Hay preguntas que acompañan a una persona toda la vida. Para Agustín, una de ellas fue esta: ¿cómo puede Dios ser uno solo y, a la vez, Padre, Hijo y Espíritu Santo? La preocupación por la doctrina trinitaria aparece muy pronto en su trayectoria como teólogo cristiano, y no lo abandonaría nunca del todo: De Trinitate es el resultado de esa larga maduración, una obra en quince libros escrita, en buena parte, en diálogo, y en polémica, con quienes negaban la plena igualdad entre el Padre y el Hijo.
Para ayudar a los jóvenes a profundizar en esta obra durante el mes de agosto, las Juventudes Agustino Recoletas (JAR) han preparado en su página web una serie de infografías que acompañan de forma sencilla y visual la lectura de este gran clásico del pensamiento cristiano.
Una polémica real, no solo académica
Conviene no imaginar esta obra como un ejercicio de especulación abstracta y ajena a la vida. Todo indica que, en tiempos de Agustín, la presencia en Milán, en la época de su propio bautismo, de representantes elocuentes del arrianismo homoiano (una de las corrientes que hoy solemos llamar genéricamente «arrianas») daba una actualidad muy concreta a estas discusiones. Años después, ya como obispo, Agustín seguiría discutiendo estas mismas cuestiones cara a cara, por ejemplo en su encuentro con el obispo arriano Maximino.
Palabras para no quedarse callados
El reto teológico de fondo era enorme: ¿cómo hablar de tres —Padre, Hijo y Espíritu— sin decir que hay tres dioses, y cómo hablar de uno sin negar la distinción real entre ellos? Agustín recurre a un vocabulario técnico: «sustancia», «esencia», «persona», sabiendo que ese lenguaje no agota el misterio. Él mismo lo reconoce con honestidad: se usan esos términos no porque expliquen del todo lo que ocurre en Dios, sino, en sus propias palabras, para decir algo y no quedarnos simplemente callados.
Buscar en el ser humano un reflejo de Dios
La parte más célebre, y una de las más original, de la obra ocurre cuando Agustín, convencido de que el ser humano está hecho a imagen de Dios, decide buscar dentro de la mente humana algún reflejo de esa Trinidad que confiesa con fe. Empieza por una intuición sencilla: una mente que se conoce y se ama a sí misma ya revela una cierta estructura triple. Pero la avanza y la afina hasta llegar a su formulación más conocida: la mente humana, en su unidad, contiene memoria, entendimiento y voluntad: tres facultades realmente distintas, pero inseparables, de una misma y única mente. No son tres mentes, sino una sola vida, una sola sustancia, vivida de tres maneras a la vez.
Agustín es cuidadoso: esta analogía no explica a Dios, ni permite deducir de ella cómo es la vida divina en sí misma. Lo que hace es ayudarnos, a través del autoexamen, a acercarnos, de manera todavía muy imperfecta, a un misterio que sigue siendo, después de toda la reflexión, más profundo, no menos.
El Espíritu Santo como el amor que une
Otra de las intuiciones que recorre la obra es la del Espíritu Santo entendido como el don y el amor mutuo que comparten eternamente el Padre y el Hijo. La comunión entre ellos, insiste Agustín, no es un hecho pasajero ni añadido desde fuera: es, en sí misma, una realidad sustancial. Dios no ama como quien tiene un sentimiento accidental; Dios es, en su intimidad más honda, esa relación de amor.
Una obra que termina en oración
Quizá lo más revelador de De Trinitate es cómo decide terminar. Después de quince libros de argumentación teológica rigurosa, Agustín no cierra con una fórmula triunfal, sino con una súplica: pide a Dios que le ayude a entenderlo, a tenerlo presente, a amarlo, que le dé fuerzas para seguirlo buscando, hasta ser rehecho por completo en la plenitud a la que Dios mismo lo llama. Esa mezcla de razonamiento exigente y oración humilde es, probablemente, lo más propio de esta obra: la teología, para Agustín, nunca deja de ser también una forma de conversión.






