La nueva serie recoge el testimonio de misioneros que participaron en el Sínodo Misional. En su primer episodio, el agustino recoleto Joseph Shonibare recorre su camino vocacional y comparte los aprendizajes de su servicio en Sierra Leona, la Amazonía brasileña y Cuba.
Me encuentro con fray Joseph Shonibare después de una de las sesiones de trabajo de los primeros días del Sínodo Misional. Algunos frailes bromean con él y lo llaman «el fraile de los seis continentes», porque su misión lo ha llevado a todos ellos, incluido el continente digital. Joseph es un hombre cercano, con una risa capaz de contagiar a toda una sala. Con esa misma naturalidad comparte su historia en el primer episodio de Ecos de la misión, la nueva serie de vídeos que recoge la vida y el testimonio de los misioneros que participaron en el Sínodo.
«En la misión, a veces la realidad te moldea». La experiencia de fray Joseph Shonibare da sentido a estas palabras. Su testimonio inaugura Ecos de la misión, una serie de vídeos en la que misioneros que vivieron el Sínodo Misional comparten su vida, su vocación y los encuentros que han transformado su manera de servir.
Nacido en Inglaterra y de origen nigeriano, Joseph creció en Nigeria, donde cursó sus estudios de primaria y secundaria. Al regresar a Inglaterra, con 18 años, comenzó a sentir el deseo de dedicar su vida a los demás. Todavía no tenía claro cómo hacerlo, pero intuía una llamada al servicio de los pobres.
La participación diaria en la eucaristía y un anuncio vocacional en una revista lo acercaron a los agustinos recoletos. Después llegaron las convivencias y el encuentro con una comunidad cuya sencillez y alegría lo marcaron.
«Era solo un joven que quería servir a Dios», recuerda.
Tras su noviciado en Monteagudo y sus estudios de teología, fue ordenado sacerdote el 9 de octubre de 1999. Sus primeros destinos estuvieron en Inglaterra, donde descubrió que el cariño y la cercanía podían abrir caminos de encuentro entre personas de distintas culturas.
Dejarse transformar por la misión
En 2007 llegó a Sierra Leona para colaborar en la apertura de una nueva comunidad en Kamalu. El país seguía marcado por las consecuencias de la guerra civil y las necesidades materiales atravesaban la vida cotidiana. El vehículo de los religiosos servía también para trasladar enfermos al hospital.
Uno de aquellos viajes le dejó una huella profunda. Un padre le pidió regresar a casa con su hijo gravemente enfermo. Joseph quiso buscar una alternativa para que continuara en el hospital, hasta que un joven que lo acompañaba le pidió que mirara al niño. Comprendió entonces la gravedad de su estado y la situación de la familia. El pequeño falleció pocas horas después de volver.
Aquella experiencia le enseñó a escuchar y a reconocer sus propios límites. Ante tantas necesidades, explica, la oración sostiene al misionero y lo ayuda a aceptar que está llamado a hacer cuanto esté a su alcance. Al mismo tiempo, insiste en la disponibilidad hacia quienes necesitan ayuda:
«Hay que dejar que el pobre nos moleste».
De Sierra Leona conserva también el recuerdo de la solidaridad, el cariño y las aspiraciones de un pueblo que buscaba construir un futuro mejor.
Acompañar y sostener la esperanza
Su camino continuó en la Amazonía brasileña, donde llegó en 2014. Allí conoció otra forma de presencia misionera, vinculada a las comunidades junto al río y al acompañamiento espiritual. De esa etapa destaca la importancia de tener el corazón abierto, saber dar cariño y aprender a recibirlo.
Actualmente sirve en Cuba. En el episodio, describe una misión centrada en acompañar a las personas en medio de sus dificultades y sostener la esperanza.
«No he hablado tanto sobre la esperanza como esos cuatro años», afirma. Para Joseph, transmitir la confianza en un mañana mejor forma parte de la responsabilidad cristiana.
El diálogo concluye con tres peticiones: un acompañamiento cercano de los superiores a los misioneros, la oración de los religiosos mayores y la disponibilidad de los jóvenes para salir de su zona de confort y conocer otras culturas.
Al mirar atrás, Joseph resume su recorrido con gratitud: «Mi vida ha sido una bendición». Y al joven de 18 años que estaba a punto de entrar en el convento le dirigiría hoy una invitación sencilla: «Vale la pena. No tengas miedo».









