahí aparece la otra mitad de nuestra devoción a la Virgen de la Consolación.
No basta con sentirnos consolados. Estamos llamados a consolar.
Y consolar no significa necesariamente solucionar los problemas de alguien. Muchas veces no podremos hacerlo. Consolar puede ser escuchar, permanecer, llamar, abrazar, acompañar, visitar. Puede consistir simplemente en hacer sentir al otro, mediante nuestra presencia, algo que Dios no deja de repetirle: no estás solo.
Por eso este centenario puede convertirse en algo mucho más profundo que una conmemoración histórica. El Prior General nos invita a “preparar, ante todo, el corazón”, porque el consuelo que recibimos de Dios está llamado a convertirse en misión.
Quizá durante estos meses podríamos hacernos dos preguntas muy sencillas: ¿dónde necesito experimentar hoy el consuelo de Dios? ¿Y para quién puedo convertirme yo en su consuelo?
San Alonso de Orozco nos presenta a María llamando a quienes están atribulados. Nosotros podemos acudir a ella con lo que pesa, con nuestras heridas y cansancios. Pero después tendremos que volver la mirada hacia quienes tenemos al lado.
Porque quien se sabe consolado descubre también la responsabilidad de consolar.
Y quizá por eso pocas oraciones puedan expresar mejor lo que queremos vivir durante este tiempo:
“Madre de la Consolación, haznos instrumentos del consuelo de Dios”.






