La experiencia de mi hermano me hizo ver que hay muchas formas de viajar y de conocer la cultura, la gente y los paisajes de otro país, porque el voluntariado no solo consiste en ayudar a otros, sino que también es una forma de conocer, aprender y entender. Es una oportunidad que te enriquece para descubrir otros mundos y descubrirse a sí mismo.
Lo que había visto a través de imágenes era solo una parte; al vivirlo te das cuenta de lo afortunado que eres por esta experiencia, en la que das pero, sobre todo, recibes. He podido nutrirme de una cultura y de un cariño muy especiales; y la convivencia con los otros voluntarios hace todo más especial: lejos de casa y de la familia, ellos se convierten en tu pequeña familia, con quienes te sientes acompañada, cuidada y arropada.
Allí nos trataron como uno más, recibes cariño desde el principio. No hacen falta grandes cosas para aportar algo: simplemente estar, acompañar, escuchar, jugar o compartir un rato con alguien significa mucho más de lo que pensamos. Aunque antes de ir imagines todo lo que tú puedes aportar, allí te das cuenta de cuánto ellos te aportan a ti.
Los niños me han recordado que todos tenemos sueños de cuando “seamos mayores”, da igual dónde vivamos, la familia que tengamos o la gente que nos rodee. Mientras coloreaba un dibujo, uno de los niños escribió: “Solo soy un chico con un gran sueño”. Le pregunté cuál era ese gran sueño: “Acabar el colegio”. Los sueños no son ni más grandes ni más pequeños; una maestra debe dar la confianza necesaria para que el niño crea en sus sueños, crea que pueden hacerse realidad.
Todos tenían ganas de aprender y de hacer. Ante un niño desganado, puede que nadie haya dedicado un pedacito de su tiempo a sentarse con él, explicarle algo, escucharle. Pequeños y mayores estaban muy lejos de la pasividad o el desinterés: al pintar se preocupaban por no salirse de la línea, elegir bien los colores, poner su nombre con buena caligrafía. Abrían sus oídos y escuchaban, y después contaban con sus palabras lo que habías explicado y respondían a las preguntas que les hacías.
Todos los niños deberían tener esa oportunidad de que alguien les dedique tiempo, de sentirse vistos y escuchados. Una vez que se convierten en alumnos, la responsabilidad es mantener y fomentar su ilusión y su curiosidad por conocer el mundo que les rodea. Crees que vas a enseñar y terminas descubriendo que tienes mucho que aprender.
Todos allí consiguieron que, llegado el momento, costase mucho despedirse, no de un lugar, sino de las personas. Me enseñaron a valorar cada gesto, cada abrazo, a mirar más allá para quedarse con la sonrisa, la sensibilidad con que habla o la forma propia de iluminar la vida.
Nunca recibí ni un mal gesto ni una mala mirada, siempre nos demostraron su cariño. Ese día que estabas un poco de bajón y parecía que no era un buen día, que no te sentías tan activo y participativo o no respondías de primeras con una sonrisa, ellos seguían dedicándonos la suya, sus abrazos y miradas de complicidad.
Ellos no daban importancia a si había sido un buen día, habían podido comer o habían descansado bien. Todo quedaba en un segundo plano porque tú estabas allí con ellos y, en ese momento, tu presencia era lo importante. Ese valor concedido al simple hecho de que una persona esté presente me ha hecho cambiar mi forma de percibir cómo compartimos la vida con los demás.
También he aprendido a dar al tiempo su importancia real. Nada es tan importante ni tan urgente, muy pocas cosas requieren de nuestra impaciencia. Allí el tiempo es sin prisas, son capaces de dedicar a cada persona su momento. Siempre hay tiempo para saludar, para una conversación, para hacerte un favor.
Y he aprendido que no solo se disfruta del destino: el camino es igual de importante. Si un día llueve y hay que dejar lo planeado, no pasa nada, eso no lo podemos controlar. En lugar de enfadarse o frustrarse, ellos lo aceptan y adaptan su día. Me traigo de allí esa forma de dar más importancia a la gente y al momento que a las prisas o a los planes.
He aprendido a a mirar a cada alumno de forma individual, a darle su tiempo, la importancia de algo tan sencillo como sentir que alguien se para a escucharte, a preguntarte cómo estás, a compartir un rato. Aunque haya mucho por hacer, tantos niños y tanto que enseñar, no quiero olvidarme de parar y mirar a la persona que tengo delante.
Me sorprendió muchísimo en Filipinas las ganas de aprender, de participar, de preguntar y de hacer bien las cosas. Como futura maestra ojalá sea capaz de mantener esa curiosidad, de hacer sentir a los niños que son capaces, de conseguir que no tengan miedo a equivocarse, a soñar con algo que pueda parecer difícil. Cada uno tiene su historia, su familia, sus capacidades y sus sueños; nuestra labor es conocerlos y acompañarlos.
Ojalá muchos se animen a hacer voluntariado, ir sin demasiadas expectativas y con la mente abierta. Por mucho que piensas sobre qué vas a hacer, cómo vas a ayudar o qué aportarás, allí probablemente recibirás muchísimo más de lo que imaginabas.
Como voluntario, aprovecha cada momento para hablar, preguntar, escuchar, jugar, sentarse a compartir un rato con alguien, conocer y dejarse conocer. Al volver a casa no recordarás ni las actividades ni los lugares, pero sí a las personas, las conversaciones, los abrazos, las sonrisas y todos esos pequeños momentos que hicieron que aun estando entre desconocidos en un lugar lejano, estabas como en casa.



























