A mitad de 1976 se hace un convenio con las diócesis de San José y de Alajuela para atender durante diez años las Parroquias de Cristo Rey en San José, Venecia de San Carlos, San Miguel de Sarapiquí, Puerto Viejo, Río Frío y San Antonio de Belén.
Centroamérica estuvo marcada esos años por diversas crisis a causa de terremotos, volcanes y confrontación social. La Iglesia vivió todos estos acontecimientos en sus carnes, algunos de manera extrema.
La Parroquia de Cristo Rey abarcaba los barrios de Cristo Rey, Luna Park y Carit. Tenía una población muy heterogénea, la mayoría de clase media baja, en torno a un 10% en situación de miseria, y un mínimo de profesionales de economía acomodada. La escuela estaba en aulas prefabricadas con suelo de tierra y sin puertas ni vidrios en las ventanas.
El templo estaba en construcción y tampoco había residencia para la comunidad. El primer domingo un centenar de feligreses se manifestaron con pancartas contra la entrega de la Parroquia a los Agustinos Recoletos; pero el ambiente se calmó después.
Los primeros esfuerzos se centraron en las infraestructuras: finalizar el templo y dotarlo de mobiliario, construir el salón parroquial y la residencia para la comunidad. Se organizó la evangelización desde los documentos de Medellín, Puebla y “Evangelización y realidad social de Costa Rica” de la Conferencia Episcopal. La respuesta fue prometedora.
Se organizó un Comité Pro-Vivienda, uno de los principales problemas del barrio. 163 familias en situación de vulnerabilidad consiguieron así un hogar propio, al tiempo que la Parroquia se convirtió en centro de los Comités de Vivienda de San José.
Cristo Rey se distinguió por el apoyo a los refugiados, la solidaridad con las peticiones vecinales, el apoyo a los derechos de los trabajadores de las bananeras, las protestas contra la subida de los precios de la energía o el apoyo a los trabajadores de adaptación social. El 2 de febrero de 1988, la Parroquia fue devuelta a la Diócesis de San José.
Los Agustinos Recoletos llegan en 1977 a San Miguel, parroquia de muchos años, con comunidades aledañas a caminos de piedra y barro muy estropeados por el transporte pesado de madera, dificultando el servicio evangelizador. Desde allí atendían La Virgen y Puerto Viejo, donde años después se estableció una comunidad y se consiguió poner el patronazgo de San Agustín al crearse la Parroquia.
En cuanto a Río Frío de Sarapiquí, llegar no era fácil: había que entrar desde el Valle Central haciendo ruta por Vara Blanca, San Miguel de Sarapiquí, La Virgen, Puerto Viejo, y pasar un control de plagas de la Compañía Bananera en Horquetas. Los Recoletos se establecieron en Finca 6 para hacerse cargo de la Parroquia.
La primera intención fue atender a las comunidades permaneciendo un día en cada pueblo, pero el sistema no funcionó por las ocupaciones laborales de los fieles. Así que establecieron en Finca 6 su residencia y construyeron un templo acogedor y familiar.
Los religiosos quisieron conocer mejor a su gente, su historia, sus necesidades, sus luchas con las multinacionales de la banana, la realidad de los precaristas sin tierra que constituyeron comunidades propias. La evangelización se llevó a cabo a través de catequistas, líderes locales y agentes de pastoral en sus propias comunidades.
Ante la falta de materiales, los religiosos elaboraron catecismos para los catequistas de cada población y prepararon un cantoral común para todas las parroquias recoletas.
Desde los años 70 del siglo XX en la Iglesia costarricense ya se expresaba públicamente la necesidad de dividir la Diócesis de Alajuela creando una nueva en San Carlos. Antes de 1990 estaba hecho el estudio de factibilidad y era un grito de la Jerarquía y del pueblo, pero no llegó hasta el 25 de julio de 1995. Su primer obispo fue un agustino recoleto, Ángel San Casimiro. Los fieles lo acogieron con entusiasmo y construyeron su Iglesia local con gran fervor y alegría.
Se centró el proyecto de la nueva Diócesis en sus necesidades específicas, incluyendo los problemas sociales causados por las explotaciones mineras a cielo abierto y por la realidad de la inmigración nicaragüense, para la que la Diócesis creó dos casas de acogida, vigiló el trato de las fuerzas del orden público y nombró un laico como vicario de Pastoral Social. Radio Santa Clara fue un instrumento diocesano clave para la formación y la evangelización. El obispo recoleto construyó además un Centro de Pastoral y una Curia diocesana antes de ser designado obispo de Alajuela en 2007.






























