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La verdadera autoridad se reconoce en el servicio, enseña Jesús

Fray Luciano Audisio reflexiona sobre Mateo 23,1-12 y explica por qué la verdadera autoridad cristiana nace del servicio, la humildad y el testimonio.
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Fray Luciano Audisio, OAR, reflexiona sobre el Evangelio de Mateo 23,1-12, en el que Jesús denuncia la incoherencia de los escribas y fariseos y recuerda que la verdadera autoridad nace del servicio y la humildad. A través del ejemplo de Moisés y de las palabras de Cristo, el comentario invita a revisar cómo ejercemos nuestras responsabilidades en la Iglesia y en la vida cotidiana. Porque, como enseña Jesús, la grandeza no consiste en ocupar los primeros puestos, sino en ayudar a llevar las cargas de los demás.

La cátedra de Moisés: autoridad y responsabilidad

Hay una pregunta que atraviesa el Evangelio de este domingo y que no pierde actualidad: ¿para qué sirve la autoridad dentro del pueblo de Dios? Jesús no comienza su enseñanza condenando todo lo que hacen los escribas y los fariseos. Reconoce que ocupan la cátedra de Moisés, es decir, que tienen una responsabilidad en la transmisión de la Torá. El problema aparece cuando la autoridad deja de estar al servicio de la vida y se convierte en un privilegio para quien la ejerce. Por eso Jesús advierte a las multitudes y a sus discípulos: “Hagan y guarden todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen y no hacen”. La distancia entre la palabra y la vida constituye el núcleo de su denuncia.

No se trata simplemente de reprochar una incoherencia moral. Jesús pone al descubierto una contradicción más profunda: es posible conocer la voluntad de Dios, enseñarla correctamente e incluso exigir su cumplimiento a los demás, sin dejar que esa misma voluntad transforme la propia existencia. La fe puede convertirse entonces en un discurso que señala el camino, pero que ya no se atreve a recorrerlo. Y cuando esto sucede, la palabra religiosa pierde su fuerza, porque deja de ser testimonio y se convierte en una exigencia dirigida exclusivamente a los otros.

La imagen de la cátedra de Moisés nos ayuda a comprenderlo. En la Escritura, Moisés no aparece como un hombre que gobierna desde la comodidad de su asiento. En el desierto, se sienta a juzgar al pueblo durante largas jornadas, hasta que su suegro Jetró le advierte que terminará agotándose. La solución no consiste en abandonar su misión, sino en compartir la carga con otros. Más adelante, Moisés vuelve a reconocer que no puede soportar por sí solo el peso de todo el pueblo, y Dios distribuye su espíritu entre setenta ancianos para que lo ayuden. Incluso durante la batalla contra Amalec, sus brazos necesitan el apoyo de Aarón y Hur.

La verdadera autoridad de Moisés nace, por tanto, de una experiencia de fragilidad. No es autosuficiencia, sino responsabilidad; no es dominio, sino servicio compartido. Quien se sienta en su cátedra debería recordar que el pueblo no existe para sostener su prestigio, sino que él ha recibido una misión para sostener al pueblo. Esta enseñanza alcanza a todos los que, en la Iglesia, tenemos alguna responsabilidad pastoral, educativa o comunitaria. Pero también interpela a cualquier persona que influye en la vida de los demás. La pregunta no es cuánto poder tenemos, sino qué hacemos con él: ¿ayudamos a llevar las cargas o añadimos peso a los hombros de quienes ya están cansados?

Una religión que exige mucho y acompaña poco

Jesús denuncia precisamente a quienes “atan cargas pesadas y las ponen sobre los hombros de los hombres”, mientras ellos no están dispuestos a moverlas ni con un dedo. El contraste resulta especialmente doloroso porque revela una religión que exige mucho y acompaña poco. Una norma puede ser justa y, sin embargo, convertirse en instrumento de opresión cuando se impone sin misericordia, sin escuchar las circunstancias y sin comprometerse con quien lucha por cumplirla. La fidelidad a Dios nunca debería servir de excusa para desentendernos del sufrimiento ajeno.

También la mirada puede desviarse. Jesús critica a quienes hacen sus obras para ser vistos, ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos. Aquellos signos tenían un sentido religioso legítimo: recordar los mandamientos y mantener viva la fidelidad a Dios. El problema comienza cuando lo que debía alimentar la memoria se convierte en espectáculo. La persona ya no busca vivir ante Dios, sino aparecer ante los demás como alguien digno de admiración.

Esta tentación no pertenece únicamente al pasado. También nosotros podemos transformar el servicio en una forma de reconocimiento, la generosidad en una manera de ganar prestigio y la responsabilidad eclesial en una oportunidad para buscar los primeros lugares. Incluso las obras buenas pueden perder su verdad cuando importa más que sean vistas que el bien que producen. Por eso necesitamos preguntarnos de vez en cuando ante quién vivimos y qué buscamos realmente cuando hacemos algo por los demás.

El mayor de ustedes será su servidor

Frente a esta lógica, Jesús propone una comunidad en la que todos son hermanos y uno solo es el Maestro. No está suprimiendo la diversidad de funciones ni la necesidad de enseñar y orientar. Está recordando que ninguna responsabilidad convierte a una persona en dueña de los demás. En la comunidad cristiana, toda autoridad es recibida y, por eso mismo, debe ejercerse con humildad. Nadie ocupa el lugar de Dios ni puede apropiarse de su palabra para engrandecerse a sí mismo.

La conclusión del Evangelio expresa esta inversión con una frase contundente: “El mayor de ustedes será su servidor”. Para Jesús, la grandeza no se mide por el lugar que alguien ocupa en la mesa, sino por su disposición a levantarse y atender a los demás. El camino conduce de la cátedra a la mesa, del privilegio al servicio. Y alcanza su plenitud en la cruz, donde Cristo manifiesta una autoridad que no se impone desde arriba, sino que se entrega hasta el extremo.

Por eso, el Evangelio nos invita hoy a revisar nuestras relaciones, nuestras responsabilidades y nuestra manera de vivir la fe. Quizá no podamos resolver todas las cargas que pesan sobre quienes nos rodean, pero sí podemos evitar aumentarlas. Podemos escuchar antes de juzgar, acompañar antes de exigir y servir sin necesitar reconocimiento. Podemos hacer de nuestra presencia un apoyo y no un obstáculo para que otros encuentren a Dios.

Porque la autoridad que viene de Cristo no cierra puertas ni ocupa todos los espacios. Ayuda a que otros entren, crezcan y vivan. Y la verdadera grandeza comienza cuando dejamos de preguntarnos qué lugar nos corresponde y empezamos a preguntarnos a quién podemos servir hoy.

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