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San Ezequiel Moreno, el místico de ojos abiertos

León XIV invita a ser “místicos con los ojos abiertos”. San Ezequiel Moreno, arraigado en Dios y entregado a la gente, combinó vida interior y misión, encuentro con Dios y acercamiento sin temor a la crudeza de la realidad de los vulnerables y desheredados.
San Ezequiel Moreno, agustino recoleto.

La Recolección agustiniana tuvo en su nacimiento un evidente componente místico. Una de sus primeras figuras, Agustín de San Ildefonso (1585-1662), se destacó en esa orientación continuada hacia la vida interior, a la experiencia afectiva de Dios o a la dedicación a la oración mental. Su obra Teología mística recoge meditaciones sobre este amor a Dios llenas de afecto y sentimiento.

La Recolección quería intensificar la vida interior y mostró desde el inicio preferencia por la oración mental. Sus primeros documentos la promueven y recomiendan con especial estima. Y aún hoy en toda comunidad recoleta se dejan dos espacios del día, por la mañana y por la tarde, para la práctica de la oración mental.

San Agustín desarrolló la idea de este tipo de oración en sus Comentarios al Salmo 118. Para él no basta conocer, memorizar o repetir con el cerebro la ley de Dios: pensar en Dios y amar a Dios no son actividades separadas. Al pensar, recordar y rumiar, el resultado es que se aviva el amor.

No se trata de una meditación especulativa, sino un ejercicio de amor que afecta al presente, que pide mantener la mirada, la concentración, y hace crecer el amor. En este sentido, es una oración muy completa, porque puede acabar en sentimientos diversos según la situación y la necesidad de la persona: deseo, admiración, acción de gracias, arrepentimiento, gozo, silencio contemplativo…

Para Agustín de Hipona el ser humano no se define tanto por aquello que conoce, sino también por aquello que ama. Seguidor de su pensamiento, el santo agustino recoleto Ezequiel Moreno resume en su vida cómo ese amor a Cristo se transforma en acción solidaria y en acompañamiento de las demás personas para llevarlas hacia Jesús.

La hondura de su vida espiritual nunca lo alejó de la gente, sino que lo hizo más sensible a sus necesidades. En Filipinas, España o Colombia nunca dejó de orar durante horas, de meditar con ese “pensamiento de enamorado”; pero tampoco dejó de acercarse y velar por los más desfavorecidos. Una cosa le llevaba a la otra, y viceversa.

Esa espiritualidad no elude la realidad, mantiene la mirada a lo alto y los pies en el suelo: la oración impele a la misión porque el amante quiere amar con obras; y, al mismo tiempo, la misión exige oración para no perder su rumbo y motivación ni decaer ante la adversidad.

León XIV ha recuperado esta intuición: una mirada verdaderamente contemplativa genera y promueve la cultura del encuentro. San Ezequiel lo vivió como parte de su ser agustino recoleto: la profundidad de la interioridad de una persona es equivalente a la amplitud de su servicio solidario y misionero.

El mundo cambia con las herramientas de la cercanía de quien vive unido a Dios y comprometido con sus hermanos. San Ezequiel es ejemplo vivo y prueba de que funciona: hizo de la oración su fuerza, de la misión su respuesta y de la contemplación una forma de mantener siempre los ojos abiertos a Dios y atentos al prójimo.

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