En nuestra sociedad, hablar abiertamente de la fe se ha convertido en algo exclusivo del ámbito privado. Sin embargo, algunos deportistas han hablado públicamente de Dios con una serenidad que ha sorprendido, precisamente, porque no buscaban sorprender.
En un vídeo publicado por la Federación Española de Fútbol, Ferrán Torres, miembro del equipo ganador del último mundial de fútbol, decía que la fe le da “mucho apoyo, tener muchísima fe para mí es algo muy importante”. Ganada la Copa, también hizo público su agradecimiento a Dios.
El técnico de ese equipo ganador, Luis de la Fuente, también habló públicamente de su fe con sencillez: “Yo rezo todos los días… No rezo para sacar un resultado. Le doy gracias a Dios todos los días, pero sería injusto pedirle que me ayudara a mí y no al rival”.
Ambos lo expresaron públicamente sin complejos y sin miedos. Cuando la fe forma parte de la identidad personal, hablar de ella resulta espontáneo, como hablar de la familia, de los amigos o del mundo profesional.
San Agustín describió bien ese deseo humano que nada material llena por completo: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. La interioridad no es una técnica para relajarse, sino un espacio donde descubrir que Dios ya está presente y acompaña tu historia.
Siguiendo con el Mundial 2026, la selección ganadora no tenía la suma de las mayores estrellas del mundo: sí era un grupo unido donde cada jugador entendía el éxito colectivo por encima del protagonismo individual.
La fe, cuando es auténtica, conduce a la humildad. El creyente reconoce que la vida es un don recibido y por eso prefiere agradecer antes que exigir. De ahí esa oración casi natural de agradecer estar vivo, disfrutar de un nuevo, valorar nuevos desafíos y superar los retos que vengan por delante.
La humildad agustiniana consiste en reconocer que no somos el centro del universo y que estamos llamados a descubrir la presencia de Dios en cuanto vivimos. La pastoral tiene como objetivo ayudar a la persona a descubrir una relación con Dios que pueda vivir con naturalidad y en sintonía con el resto de los creyentes, la Iglesia.
Esta fe nace de la interioridad, se expresa en la humildad, se fortalece en la comunidad y desemboca siempre en el servicio. En la Iglesia nadie juega para sí mismo, sino que todos trabajan por el bien común. Cuando dejamos de buscar protagonismo y aprendemos a caminar juntos, la mayor victoria haber construido una comunidad donde cada uno ayuda a sacar lo mejor de los demás.
Ese triunfo vale la pena celebrarlo. Lejos de ser un refugio en la dificultad o un amuleto para tener suerte, la fe es la certeza de que Dios camina con nosotros cada día, sostenie nuestra esperanza e nos invita a tener un con un corazón más humano, más fraterno y más abierto a los demás.












