Cuando las noticias dejaron de ser cifras
Hay dolores que también se viven a miles de kilómetros de distancia. Mientras unos corrían hacia los escombros, otros permanecían frente a una pantalla esperando un mensaje que dijera simplemente: “estamos bien”.
La distancia tiene una forma silenciosa de doler. Obliga a seguir trabajando, respondiendo mensajes, haciendo la vida cotidiana, mientras el corazón permanece en otro lugar. Pero incluso desde lejos ocurrió algo inesperado: hubo personas que decidieron no quedarse inmóviles.
Unos viajaron para ayudar. Otros organizaron donaciones. Otros escucharon, rezaron, acompañaron. Porque cuando el sufrimiento tiene nombre, la indiferencia deja de ser una posibilidad.
Eso fue lo que vivió Simón Morales, quien decidió trasladarse a La Guaira cuando comprendió que ya no bastaba con seguir mirando las noticias.
“Las noticias dejaron de ser solo cifras y empezaron a tener rostros conocidos. Fue cuando entendí que la información ya no iba a cambiar nada, pero la acción sí”.
Al llegar, encontró una realidad devastadora: familias esperando noticias, rescatistas trabajando sin descanso, voluntarios intentando poner algo de orden en medio del caos. Allí, el dolor dejó de ser una imagen distante y se convirtió en rostro concreto.
Entre esos rostros, Simón recuerda especialmente a una mujer de 76 años, diabética e hipertensa, a quien ayudó a estabilizar. Ella, aun desde su propia fragilidad, había prestado apoyo a sus vecinos en el patio de su casa. Su testimonio le dejó una certeza difícil de olvidar: la vida es frágil y no siempre concede tiempo para aplazar lo esencial.
“No hay mañana seguro. Dejemos de postergar la vida y el disfrute por un mañana”.
La esperanza también se organiza
En medio de la emergencia, la solidaridad no apareció solo como impulso espontáneo. También tomó forma organizada a través de instituciones, comunidades y voluntarios que pusieron sus manos al servicio de quienes más lo necesitaban.
Para Kevin Quiroz, voluntario de ARCORES, servir en este contexto fue una manera concreta de hacer visible el carisma agustino recoleto.
“Servir desde ARCORES ha sido la muestra clara de nuestro lema: moviendo corazones y transformando vidas”.
Su experiencia le permitió reconocer que, incluso en medio de la devastación, el pueblo venezolano sigue mostrando una profunda capacidad de resistencia, empatía y ayuda mutua.
“Cada persona, en cada rincón del país, me recuerda que Dios está presente: muchas personas accionando, ayudando, sirviendo, sin distinciones”.
Desde la fe, el servicio adquiere una profundidad distinta. No se trata únicamente de hacer el bien ni de responder a una urgencia humanitaria. Para Kevin, servir en estos días ha sido una forma de asemejarse a Cristo, de ser luz en medio de la oscuridad.
“No se hace desde un mero altruismo, sino desde el hecho de ser como Jesucristo”.
También Steven Mero, joven vinculado al Colegio Agustiniano Cristo Rey, sintió la necesidad de implicarse. Su decisión nació de la educación recibida en casa y de los valores aprendidos en la formación agustiniana: ayudar, respetar, amar y valorar la vida.
Al llegar a las zonas afectadas, esperaba encontrar únicamente desolación. Pero encontró algo más.
“Pensé que iba a encontrar personas desmotivadas, esperanzas y sueños caídos, una ciudad en ruinas… pero fue todo lo contrario. En los ojos de la gente veías fe, amor al prójimo y valentía para seguir adelante”.
La experiencia no fue fácil. Steven reconoce que lo más difícil fue salir del estado de shock para poder ayudar sin estorbar, ofrecer una mano fraterna y sostener emocionalmente a quienes estaban más afectados.
“Necesitas ser suficientemente valiente para ayudar y no estorbar”.
En medio de todo, descubrió que Dios no estaba ausente.
“Dios estuvo con todos nosotros. Dios nunca nos ha abandonado, ni antes ni después del terremoto”.
Estar, escuchar, amar
Cuando una persona lo ha perdido casi todo, no necesita primero explicaciones. Necesita humanidad.
Así lo expresa Rosa Parisi, laica de la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe. Desde su experiencia de acompañamiento, afirma que lo más urgente es ayudar a recuperar dignidad: aseo, limpieza, descanso, seguridad y compañía.
“Una persona necesita saberse acompañada, saber que no enfrentará esto sola”.
La Iglesia, ante un sufrimiento difícil de explicar, no está llamada a dar respuestas rápidas ni discursos vacíos. Está llamada a permanecer.
“No debemos dar consejos; debemos escuchar y amar. Sencillamente estar”.
Rosa ha visto aparecer la esperanza en los centros de acopio, en los hospitales, en los pacientes y acompañantes que todavía tienen palabras de agradecimiento a Dios, y de manera especial en quienes, aun habiéndolo perdido todo, se volcaron a ayudar a otros.
También en los rescatistas, a quienes define con una frase sencilla y contundente:
“Ellos lo son todo”.
Quizá una de las enseñanzas más fuertes de esta tragedia para la comunidad cristiana sea precisamente esa: no basta con permanecer dentro de las cuatro paredes del templo. La fe se verifica cuando sale, cuando se desprende, cuando pone dones y talentos al servicio del otro.
Desde España, la distancia no protege del dolor. Hay tragedias que cruzan océanos. Que obligan a preguntarse si basta con mirar, compartir una publicación o esperar noticias. Las historias de Simón, Kevin, Steven y Rosa no hablan solo de quienes estuvieron allí. Hablan también de todos los que, de un modo u otro, sintieron que el sufrimiento del otro ya no podía ser ajeno.
Quizá la mayor enseñanza de estos días no esté únicamente en las vidas rescatadas o en las ayudas entregadas. Quizá también esté en los corazones que despertaron.
Algunos llevaron alimentos. Otros medicinas. Otros escucharon. Otros rezaron. Otros simplemente estuvieron.
Y, al hacerlo, recordaron algo que el Evangelio nunca ha dejado de decir: el amor siempre encuentra una forma de hacerse presente.
Porque después del terremoto, algo también comenzó a moverse.
No solo la tierra.
También los corazones.



