Fray Luciano Audisio, OAR, reflexiona sobre el Evangelio de este domingo, en el que Jesús propone un camino de reconciliación para afrontar los conflictos dentro de la comunidad cristiana. Lejos de una lógica de condena, el Señor invita a buscar al hermano con paciencia, proteger su dignidad y hacer de la escucha el primer paso hacia la misericordia. La corrección fraterna nace del amor y encuentra su plenitud en la presencia de Cristo, que permanece allí donde dos o tres se reúnen en su nombre.
¿Qué significa la corrección fraterna según Jesús?
El Evangelio de este domingo nos introduce en uno de los pasajes más delicados y exigentes de la vida cristiana: cómo actuar cuando un hermano peca contra nosotros. Jesús no ofrece una receta disciplinaria ni un mecanismo para imponer autoridad. Propone, más bien, un camino de búsqueda, escucha y reconciliación. Por eso, para comprender Mt 18,15-20, conviene recordar que estas palabras aparecen inmediatamente después de la parábola de la oveja perdida. El hermano que ha pecado no es, ante todo, un culpable que debe ser castigado; es una oveja que corre el riesgo de perderse y que la comunidad está llamada a buscar.
El primer paso es sorprendentemente sencillo: “Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas”. La expresión griega κατ᾽ ἰδίαν, “a solas”, contiene una profunda delicadeza. Jesús no comienza llevando el conflicto ante los demás, sino protegiendo la dignidad del hermano. La corrección cristiana nunca debería convertirse en humillación, exposición o deseo de demostrar que tenemos razón. Antes de hablar de la falta del otro delante de la comunidad, estamos llamados a hablar con él.
Aquí aparece una palabra decisiva del texto: “escuchar”. El verbo escuchar (ἀκούειν) se repite insistentemente. La finalidad no es simplemente decirle al otro que está equivocado, sino abrir un espacio donde pueda escuchar y ser escuchado. La tradición de Israel ya había comprendido la importancia de la corrección fraterna cuando ordenaba: “reprenderás a tu prójimo”. Pero Mateo lleva esta enseñanza a una lógica nueva: corregir es todavía una forma de buscar. Quien corrige al hermano no debería hacerlo desde la superioridad, sino desde la esperanza de que todavía puede recuperarlo.
Si el hermano no escucha, Jesús propone un segundo paso: “toma contigo uno o dos más”. El conflicto deja de ser estrictamente privado, pero todavía no se convierte en un juicio público. Los otros no son convocados para formar un tribunal contra el hermano, sino para ayudar a que la verdad pueda ser reconocida y la comunión restaurada. Incluso aquí aparece una pedagogía de la paciencia: antes de llegar a la comunidad entera, se ofrece una nueva oportunidad.
Finalmente, si tampoco escucha, interviene la Iglesia. La palabra ekklesía (ἐκκλησία) evoca la asamblea convocada por Dios. Esto significa que la vida comunitaria no puede desentenderse de las heridas que existen entre sus miembros. Una comunidad cristiana auténtica no es aquella donde nunca hay conflictos, sino aquella que sabe afrontarlos sin convertirlos en divisiones definitivas.
Puede sorprendernos la expresión de Jesús: “sea para ti como el gentil y el publicano”. Pero Mateo es precisamente el Evangelio que muestra a Jesús acercándose a publicanos y pecadores y que termina enviando a sus discípulos a todas las naciones. Por eso, esta frase no debería interpretarse simplemente como una condena definitiva. Si alguien no puede ser reintegrado por el camino de la corrección fraterna, vuelve a convertirse en objeto de misión. La puerta no se cierra: cambia el modo de buscar.
Escuchar al hermano es abrir un camino de reconciliación
Entonces comprendemos mejor las palabras siguientes: “Todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo”. La autoridad cristiana de “atar y desatar” no es poder para controlar, sino responsabilidad para discernir. La Iglesia recibe autoridad cuando busca la verdad sin abandonar la misericordia, cuando protege la comunión sin ocultar el pecado y cuando corrige sin dejar de amar.
Y llegamos así al corazón del pasaje: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Estas palabras no son una frase piadosa añadida al final. Son la culminación de todo el proceso. Allí donde dos o tres se reúnen para buscar al hermano, para escuchar, discernir y reconciliar, Cristo se hace presente. La comunidad descubre que, mientras intentaba resolver una herida, estaba siendo visitada por el Señor.
Tal vez esta sea la pregunta que el Evangelio nos deja hoy: ¿sabemos escuchar? En nuestras comunidades, familias y relaciones podemos tener mucha facilidad para hablar, juzgar y señalar, pero quizá nos falten oídos capaces de escuchar sin humillar. El Evangelio nos invita a multiplicar esos oídos. Primero uno; después dos o tres; finalmente toda la comunidad. Cada paso es una oportunidad para que nadie quede perdido.
La misericordia siempre busca al hermano
La corrección fraterna, entonces, nace de la misericordia. No consiste en vencer al otro, sino en creer que puede volver. No busca tener la última palabra, sino abrir un camino. Y cuando ese camino se recorre con humildad, incluso en medio del conflicto, se cumple la promesa de Jesús: Él permanece en medio de quienes se reúnen en su nombre.
Esa es la lógica del Evangelio. Que nuestras comunidades sean lugares donde la verdad pueda decirse sin violencia, donde el pecado pueda reconocerse sin humillación y donde todo hermano pueda descubrir que, antes que condenado, es buscado, escuchado y amado por Dios.






