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El sí que transforma la vida: hacer la voluntad de Dios desde el corazón

¿Qué significa hacer la voluntad de Dios? Fray Luciano Audisio explica la parábola de los dos hijos y muestra que la verdadera obediencia no consiste solo en decir "sí", sino en dejar que Dios transforme el corazón y nos ponga en camino.
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Fray Luciano Audisio, OAR, reflexiona sobre la parábola de los dos hijos, en la que Jesús nos invita a descubrir que la verdadera obediencia no consiste en decir las palabras correctas, sino en ponerse en camino para cumplir la voluntad del Padre. A la luz del Evangelio y del himno cristológico de san Pablo, esta reflexión muestra que Dios no busca una obediencia aparente, sino un corazón dispuesto a dejarse transformar por su amor.

Descubrir que la voluntad de Dios conduce a la verdadera libertad

Hay un “sí” que Dios escucha con agrado y hay otro que, aunque suene perfecto, puede quedarse completamente vacío. Y hay también un “no” que parece cerrar una puerta, pero que, con el paso del tiempo, puede transformarse en el comienzo de una verdadera obediencia. La parábola de los dos hijos nos coloca frente a una pregunta que atraviesa toda nuestra vida: ¿qué significa hacer la voluntad de Dios?

La primera lectura nos presenta a Cristo en uno de los himnos cristológicos más antiguos que se conservan. En él contemplamos un movimiento de descenso y ascensión: Cristo se abaja, entra en nuestra condición humana y, mediante su muerte y resurrección, nos abre el camino hacia la vida. No se trata solamente de conocer quién es Jesús, sino de descubrir hasta dónde llega su amor y cómo desea hacernos participar de su misma vida.

El evangelio nos sitúa en Jerusalén, en los últimos días de Jesús. Después de expulsar a los mercaderes del templo, su enfrentamiento con las autoridades se ha intensificado. Jesús sabe que se acerca su muerte y, en ese contexto, comparte con sus interlocutores una enseñanza que toca lo más profundo del corazón humano. Comienza preguntando: “¿Qué os parece?” (Τί δὲ ὑμῖν δοκεῖ;). No quiere ofrecernos una respuesta prefabricada, sino invitarnos a mirar nuestra propia vida.

Un hombre tenía dos hijos. Uno responde inmediatamente que irá a trabajar a la viña, pero no va. El otro se niega, aunque después se arrepiente y termina cumpliendo la voluntad de su padre. Estos dos hijos no son solamente personajes de una historia: son también dos posibilidades que conviven dentro de nosotros. A veces decimos que sí con entusiasmo, pero nuestras acciones toman otro camino. Otras veces nos resistimos, porque reconocemos nuestras limitaciones, pero finalmente encontramos la fuerza para ponernos en marcha.

El centro de la parábola es la voluntad del Padre. Muchas veces la imaginamos como algo que amenaza nuestra libertad, como si Dios quisiera imponernos algo contrario a nuestros deseos, a nuestra alegría o a nuestra realización personal. Sin embargo, la voluntad de Dios no es enemiga de lo que verdaderamente somos. Como expresa san Agustín, Dios es más íntimo a nosotros que nosotros mismos. Su voluntad nos conduce hacia ese deseo profundo que permanece escondido en nuestro corazón, muchas veces sepultado bajo nuestras falsas imágenes de Dios, nuestras heridas, nuestros olvidos y nuestros pecados.

Por eso, encontrar al Señor significa también aprender a reconocernos. Es quitar las capas que nos impiden escuchar lo que verdaderamente deseamos. La fe no consiste simplemente en repetir palabras correctas, sino en descubrir que nuestra vida está llamada a una comunión más profunda con Dios. Y Jesús nos ofrece una imagen concreta de esta vocación: trabajar en la viña del Padre.

El padre envía a sus hijos a trabajar, pero permanece en casa. El hijo está lejos, no ve a su padre y, sin embargo, puede realizar aquello que el padre desea. También nosotros vivimos muchas veces esta experiencia. No vemos a Dios, no podemos disponer de su presencia como si fuera algo que controlamos. Pero precisamente allí, en el lugar donde estamos llamados a vivir y servir, podemos entrar en una profunda comunión con Él. La distancia física no impide la cercanía del amor.

La verdadera obediencia nace de un corazón convertido

El primer hijo nos recuerda que podemos decir “sí” y, al mismo tiempo, colocar otras cosas en el lugar de Dios. No necesariamente mentimos cuando prometemos; quizá deseamos sinceramente responder. Pero aparecen nuestros intereses, nuestras comodidades, nuestras pequeñas idolatrías, y terminamos eligiendo aquello que nos resulta más conveniente. El problema no es solamente haber incumplido una orden, sino haber perdido de vista la belleza de colaborar con el Padre.

El segundo hijo, en cambio, comienza diciendo que no. Tal vez conoce sus límites, sabe que no es capaz y prefiere no comprometerse. Pero algo sucede en su interior: μεταμεληθείς, arrepentido, cambia de actitud y se pone en camino. Su respuesta no queda encerrada en sus palabras; se transforma en una decisión concreta.

Por eso, las palabras finales de Jesús son tan provocadoras: “Los publicanos y las prostitutas van delante de vosotros al Reino de Dios” (οἱ τελῶναι καὶ αἱ πόρναι προάγουσιν ὑμᾶς εἰς τὴν βασιλείαν τοῦ θεοῦ). Jesús no está justificando el pecado, sino mostrando que quienes reconocen su necesidad de conversión pueden abrirse a la gracia antes que quienes se consideran justos y no sienten necesidad de cambiar.

También nosotros podemos reconocer que, a veces, ponemos precio a nuestras relaciones, que buscamos ventajas y que sacrificamos lo más querido por conveniencia. Pero reconocerlo no significa quedar atrapados en la culpa. Significa dejar que Dios nos encuentre en nuestra verdad.

Ponerse en camino es responder cada día al amor de Dios

La pregunta de Jesús sigue resonando: ¿cuál de los dos hijos hizo la voluntad del Padre? No basta con decir «Señor». Hace falta ponerse en camino. Y ese camino comienza cuando dejamos de confiar únicamente en nuestras propias palabras y nos abrimos al amor gratuito de Dios. No somos nosotros quienes nos salvamos: es Él quien nos ama y nos invita, una y otra vez, a trabajar en su viña.

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