¿Cómo recuerdas tu llegada a Taiwán?
Lo primero que me golpeó al llegar a Kaohsiung fue el calor húmedo, casi asfixiante, que me envolvió al salir del aeropuerto. Era como entrar en una sauna de la que no se podía escapar, sudando sin tregua.
Mi primer pensamiento fue: — “Madre mía, ¿cómo voy a soportar esto todo el tiempo?” Gracias a Dios, el uso generalizado del aire acondicionado alivia mucho, y con el paso de los días el cuerpo se va acostumbrando, aunque uno debe ir siempre con una botella de agua y una toalla para secarse el sudor del rostro.
Al llegar a la comunidad donde estaba destinado, en Taliao, me encontré con todos los frailes esperándome. Para ellos, la llegada de un joven recién ordenado era una auténtica novedad y un signo de esperanza en una zona donde la edad media de los religiosos era bastante elevada. Con mi presencia, esa media bajó un poco… pero subió el ánimo.
La cocinera, la directora del kínder y algunos feligreses me recibieron con una calidez que me hizo sentir en casa desde el primer momento. Para ellos —como para los frailes— mi llegada era la prueba de que no estaban abandonados, de que la Provincia seguía pensando en ellos y enviaba savia nueva para continuar la misión.
Había estudiado chino unos meses antes de viajar, y aunque podía decir algunas frases, pronto descubrí que apenas me entendían y que yo solo lograba captar alguna palabra suelta. Me sentí como aquellos primeros misioneros en China que, tras meses de estudio, eran enviados a sus puestos y se daban cuenta de que el verdadero aprendizaje apenas comenzaba.
Recuerdo especialmente que era Cuaresma, y aquel primer viernes participé en el Via Crucis parroquial. Me impresionó profundamente una canción religiosa, con melodía occidental, que narra poéticamente cada una de las estaciones del Via Crucis. Aquella música se me quedó grabada como una de las primeras experiencias espirituales compartidas con el pueblo.
Desde ese momento, ¿a qué dedicaste principalmente tu servicio misionero?
El primer trabajo misionero era, sencillamente, el testimonio: el testimonio de un joven que había dejado todo para compartir su fe en Jesucristo con un pueblo que no era el suyo. Los taiwaneses sienten una sincera curiosidad y afecto por los extranjeros, y no tardan en preguntar qué haces allí y por qué has venido.
Una de las experiencias que más me marcó ocurrió a los pocos meses. Un niño de la parroquia, con cuya familia tenía buena relación, enfermó repentinamente y le diagnosticaron una leucemia agresiva. Su madre era católica; su padre, no creyente.
Cuando ella me comunicó la noticia, la acompañé al hospital para darle al pequeño la Reconciliación, la Unción de los enfermos y la Comunión. Esa misma tarde celebré la Misa por él y, al elevar la doxología, me vino a la mente —con una fuerza que me estremeció— la idea de ofrecer mi vida al Señor a cambio de la del niño, para que Dios obrara un milagro que pudiera salvar su vida y que moviera a la fe a su padre y a otros.
Sentí vértigo ante la seriedad de aquel pensamiento, pero pensando que humanamente poco podría hacer yo en Taiwán con la dificultad del idioma, y que quizá esa fuese la mejor manera de vivir mi vida misionera, tras un momento de zozobra interior, hice esa ofrenda de manera consciente y sincera.
A los pocos días el niño murió. El Señor tenía otros planes para él, para su familia y también para mí. Fueron días durísimos para todos: ver apagarse en tan poco tiempo la vida de un niño tan lleno de alegría nos dejó profundamente tocados.
En Taiwán, el funeral no se celebra de inmediato. Durante el duelo, visitábamos cada día a la familia para rezar por el joven difunto y acompañarlos. Rezábamos el rosario, leíamos la Escritura y compartíamos reflexiones de fe.
Fue precisamente ese testimonio de cercanía, de oración y de consuelo por parte de los sacerdotes y de toda la comunidad parroquial lo que abrió el corazón del padre del niño. En medio de su dolor, la fe se abrió paso como una semilla de esperanza. Terminó bautizándose y, junto con su esposa, se convirtió en un fiel muy activo en la parroquia.
