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¿Cuál es el mandamiento más importante? Jesús responde

Fray Luciano Audisio explica el mandamiento más importante de Jesús: amar a Dios y al prójimo. Una reflexión sobre Mateo 22,34-40.
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Fray Luciano Audisio, OAR, reflexiona sobre el Evangelio de Mateo 22,34-40, en el que Jesús responde a una pregunta fundamental: ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley? Su respuesta revela que el amor a Dios y al prójimo no son dos caminos separados, sino dimensiones inseparables de la vida cristiana. Una invitación a descubrir si nuestra fe está transformando verdaderamente nuestra manera de amar, servir y relacionarnos con los demás.

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón

Hay preguntas que parecen buscar una respuesta, pero en realidad pretenden poner a prueba a quien responde. Así sucede en el Evangelio de este domingo. Un jurista se acerca a Jesús y le pregunta: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”. La cuestión no era insignificante. En el judaísmo de aquel tiempo, la Torá contenía numerosos preceptos y los maestros discutían cómo comprenderlos, ordenarlos y reconocer el principio que permitiera descubrir su unidad. No se trataba simplemente de establecer qué mandamientos eran más importantes, sino de encontrar aquello que daba sentido al conjunto. ¿Dónde estaba el centro desde el cual podía comprenderse toda la voluntad de Dios?

Jesús responde citando las palabras que todo israelita conocía y repetía cada día: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Es la profesión de fe de Israel, el šĕmaʿ, que expresa la entrega total del ser humano a Dios. No basta con reconocer su existencia, cumplir algunas obligaciones religiosas o reservarle determinados momentos de la jornada. Dios pide el corazón entero, porque la relación con él no puede quedar reducida a una parte de nuestra vida. Amar con todo el corazón significa que nuestra manera de pensar, decidir, trabajar, relacionarnos y afrontar las dificultades queda progresivamente transformada por su presencia.

Sin embargo, Jesús no se detiene ahí. Añade un segundo mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y afirma que es semejante al primero. Esta afirmación contiene una de las claves fundamentales de la vida cristiana. Jesús no presenta dos caminos independientes, uno que conduce a Dios y otro que conduce al ser humano. Tampoco establece una competencia entre la oración y el servicio, entre el culto y la caridad, entre la fidelidad religiosa y la responsabilidad hacia los demás. Los une desde dentro, mostrando que el amor a Dios y el amor al prójimo, aunque no sean idénticos en su destinatario, pertenecen a una misma realidad.

Amar al prójimo como a uno mismo: el rostro de la verdadera fe

Aquí se descubre una verdad que puede resultar incómoda. Podemos cumplir prácticas religiosas, participar en la liturgia, conocer las Escrituras e incluso hablar con profundidad de Dios, y, sin embargo, mantener el corazón cerrado ante quien tenemos cerca. Podemos defender la verdad y hacerlo sin caridad, exigir fidelidad y carecer de misericordia, hablar de comunión mientras alimentamos divisiones. En esas circunstancias, el problema no consiste necesariamente en que nuestras prácticas religiosas sean falsas, sino en que todavía no han alcanzado el centro de nuestra existencia. El amor que profesamos a Dios debe hacerse visible en la manera de tratar a los demás. De lo contrario, corremos el riesgo de confundir la cercanía a las cosas de Dios con la verdadera cercanía a Dios.

Pero también existe la tentación contraria: reducir la fe a una solidaridad genérica, sin profundidad espiritual ni referencia a Dios. La caridad cristiana no nace únicamente de una sensibilidad humana ante el sufrimiento, aunque esa sensibilidad sea necesaria. Nace también del descubrimiento de que cada persona tiene una dignidad que no depende de su utilidad, de sus méritos, de su procedencia o de la simpatía que nos inspire. En el prójimo encontramos a alguien que Dios ama, incluso cuando nosotros no encontramos motivos suficientes para amarlo. La fe ensancha así nuestra capacidad de reconocer al otro y nos invita a superar las fronteras que levantamos para decidir quién merece nuestra atención y quién puede quedar al margen.

Por eso Jesús concluye afirmando que de estos dos mandamientos “penden toda la Ley y los Profetas”. La imagen es significativa. Toda la Escritura encuentra en el amor su principio de unidad, no porque los demás mandamientos pierdan su valor, sino porque es el amor el que permite comprender su finalidad. Sin él, la norma puede convertirse en una carga, la observancia en motivo de orgullo y la religión en un refugio para no dejarnos interpelar por la realidad. Con él, en cambio, la voluntad de Dios deja de percibirse como una exigencia exterior y comienza a descubrirse como un camino que conduce a la plenitud de la vida.

El amor que transforma nuestra relación con Dios y los demás

La pregunta del Evangelio, por tanto, no pertenece solamente a aquel jurista que se acercó a Jesús. También nosotros necesitamos preguntarnos qué sostiene realmente nuestra existencia y qué lugar ocupa el amor en nuestras decisiones. No se trata de medir nuestra vida mediante una lista de buenas acciones ni de conformarnos con sentimientos generosos. Se trata de reconocer si nuestra relación con Dios está transformando nuestras relaciones humanas; si sabemos escuchar sin juzgar precipitadamente, acompañar sin dominar, corregir sin humillar y servir sin buscar reconocimiento. Se trata, sobre todo, de descubrir a quién estamos dejando fuera de nuestro amor.

Quizá el mayor desafío no consista en aprender a amar a Dios y al prójimo como si fueran dos tareas diferentes, sino en permitir que Dios transforme nuestra manera de amar. Porque cuanto más nos acercamos a él, más difícil debería resultarnos permanecer indiferentes ante el sufrimiento del hermano. Y cuanto más aprendemos a amar al hermano, incluso cuando nos cuesta, más descubrimos algo del corazón de Dios.

Al final, la pregunta decisiva no es cuántos mandamientos conocemos ni cuántas obligaciones hemos cumplido. La pregunta es si el amor se ha convertido en el principio que sostiene nuestra vida. Allí donde amamos a Dios con todo nuestro ser y reconocemos al prójimo como alguien digno de nuestra entrega, la Ley encuentra su sentido y la fe comienza a mostrar su verdadero rostro.

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