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Apoyar a los hijos para cambiar el mundo: familias que también viven el voluntariado

Jóvenes regresan de su voluntariado en Filipinas con ARCORES. Sus padres cuentan cómo vivieron la distancia y por qué decidieron apoyarles.
Voluntarios Arcores en Filipinas

El regreso de un grupo de jóvenes tras un mes de voluntariado con ARCORES Internacional en Filipinas descubre otra cara de la experiencia: la de unos padres que aprenden a acompañar, confiar y dejar partir. “Hay que apoyar decididamente lo que los hijos quieran hacer”, aseguran.

El aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas es cada día escenario de miles de llegadas y despedidas. Pero detrás de cada abrazo hay una historia. Esta vez, la cámara de los Agustinos Recoletos se detiene en varias familias que esperan a sus hijos después de una experiencia que difícilmente olvidarán: un mes de voluntariado en Filipinas con ARCORES Internacional.

Hay nervios, ilusión y muchas ganas de volver a abrazarlos. Pero también orgullo. Porque mientras los jóvenes han vivido la experiencia sobre el terreno, sus familias también han recorrido, a miles de kilómetros, su propio camino de confianza y acompañamiento.

“Era un sueño que tenía y lo ha hecho realidad”

“Estoy muy nervioso porque estoy esperando a mi hija, que ha estado en Filipinas de voluntariado durante un mes”, reconoce Javier San Martín, llegado desde Logroño para recibirla.

Junto a él, otros padres comparten sentimientos parecidos. La distancia pesa y un mes puede hacerse largo, especialmente cuando los hijos se encuentran al otro lado del mundo. Sin embargo, en sus palabras se repite una convicción: merecía la pena dejarlos marchar.

“Nos parece una labor importante y que nuestra hija se haya decidido por hacer algo así nos ha llenado de muchísima alegría”, explica uno de los testimonios.

Para estas familias, apoyar la decisión no significaba simplemente aceptar un viaje. Era respaldar una inquietud que sus hijos habían ido madurando.

“Hemos apoyado mucho que fuera, porque era un sueño que tenía y lo ha hecho realidad”, resume una de las madres.

Cuando el voluntariado también transforma a la familia

Isabel, de Zaragoza y madre de dos jóvenes que han participado en experiencias de voluntariado con ARCORES, sabe que el regreso no significa simplemente recuperar al mismo hijo que salió unas semanas antes.

“A mí como madre, evidentemente, claro que te marca acompañarlos”, reconoce.

En su familia, además, el voluntariado ha dejado una huella especial. Primero participó uno de sus hijos; después, su hermana quiso repetir la experiencia. Un camino que ha generado nuevas amistades, relaciones y una manera diferente de mirar la realidad.

Los padres perciben esa transformación. Hablan de la ilusión con la que sus hijos han vivido el voluntariado, de la conexión establecida con las personas que han conocido en Filipinas y de todo lo que la experiencia les ha aportado personalmente.

“Es una experiencia y una oportunidad estupenda y maravillosa y también les nutre personalmente en todos los sentidos”, explica una de las madres.

Y junto a la experiencia de servicio aparece también la tranquilidad de saber que los jóvenes han estado acompañados durante su estancia: “Han estado muy bien cuidados, arropados, al mismo tiempo que felices y viendo también todo lo que hay”.

Acompañar también significa dejar partir

En los testimonios recogidos a la llegada a Madrid aparece una palabra que resulta especialmente significativa: apoyar.

Apoyar incluso cuando la distancia preocupa. Apoyar cuando despedirse durante un mes cuesta. Apoyar cuando los hijos descubren una inquietud que los conduce lejos de casa.

“Creo que hay que apoyar este tipo de cosas. Es un poquito doloroso que se te pueda ir un mes y sabes que es un sitio también lejano, pero creo que hay que apoyar decididamente lo que los hijos quieran hacer”, afirma uno de los padres.

Por eso, el consejo de estas familias para otros padres cuyos hijos se planteen una experiencia semejante es sencillo: confiar.

“Si estáis en el momento adecuado y lo podéis hacer, ánimo y para adelante. Todo nuestro apoyo, ninguna resistencia”.

Después de un mes, las puertas de llegadas del aeropuerto vuelven a abrirse. Llegan las maletas, aparecen los jóvenes y finalmente se producen los abrazos que llevaban semanas esperando.

Termina el viaje a Filipinas, pero no necesariamente el voluntariado. Porque quienes esperan al otro lado de la puerta saben ya que cuando un joven decide dedicar parte de su vida a los demás, algo cambia también en quienes lo acompañan y lo dejan partir.

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