Mi otro primer campo de evangelización fue la academia de chino donde estudiábamos algunas hermanas Misioneras Agustinas Recoletas y yo. Las clases eran individuales, y las profesoras —cristianas protestantes, budistas, de religiosidad popular o agnósticas— preguntaban mucho sobre nuestra vida, nuestra fe y nuestra vocación.
Entre el inglés y mi pobre chino, compartíamos con ellas nuestra experiencia cristiana, les dábamos libros o artículos, respondíamos a sus inquietudes. Durante esos años, tres profesoras no cristianas se convirtieron, siguieron nuestro catecumenado y se bautizaron.
Cuando mi chino mejoró, una de esas profesoras convertidas al catolicismo me ayudó enormemente en actividades pastorales: veladas de oración, actividades de cantos religiosos, actividades para jóvenes y niños…
Organizamos un concurso diocesano de narración bíblica para niños y jóvenes, al que invitamos al obispo. Quedó tan encantado que me nombró responsable de la pastoral infantil de la Diócesis.
Durante tres años organicé los campamentos diocesanos para niños y diversas actividades, como concursos de pintura y un proyecto para dar a conocer a los jóvenes la historia del catolicismo en Taiwán, que celebraba su 150º aniversario. También organicé un encuentro de formación de catequistas de la Diócesis.
Con dos de las profesoras convertidas organizamos cursos de apoyo escolar para niños y jóvenes de familias con pocos recursos: clases de inglés, redacción, español… Además, colaboramos con una organización que trabajaba con mujeres inmigrantes, ayudándolas a integrarse en la sociedad. Nuestras profesoras, expertas en enseñar chino a extranjeros, ofrecieron voluntariamente clases a estas mujeres.
¿Qué ha dejado en ti y en los Agustinos Recoletos aquella misión?
Creo que los Agustinos Recoletos hemos servido con dedicación y cariño al pueblo que se nos confió, trabajando con sacrificio y empeño, incluso con las limitaciones propias del idioma.
Las monjas Dominicas de Olmedo (Valladolid, España), que fundaron en Taiwán, vivieron durante muchos años junto a nuestra casa de Taliao. El agustino recoleto Melecio Ho fue para ellas un verdadero padre: capellán, confesor y apoyo en cualquier trámite.
Cuando yo llegué, ya se habían trasladado a Wanjin, donde los Dominicos custodian un santuario mariano, corazón histórico del catolicismo en Kaohsiung. Aun así, el padre Melecio seguía visitándolas mensualmente como confesor, y yo también pude acompañarlas con retiros, charlas y confesiones.
Los fieles nos recuerdan por la disponibilidad total, día y noche, para cualquier necesidad pastoral. También ha quedado una profunda devoción a nuestros santos, especialmente san Agustín, san Nicolás de Tolentino y santa Rita.
Nosotros siempre sentimos un cariño sincero y una colaboración generosa por parte de los fieles. Esa reciprocidad marcó profundamente nuestra vida misionera. Hemos recibido un gran testimonio de la fe profunda de esa gente sencilla, con gran espíritu de colaboración y de entrega generosa, un gran espíritu de familia y un gran fervor evangelizador, compartiendo su fe con alegría e invitando a su vecinos a la Iglesia.
Aquella misión se caracterizó por la dedicación cercana, el aprecio sincero por los fieles y un testimonio cristiano vivido en medio de una sociedad mayoritariamente no cristiana.
El Jardín de infancia y las actividades de apoyo social y educativo a niños de familias en dificultades tuvo también un gran impacto en la presencia de la Iglesia Católica en el distrito de Taliao.
Para este año misional, destacaría una enseñanza en relación con la sinodalidad y la corresponsabilidad con los laicos y su participación activa en la vida de la Iglesia: la experiencia de los Consejos pastorales en Taiwán, muy inspirados en el modelo de la Acción Católica, es un ejemplo valioso.
Allí funcionan con gran eficacia y madurez, y los laicos colaboran activamente y con entusiasmo bajo la guía del presbítero en toda dimensión de la vida eclesial. Este ejemplo puede inspirarnos hoy para vivir con mayor profundidad el Año Misional Agustino Recoleto conforme a lo que la Iglesia pide de nosotros hoy.





















