Un encuentro celebrado en Los Negrales (Madrid) ha reunido a prioras agustinas recoletas para profundizar en el buen trato, el ejercicio de la autoridad y el cuidado de las comunidades contemplativas, con el acompañamiento de la Comisión de Entornos Seguros de la Orden.
“La priora no es una jefa, es una madre”. Con esta afirmación, sor Concepción Marín Lerena, priora de la comunidad de Agustinas Recoletas de Pamplona, resume una forma de entender la autoridad religiosa que sitúa en el centro el amor, la escucha y el cuidado de las hermanas. Sus palabras reflejan el espíritu del encuentro de formación celebrado en Los Negrales, Madrid, donde las responsables de distintas comunidades contemplativas han reflexionado sobre los desafíos de la vida religiosa actual.
La iniciativa responde a la necesidad de ofrecer herramientas para acompañar a las comunidades, favorecer unas relaciones fraternas saludables y profundizar en el ejercicio de la autoridad como servicio. Una formación que no se limita a los conocimientos teóricos, sino que invita a revisar las dinámicas cotidianas de convivencia a la luz del Evangelio y del carisma de san Agustín.
Una formación para responder a los desafíos de la vida contemplativa
Sor Alicia, miembro del Consejo de la Federación de Monjas Agustinas Recoletas de España, explica que el encuentro nace de una necesidad concreta: acompañar a las prioras ante los nuevos desafíos que afronta la vida contemplativa.
“Vemos que hay una necesidad de formación ante los retos que se nos presentan en el día de hoy”, señala la religiosa.
Durante las sesiones se han abordado cuestiones relacionadas con el liderazgo, la formación de las responsables de comunidad, los abusos de poder, la acogida, el diálogo y el cuidado de las hermanas.
La finalidad es que las participantes regresen a sus monasterios con nuevas herramientas para ejercer su responsabilidad y favorecer una convivencia basada en el respeto y la confianza. Sor Alicia expresa su deseo de que vuelvan “renovadas, por lo menos con un cambio de chip”, capaces de transmitir a sus comunidades lo aprendido durante estos días.
El encuentro da continuidad a una iniciativa formativa desarrollada el pasado mes de julio en Salamanca, dirigida a religiosas en etapa de formación y a sus formadoras. En esta ocasión, el trabajo se ha centrado en las prioras, responsables de acompañar y animar la vida de sus respectivas comunidades.
El buen trato y el cuidado, en el corazón del carisma agustiniano
Fray Antonio Carrón, presidente de la Comisión de Entornos Seguros de la Orden de Agustinos Recoletos, explica que esta propuesta busca trasladar la experiencia acumulada por la Comisión a los entornos comunitarios de la vida contemplativa.
Las sesiones han profundizado en las relaciones interpersonales, la resolución de conflictos, el ejercicio de la autoridad, la obediencia y las distintas dimensiones del cuidado. Se trata de comprender a la persona en su integridad, teniendo en cuenta sus necesidades espirituales, afectivas, relacionales y humanas.
“Quizás es la palabra cuidado la que más está guiando la reflexión en estos días”, afirma fray Antonio, quien subraya que este debe comenzar por el autocuidado y extenderse a todas las dimensiones de la vida comunitaria.
Para el religioso, esta perspectiva no constituye una novedad ajena a la tradición agustiniana, sino una oportunidad para redescubrir sus fundamentos. “La Regla de san Agustín es un tratado de cuidado, es un tratado de buen trato”, señala, recordando la importancia de la corresponsabilidad y de cultivar relaciones comunitarias saludables.
En el encuentro también ha participado Carmen Montejo, miembro de la Comisión de Entornos Seguros de la Orden, quien destaca el carácter especial de esta experiencia formativa.
Acostumbrada a trabajar con diferentes grupos y realidades eclesiales, Carmen reconoce que el contacto con las religiosas contemplativas le ha permitido acercarse a una experiencia comunitaria particularmente intensa, en la que las dimensiones humanas y espirituales se encuentran profundamente entrelazadas.
“Me está encantando, porque quizá yo tenía algún prejuicio”, reconoce al hablar de la riqueza humana que ha descubierto en las conversaciones con las hermanas. Su experiencia pone de manifiesto la importancia de la escucha y del conocimiento mutuo para acompañar los procesos de renovación de la vida consagrada.
Ser priora significa conocer, escuchar y amar a cada hermana
Junto a las reflexiones de los formadores, los testimonios de las religiosas permiten comprender cómo se concreta el ejercicio de la autoridad en la vida cotidiana de los monasterios.
Sor Pascualina, religiosa procedente de Kenia y actualmente vicepriora de la comunidad de Requena, valora especialmente una formación que ayuda a crecer tanto espiritual como humanamente. Para ella, la responsabilidad comunitaria se sostiene en la oración y en la confianza en la gracia de Dios.
“Lo primero es orar para poner todas las cosas en manos de Dios y así Dios puede actuar”, afirma al explicar cómo afronta su servicio a las hermanas.
Por su parte, sor Concepción, priora de Pamplona, ofrece una visión especialmente cercana del significado de esta responsabilidad. Después de muchos años de experiencia en el servicio de gobierno comunitario, está convencida de que una priora debe conocer profundamente a cada religiosa.
“Querer a cada hermana, con su nombre y apellidos”, explica. Para ella, cuidar una comunidad significa reconocer las capacidades de cada persona, confiar en las hermanas y permanecer disponible para acompañarlas.
Cuando se le pregunta qué necesita una buena priora, responde con humildad: “No, no soy buena. Intento”. Y señala tres actitudes esenciales: querer a las hermanas por encima de todo, cultivar una profunda vida de oración y dedicarles el propio tiempo.
El encuentro ha sido también una oportunidad para fortalecer los vínculos entre las distintas comunidades de agustinas recoletas. Sor Concepción destaca la importancia de conocerse mejor, compartir dificultades y sentirse más unidas.
Al mirar hacia el futuro de la vida contemplativa, su respuesta no se centra en las dificultades o en la preocupación por la continuidad de las comunidades, sino en la fidelidad a la vocación recibida.
“Ser fieles a lo que el Señor nos pide a cada una. Crecer en el amor hacia Él, que se va a notar en lo que nos queramos entre nosotras”, afirma.
Sus palabras condensan el sentido de estos días de formación: renovar la vida comunitaria desde el cuidado, fortalecer la comunión y recordar que la autoridad, vivida desde el Evangelio y la espiritualidad agustiniana, encuentra su verdadero significado en el servicio a los demás.












