No sabía por dónde empezar mi respuesta a tu carta, porque me emocionó mucho, y le pedí a Dios que me ayudase a escribir algo que nos sirva a ambos en nuestra misión. Tus oraciones me ayudan mucho y toda la comunidad está muy agradecida contigo. Aunque estemos lejos, sentimos que te preocupas por nosotros como si estuvieras aquí.
No perdemos la esperanza y confiamos en que Dios, a través de tu autoridad y liderazgo, puede ayudar a resolver muchos problemas de nuestra Iglesia en África. San Pablo advirtió ya sobre las fiestas y borracheras, pero parece que, frente a otros pecados, estos se ven como algo permitido. Incluso se producen en honor a los santos mártires. Deberíamos evitar estas vergüenzas en las tumbas de los santos, en los lugares de los sacramentos y en las casas de oración.
Si en África fuésemos los primeros en eliminar esta mala costumbre sería un ejemplo a seguir. En Italia y en muchas otras Iglesias, esta práctica nunca se propagó o fue eliminada. ¿Cómo dudar en corregir algo tan inmoral? Hay que curar la herida que esta costumbre ha causado y lo deberíamos resolver con la autoridad del Concilio.
Pero no con dureza, sino con suavidad y amabilidad. Estos problemas no se resuelven con órdenes estrictas. En lugar de mandar, debemos enseñar; en lugar de amenazar, debemos aconsejar. Con la gente debemos ser así para que teman a Dios por sus palabras y no a nosotros por nuestra autoridad. Y los más espirituales se impresionarán, y con sus amables pero firmes reproches, el resto de la gente cambiará.
La gente ignorante organiza borracheras en los cementerios de los mártires, pensando que así los honran. Eliminemos esta vergüenza mostrando que en la Biblia está prohibido. Las ofrendas para los muertos son aceptables si se hacen con humildad y fervor. Si alguien quiere donar dinero con fines religiosos, que lo dé a los pobres de inmediato, de manera piadosa y honesta.
La raíz de estos vicios es el orgullo y el deseo de ser alabado, lo que a menudo lleva a la hipocresía. Por eso hemos de actuar como modelo de paciencia y humildad: si tratara de agradar a los hombres, no sería siervo de Dios.
Es importante no alegrarse por los honores y halagos humanos, y evitar cualquier vanidad, dirigiendo todo hacia la utilidad y salvación de quienes nos honran. ¿Qué es más frágil que alguien que se deja llevar por los halagos, sabiendo que son falsos? El dolor llegará al alma si no se rompe ahora el deseo de halagos.
Confío en tu fortaleza espiritual y comparto contigo estos pensamientos. Debemos mantener nuestra mente enfocada en Dios y si nos alaban sin razón, corregir a quienes podamos para que no piensen que tenemos lo que no tenemos, o que lo que tenemos es nuestro y no de Dios.
Si nos alaban por algo verdadero, celebremos con quienes aprecian el bien, y no con nosotros mismos por agradar a los hombres. Las alabanzas deben atribuirse a Dios, dueño de todos los bienes. Repito esto cada día para mí mismo, lucho contra este enemigo.









