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El corazón que aprende a perdonar: la misericordia que transforma nuestra vida

Fray Luciano Audisio reflexiona sobre el Evangelio de Mateo 18,21-35 y la parábola del siervo despiadado. Una invitación a comprender que el perdón cristiano nace de la misericordia recibida y transforma el corazón para vivir desde el don y no desde la deuda.
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Fray Luciano Audisio, OAR, reflexiona sobre el Evangelio de este domingo, en el que Pedro pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar. A través de la parábola del siervo despiadado, Cristo revela que el perdón cristiano no nace del cálculo, sino de la experiencia de haber sido alcanzados primero por la misericordia de Dios. Solo un corazón transformado por la gracia puede aprender a vivir desde el don y no desde la deuda.

Del cálculo al don: el perdón no tiene medida

El Evangelio de este domingo comienza con una pregunta que parece sencilla, pero que toca una de las heridas más profundas de nuestra vida: “¿Hasta siete veces?”. Pedro quiere saber hasta dónde debe llegar el perdón. Probablemente piensa que está siendo generoso. Siete veces parece una cifra extraordinaria. Pero Jesús rompe toda medida: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. No está proponiendo una operación matemática. Está diciendo que el perdón cristiano no puede vivir sometido al cálculo.

Pedro todavía piensa en términos de cantidad: ¿cuántas veces tengo que perdonar? Jesús cambia la pregunta: ¿desde dónde estás viviendo? Porque quien ha recibido misericordia ya no puede relacionarse con los demás desde la lógica de la deuda.

Por eso Jesús cuenta la parábola de un rey que quiere ajustar cuentas con sus siervos. Uno de ellos debe diez mil talentos. Es una deuda desmesurada, prácticamente imposible de pagar. El hombre suplica paciencia y el rey, movido a compasión, no solamente le concede tiempo: le perdona toda la deuda. El siervo queda libre. Ha recibido una misericordia que no podía exigir ni merecer.

Pero inmediatamente aparece la contradicción. Ese mismo hombre encuentra a un compañero que le debe cien denarios, una cantidad incomparablemente menor. Y, en lugar de recordar la misericordia que acaba de recibir, lo agarra por el cuello y le exige el pago. El compañero pronuncia prácticamente la misma súplica: “Ten paciencia conmigo”. Pero ahora aquellas palabras no encuentran misericordia.

Aquí está el drama de la parábola. El siervo ha sido perdonado, pero no se ha dejado transformar por el perdón. Ha recibido gracia, pero continúa viviendo según la lógica del cálculo. Ha cambiado de posición, pero no ha cambiado de corazón. Antes sufría la lógica de la deuda desde arriba; ahora la aplica contra alguien que está por debajo de él.

También nosotros podemos caer en esa contradicción. Podemos hablar de la misericordia de Dios, recibirla en la confesión, pedirla cada día en el Padrenuestro y, sin embargo, conservar una larga lista de cuentas pendientes con los demás. Recordamos perfectamente lo que nos hicieron, las palabras que nos hirieron, las injusticias que sufrimos. Nuestro corazón se convierte fácilmente en una contabilidad del resentimiento. Pero Jesús nos pregunta hoy: ¿recuerdas también cuánto te ha perdonado Dios?

Perdonar de corazón es dejar que la gracia transforme nuestra historia

El Evangelio no nos pide negar el daño recibido ni llamar bueno a lo que fue malo. Perdonar no significa olvidar artificialmente, ni renunciar a la justicia, ni permitir que continúe una situación de abuso. Significa algo más profundo: decidir que la ofensa recibida no tendrá la última palabra sobre nuestra relación con el otro ni sobre nuestro propio corazón.

Por eso Jesús habla de perdonar “de corazón”. En la tradición bíblica, el corazón no es solamente el lugar de los sentimientos. Es el centro de la persona, donde se encuentran la voluntad, la memoria y el discernimiento. Perdonar de corazón significa comprometer toda nuestra persona en una decisión que puede incluso preceder al sentimiento. A veces el corazón todavía duele cuando la voluntad ya ha comenzado a abrir un camino hacia la reconciliación.

Hay además una resonancia muy hermosa con la tradición bíblica de la shemitá y del jubileo. Israel conocía un tiempo en el que las deudas debían ser liberadas y la libertad restituida. Jesús lleva esa lógica hasta el corazón del discípulo: no basta con que exista ocasionalmente un tiempo de perdón; toda la existencia cristiana está llamada a convertirse en un jubileo permanente.

Quizá por eso la pregunta correcta no sea: “¿Cuántas veces debo perdonar?”, sino: “¿Cuántas veces Dios ha tenido misericordia de mí?”. Cuando recordamos los diez mil talentos que nos han sido perdonados, los cien denarios del hermano comienzan a verse de otra manera. No porque la ofensa sea insignificante, sino porque nuestra vida entera ha sido alcanzada primero por la gracia.

Vivir desde la misericordia recibida

El Evangelio nos invita hoy a soltar el cuello de nuestro hermano. Todos llevamos dentro un pequeño cobrador que recuerda, calcula y exige. Jesús nos pide que lo dejemos ir. No porque la justicia no importe, sino porque la misericordia es una justicia transformada por el amor.

Que el Señor nos conceda una memoria agradecida para recordar siempre la misericordia recibida, un corazón libre para perdonar y una mirada capaz de contemplar al hermano no como deudor, sino como alguien que también necesita gracia hoy. Que al acercarnos a la Eucaristía recordemos que venimos también nosotros como deudores perdonados. Y que, habiendo recibido gratuitamente la misericordia de Dios, podamos convertirnos en hombres y mujeres capaces de ofrecerla. Así, el “setenta veces siete” dejará de ser una cifra imposible y se convertirá en una forma nueva de vivir: la forma de quien ya no cuenta lo que debe recibir, porque ha descubierto la alegría de vivir desde el don.

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