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La viña no nos pertenece: vivir como administradores de los dones de Dios

Fray Luciano Audisio comenta la parábola de los viñadores homicidas (Mateo 21) y explica cómo Jesús nos invita a reconocer que la vida, la vocación y la fe son dones confiados por Dios. Una reflexión sobre la responsabilidad, la conversión y la misión de dar fruto.
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Fray Luciano Audisio, OAR, reflexiona sobre la parábola de los viñadores homicidas, uno de los relatos más incisivos del Evangelio de san Mateo. Jesús nos recuerda que la vida, la fe, la vocación y las responsabilidades que hemos recibido no son una propiedad privada, sino dones confiados por Dios para que den fruto. La conversión comienza cuando dejamos de vivir como propietarios y aprendemos a reconocernos como administradores de la viña del Señor.

La viña del Señor es un don confiado, no una propiedad

La parábola de los viñadores homicidas es una de esas palabras de Jesús que, a primera vista, parece dirigida exclusivamente a otros. Habla de unos labradores violentos, capaces de rechazar a los enviados del dueño y, finalmente, de matar a su propio hijo. Pero Jesús cuenta esta parábola precisamente para que quienes la escuchan descubran que no están delante de una historia ajena. El relato comienza hablando de otros y termina poniendo un espejo delante de quienes lo escuchan. Y también delante de nosotros.

La imagen de la viña no es nueva. Jesús retoma el antiguo cántico de Isaías: Dios ha plantado una viña, la ha cuidado, la ha protegido y ha hecho todo lo necesario para que dé fruto. La viña representa al pueblo de Dios, pero también puede representar nuestra propia vida: todo aquello que hemos recibido, cuidado y puesto en nuestras manos. Porque hay algo fundamental que la parábola quiere recordarnos: la viña no nos pertenece. Somos labradores, no propietarios.

Esta diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la manera de vivir. El propietario confía la viña a unos trabajadores y se marcha. No permanece vigilándolo todo, no controla cada movimiento, no interviene continuamente. Deja espacio para que los labradores actúen libremente. Y precisamente esa ausencia hace posible la responsabilidad. Dios nos confía su viña y nos permite trabajar en ella con libertad. Nuestra vida, nuestra vocación, nuestras capacidades, nuestras comunidades, nuestras responsabilidades, incluso las personas que Dios pone a nuestro lado, son dones recibidos en administración.

El problema comienza cuando el administrador olvida que es administrador y empieza a comportarse como propietario. Los labradores llegan a decir: “Este es el heredero; vamos, matémoslo y quedémonos con su herencia”. Su pecado no consiste solamente en la violencia. Hay algo más profundo: quieren apropiarse de aquello que recibieron para cuidar. Han confundido el don con la posesión.

Y quizá aquí se encuentra una de las tentaciones más profundas de nuestra vida. Podemos comenzar recibiendo algo como un don y terminar considerándolo un derecho absoluto. Recibimos una misión y terminamos creyendo que nos pertenece. Recibimos una responsabilidad y pensamos que nadie puede sustituirnos. Recibimos una comunidad y comenzamos a considerarla “nuestra”. Recibimos incluso la fe y podemos terminar utilizándola para defender nuestros propios intereses.

Pero Dios no nos entrega la viña para que nos apropiemos de ella, sino para que produzca fruto. Por eso resulta significativo que el dueño no abandone inmediatamente a los labradores. Envía primero a unos servidores y después a otros. Su paciencia es mucho más grande que nuestra infidelidad. Y finalmente envía a su propio Hijo. “Tendrán respeto a mi hijo”, dice el dueño. El verbo utilizado por Mateo, entrepō (temer), expresa algo más profundo que el miedo: es reconocer, sentir vergüenza ante alguien, dejarse interpelar por su presencia.

El Hijo no viene para arrebatar la viña a los labradores. Viene para revelarles de quién es realmente la viña y quiénes son ellos. Pero precisamente por eso se convierte en una amenaza para quien ha convertido el don en propiedad. El Hijo es rechazado porque su presencia recuerda una verdad que el corazón humano muchas veces no quiere aceptar: no somos dueños absolutos de nuestra vida.

Cristo, la piedra angular que sostiene y une

Sin embargo, la historia no termina con el rechazo. Jesús introduce entonces la imagen de la piedra: “La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular”. Aquello que parecía inútil, aquello que había sido descartado, se convierte en fundamento. La cruz, que parece ser el fracaso definitivo del Hijo, se convierte en el lugar desde el cual Dios comienza algo nuevo.

Y aquí aparece también una palabra para nosotros. La piedra angular no solo sostiene; une. Cristo se convierte en el punto de encuentro entre quienes estaban separados. En él, la viña se abre y sus frutos ya no quedan encerrados en los límites de quienes pretenden poseerla. El Reino se entrega a quienes producen fruto.

Por eso, la pregunta final de esta parábola no es simplemente quiénes fueron aquellos malos labradores. La pregunta es qué estamos haciendo nosotros con la viña que hemos recibido. ¿La cuidamos o nos apropiamos de ella? ¿Damos fruto o exigimos reconocimiento? ¿Recibimos lo que tenemos como un don o vivimos como si todo nos perteneciera?

Dar fruto es vivir agradecidos por los dones recibidos

La conversión que Jesús nos propone no nace solamente del miedo al castigo. Nace de reconocer al Hijo. De mirarlo y comprender que la herencia que queríamos poseer ya nos ha sido entregada como don. Y que solo cuando dejamos de querer ser propietarios comenzamos verdaderamente a ser buenos labradores.

La viña sigue siendo de Dios. Nosotros seguimos siendo sus servidores. Y el fruto que espera de nosotros es siempre el mismo: una vida que, porque ha recibido mucho, aprende también a dar.

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