En la Curia Provincial de la Provincia San Nicolás de Tolentino, en Madrid, celebró la solemnidad de su patrono con la Eucaristía en la capilla dedicada al santo. Quince frailes Agustinos Recoletos y alrededor de medio centenar de fieles participaron en la celebración, en la que fray Alberto Fuente invitó a no limitarse a honrar a san Nicolás, sino a dejarse interpelar por su vida.
La capilla de la Curia Provincial de la Provincia San Nicolás de Tolentino, en Madrid, dedicada precisamente al patrono de la Provincia, acogió este 10 de septiembre a las 13:00 la celebración de la solemnidad de san Nicolás de Tolentino para los religiosos que viven en Madrid.
En su homilía, fray Alberto Fuente, prior de la Curia Provincial, planteó una pregunta que marcó toda su reflexión: cuando celebramos a un santo, ¿nos servimos de su fama y popularidad o permitimos que su vida nos interpele?
Para fray Alberto, la respuesta está en descubrir en san Nicolás no solo una figura a la que venerar y pedir su intercesión, sino un hombre que sigue mostrando hoy un camino concreto de seguimiento de Jesucristo.
Un santo para un mundo en conflicto
San Nicolás de Tolentino vivió durante la segunda mitad del siglo XIII en una sociedad atravesada por conflictos sociales, económicos, políticos y religiosos. Una situación que, salvando las distancias históricas, encuentra ecos en el mundo actual.
Su respuesta fue una vida profundamente arraigada en Dios y, precisamente por ello, abierta a las necesidades de quienes encontraba a su alrededor.
Fray Alberto recordó que san Nicolás supo tener “ojos misericordiosos” para descubrir a los necesitados y convertirse así en evangelizador y portador de Cristo y de la paz del Señor.
A partir de su testimonio, el prior de la Curia Provincial propuso tres claves que pertenecen también al corazón de la espiritualidad agustino recoleta: la centralidad de Jesucristo, el amor al prójimo y la conversión permanente.
La primera comienza por reconocer a Cristo como el único Señor. “Estamos celebrando la Eucaristía porque reconocemos en Cristo a nuestro Señor, nuestro único Señor”, afirmó.
Colocar a Jesús en el centro significa también comprender la propia existencia como vocación. Fray Alberto invitó a todos, religiosos y laicos, a redescubrir en primer lugar la vocación fundamental recibida en el bautismo: ser hijos amados del Padre. Desde ella se comprenden después las diferentes llamadas particulares.
En san Nicolás, esa centralidad de Dios se manifestó especialmente en la oración, el recogimiento, la austeridad y su devoción a la cruz. Su vida, por tanto, plantea una pregunta que va más allá de la solemnidad:
“¿Hasta qué punto es Jesús el centro que dirige, que guía cuando yo tomo decisiones y desde el cual yo vivo?”
Ser creadores de comunión
El segundo rasgo destacado fue el amor al prójimo. Fray Alberto definió a san Nicolás como un hombre que “vivió en comunión y fue un creador de comunión”.
Las fuentes lo presentan como un fraile afable, cercano, cariñoso y portador de paz. Una forma de relacionarse con los demás que no aparecía únicamente en los momentos fáciles, sino también cuando las circunstancias resultaban menos cómodas.
Su ejemplo se convierte así en una invitación a “potenciar y trabajar la familiaridad, la cercanía, el ser cariñosos los unos con nosotros”.
Para los religiosos, señaló fray Alberto, esa fraternidad comienza en la propia comunidad. Para quienes viven su vocación en la familia, el primer lugar donde expresar el afecto y el cuidado es el hogar. Desde allí, esta actitud está llamada a extenderse a todos los ámbitos de la vida.
En san Nicolás, además, el amor adquirió una expresión especialmente concreta en su cercanía a los pobres, enfermos, ancianos y huéspedes. No solo ayudó a los pobres: quiso vivir él mismo pobremente, con un hábito sencillo y remendado, y compartir su tiempo con quienes sufrían.
“¿Yo tengo ojos para descubrir las necesidades de los demás?”, preguntó fray Alberto. Y añadió una cuestión especialmente actual:
“¿Yo soy capaz de, entre comillas, perder el tiempo con las personas que están enfermas o que están solas?”
La tercera clave es la conversión permanente. Como san Nicolás, todo cristiano continúa siendo peregrino. La vocación no es una realidad concluida, sino una llamada que exige volver una y otra vez a Jesucristo y dejar que transforme la manera de relacionarse con Dios y con los demás.
La solemnidad del patrono de la Provincia San Nicolás de Tolentino se convirtió así, en la capilla madrileña que lleva su nombre, en algo más que una memoria agradecida de su vida. Fue también una invitación a preguntarse qué significa seguir hoy su ejemplo.
Ocho siglos después, san Nicolás continúa interpelando a religiosos y laicos a construir una vida centrada en Jesús, vivida en comunión y abierta a las necesidades de los demás.






