Fray Augusto Uriarte, OAR, comparte en esta reflexión su experiencia como periodista durante el 38 Capítulo Provincial de la Provincia Santo Tomás de Villanueva. Desde la mirada de quien observa y escucha, descubre un momento profundamente humano: las lágrimas de varios frailes que, lejos de expresar debilidad, revelan la fuerza de la fraternidad, la gratitud y una vida entregada al servicio de los hermanos.
La autoridad como servicio nace del amor a los hermanos
En una sala capitular vi caer lágrimas de los ojos de más de un religioso. No eran lágrimas de tristeza ni de derrota. Eran lágrimas de amistad, de agradecimiento, de fraternidad, de sinceridad y de profunda emoción. Lágrimas que hablaban más que muchos discursos; lágrimas que nacían de un corazón agradecido y de una vida entregada al servicio de los hermanos.
Con frecuencia imaginamos que quienes ejercen una responsabilidad importante dentro de la Iglesia poseen una fortaleza inquebrantable, como si el ministerio los volviera inmunes al cansancio, a las preocupaciones o a la emoción. Sin embargo, detrás de cada hábito hay un hombre; detrás de cada cargo, un hermano que siente, que ama, que sufre y que también necesita ser sostenido por el afecto y la oración de los demás.
Basta detenerse un instante para pensar en todo lo que descansa sobre los hombros de un Prior Provincial. Sobre él recaen innumerables responsabilidades que no admiten demora: discernir los caminos de la Provincia, buscar soluciones ante las dificultades, animar la vida de las comunidades, acompañar a los frailes en sus alegrías y sufrimientos, velar por la salud y el cuidado de cada hermano, promover las vocaciones, sostener la misión compartida con los laicos y procurar que cada ministerio continúe ofreciendo un servicio fecundo al Pueblo de Dios.
No son simplemente tareas administrativas. Son personas, historias, esperanzas, conflictos, decisiones delicadas y noches de oración. Son cargas que no pueden medirse únicamente por la cantidad de trabajo, sino por el peso humano y espiritual que implican. Al contemplar esa realidad, uno no puede dejar de preguntarse: ¡Qué cruz tan grande descansa sobre sus hombros! ¡Qué madero tan pesado ha debido cargar durante estos años! Y, sin embargo, la respuesta aparece con sencillez: ha podido caminar porque Dios ha sostenido sus pasos. La fe, la confianza en el Señor y el cariño de los hermanos han sido el cireneo que hizo posible continuar el camino.
Pero llega un momento en que el corazón ya no encuentra palabras suficientes para expresar lo vivido. Entonces hablan las lágrimas.
Mientras resonaban en la sala capitular las voces de tantos hermanos, agradeciendo públicamente su servicio, destacando su cercanía, su valentía para afrontar momentos difíciles, su capacidad de escucha, su disponibilidad permanente, su preocupación por los frailes, por las comunidades, por los laicos y, especialmente, por los pobres, aquellos ojos comenzaron a humedecerse. Cada palabra de reconocimiento iba derribando las barreras que tantas veces exige el servicio de gobierno. Quien durante años había procurado sostener a los demás, ahora era sostenido por el afecto sincero de sus hermanos.
No era el llanto de la debilidad, sino el de la gratitud. Era la emoción de quien descubre que el esfuerzo silencioso no pasó desapercibido; que la entrega cotidiana dejó huellas en la vida de muchas personas; que el bien realizado, aunque muchas veces oculto, floreció en el corazón de quienes compartieron el camino.
En ese instante comprendí algo profundamente humano y profundamente evangélico: “los frailes también lloran”. Lloran porque aman. Lloran porque han entregado la vida. Lloran porque la fraternidad no es un concepto escrito en las Constituciones, sino una experiencia que se hace carne en el abrazo, en la palabra sincera y en el reconocimiento agradecido.
Las lágrimas también forman parte del discipulado
Jesús mismo lloró. Lloró ante la tumba de su amigo Lázaro; lloró sobre Jerusalén; lloró en Getsemaní. Sus lágrimas no disminuyeron su fortaleza; al contrario, revelaron la profundidad de su amor. También quienes han consagrado su vida al seguimiento de Cristo descubren que las lágrimas forman parte del discipulado. No son signo de fragilidad, sino de un corazón que permanece vivo, capaz de conmoverse, de agradecer y de dejarse tocar por el amor recibido.
Quizá necesitamos volver a valorar esas lágrimas que muchas veces permanecen escondidas. En una cultura que suele asociar la fortaleza con la dureza, el Evangelio nos recuerda que la verdadera fortaleza es la capacidad de amar sin reservas. Y quien ama profundamente también se emociona profundamente.
Un Capítulo Provincial que enseñó el verdadero significado de la fraternidad
Aquella escena capitular no fue simplemente un momento emotivo. Fue una catequesis silenciosa sobre la fraternidad. Nos recordó que el gobierno en la vida religiosa no consiste únicamente en administrar estructuras, sino en cuidar personas; que la autoridad encuentra su plenitud cuando se convierte en servicio; y que el mayor reconocimiento que puede recibir un superior no son los logros alcanzados, sino el cariño sincero de los hermanos con quienes compartió el camino.
Por eso, desde aquel día, cada vez que recuerdo esas lágrimas vuelvo a repetirme con una sonrisa agradecida: “Sí, los frailes también lloran. Y gracias a Dios que lo hacen, porque esas lágrimas revelan que su corazón sigue latiendo al ritmo del Evangelio y de la fraternidad”.






