Fray Luciano Audisio, OAR, reflexiona sobre la parábola de los jornaleros de la viña, uno de los pasajes más sorprendentes del Evangelio de san Mateo. A través de la generosidad del propietario, Jesús revela que el Reino de Dios no funciona según la lógica del mérito o de la comparación, sino desde la gratuidad del amor. La verdadera conversión consiste en aprender a mirar con los ojos de Dios y alegrarse del bien que Él realiza en cada persona.
La gracia de Dios rompe nuestros cálculos
La parábola de los jornaleros de la viña nos plantea una pregunta incómoda: ¿qué sucede en nuestro corazón cuando Dios es bueno con otros de una manera que nosotros no esperábamos? El relato comienza con un propietario que sale a buscar trabajadores. Sale de madrugada, a la hora tercera, sexta, nona y, finalmente, a la undécima. Cuando el día casi termina, todavía encuentra personas esperando en la plaza. No las encuentra trabajando; las encuentra de pie, disponibles, pero sin haber sido llamadas.
Su respuesta es sencilla: “Nadie nos ha contratado”. Están allí, esperando una oportunidad que no depende enteramente de ellos. Quizá otros fueron escogidos antes porque eran más fuertes, más jóvenes, más conocidos o porque llegaron en el momento adecuado. Ellos permanecen al margen, viendo pasar el día. Y el propietario, en lugar de ignorarlos, vuelve a salir. Esta es una imagen de Dios: un Dios que sale a buscar, que no se cansa de mirar la plaza y que sigue viendo a quienes otros no han visto.
Por eso sorprende cómo termina la jornada. Los últimos reciben un denario completo, igual que los primeros. Entonces aparece la murmuración. Los que han soportado “el peso del día y el calor” sienten que han sido tratados injustamente. Pero el propietario les recuerda algo decisivo: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No conviniste conmigo en un denario?”. No les ha quitado nada. Han recibido lo acordado. El problema no está en lo que ellos recibieron, sino en que no soportan la generosidad concedida al otro. La gracia no elimina la justicia, sino que revela que el amor de Dios desborda nuestros cálculos humanos.
Aquí aparece una palabra que Jesús coloca en el centro de la parábola: “¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Literalmente, pregunta si su ojo es malo porque él es bueno (ἢ ὁ ὀφθαλμός σου πονηρός ἐστιν ὅτι ἐγὼ ἀγαθός εἰμι;). El ojo malo es una mirada que deja de contemplar el don recibido para compararlo con el don del vecino. Y cuando la comparación entra en el corazón, incluso aquello que antes nos hacía felices comienza a parecernos insuficiente. El primer jornalero tiene un denario en la mano, pero sus ojos están puestos en el denario del otro. Ha recibido lo prometido, pero ya no puede alegrarse por ello.
Esto nos toca, porque también nosotros podemos vivir la fe así. Podemos medir nuestra vida con la vida de los demás: quién recibió más, quién fue reconocido, quién tuvo una misión más importante, quién parece tener más éxito, quién llegó después y, sin embargo, recibió una gracia que creemos merecer primero. Incluso en la Iglesia podemos caer en esta tentación: convertir el servicio en una cuenta, la entrega en un mérito y la vocación en una competencia. Dejamos de agradecer lo que Dios ha hecho con nosotros y comenzamos a preguntarnos por qué lo ha hecho con los demás.
Aprender a mirar con los ojos de Dios
Jesús nos invita a una conversión de la mirada. Ya en el Sermón del Monte había dicho: “La lámpara del cuerpo es el ojo”. Si el ojo es bueno, todo el cuerpo está lleno de luz; si es malo, todo queda en tinieblas. La parábola de la viña convierte esa enseñanza en una historia. El problema de los primeros jornaleros no es su trabajo, sino su mirada. No han perdido el denario; han perdido la capacidad de contemplarlo como don.
Quizá nuestra conversión sea aprender a mirar como mira el propietario. Él no mira horas trabajadas, rendimiento o méritos acumulados. Mira personas. Mira al que llegó temprano y al que llegó tarde. Mira al que tuvo muchas oportunidades y al que pasó el día esperando que alguien lo llamara. Su bondad no nace de una contabilidad más generosa, sino de una mirada capaz de reconocer la necesidad y la dignidad de cada persona.
Por eso la frase final adquiere un sentido nuevo: “Los últimos serán primeros y los primeros, últimos”. No se trata simplemente de cambiar los lugares de una fila. El Reino de Dios viene a disolver la fila misma. Allí donde nosotros preguntamos quién merece más, Dios pregunta quién necesita ser encontrado. Allí donde nosotros contamos horas, Dios contempla historias. Allí donde nosotros comparamos méritos, Dios ofrece gracia.
La verdadera riqueza del Reino es alegrarse por el bien del hermano
Pidamos, entonces, un ojo bueno, una mirada sencilla, capaz de agradecer el propio denario sin entristecerse por el del hermano. Porque quizá la verdadera pobreza no sea recibir menos, sino dejar de reconocer el don que ya tenemos. Y quizá la verdadera riqueza del Reino consista en mirar la alegría del otro no como una amenaza, sino como una razón más para dar gracias.
Cuando aprendamos esa mirada, comprenderemos que en la viña de Dios nadie pierde porque otro haya sido amado. Al contrario: el don recibido se vuelve más grande cuando dejamos que también el otro pueda alegrarse de haber sido encontrado, llamado y amado.






