La historia está tejida de encuentros fecundos entre el Evangelio y las culturas locales. Arraigada en un pueblo, la fe no permanece como un elemento externo o impuesto, sino que encuentra cómo expresarse, comprenderse y vivirse desde la idiosincrasia local.
Cada cultura desarrolla gestos y expresiones que condensan su relación con Dios. Son fórmulas sencillas, nacidas en la vida cotidiana. Las fórmulas de confianza, seguridad y abandono en Dios pueden observarse en muchos sitios; en Brasil está “Fique com Deus”; en Costa Rica, “Primero Dios”; en México, “Con el favor de Dios”…
En Filipinas está “Bahala na ang Diyos”, algo así como “Dios se encargará”, “Dios disponga” o “quede en manos de Dios” en tagalo. No es una resignación pasiva ni una aceptación fatalista, sino una confianza serena y activa en la Providencia.
El fiel sabe que ha de hacer cuanto esté en sus manos y dejar luego el resultado a Dios. Es la misma actitud de Cristo, que confía en el Padre y se abandona en su voluntad. Y nos defiende del miedo a la incertidumbre, la dificultad y el futuro desconocido.
San Ezequiel, durante su intensa labor misionera en el Archipiélago, descubrió las necesidades materiales y pastorales de la Iglesia y la riqueza de la espiritualidad popular. Escuchó esta expresión a la gente sencilla en momentos de dificultad, espera, incertidumbre.
La huella que dejó en él fue tan profunda que el santo utilizó después la expresión con naturalidad, no por curiosidad lingüística o nostalgia de su etapa misionera, sino por haber asumido interiormente su contenido espiritual. Vio en aquellas palabras una experiencia genuina de abandono en Dios que también fue penetrando en su vida interior.
La sabiduría del pueblo llegó a su experiencia de fe en uno de los rasgos de la personalidad del santo, que sabía inculturarse a la realidad del pueblo al que servía en cada momento, en cada lugar, en cada responsabilidad.
En toda evangelización el misionero recibe y aprende, anuncia el Evangelio a la par que descubre nuevas formas de comprenderlo y vivirlo compartiendo fe y vida con el pueblo de Dios, dejándose interpelar cada día.
La espiritualidad popular y sus expresiones sencillas nacen de la experiencia cotidiana y de la transmisión de generación en generación. San Ezequiel supo reconocer ese tesoro en todos los pueblos por donde pasó como misionero.
“Bahala na ang Diyos” tiene aplicación en nuestra cultura, marcada por la prisa, la planificación exhaustiva y la necesidad de control; como contrapunto, esta expresión sitúa al creyente ante el valor cristiano del abandono confiado en Dios. Porque después de hacer todo lo posible, siempre queda lo más importante: “Bahala na ang Diyos”.















