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Sobre esta piedra: descubrir que somos hijos amados para construir una vida nueva

Fray Luciano Audisio reflexiona sobre el Evangelio de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo. Una meditación sobre la fe, la identidad cristiana, la Iglesia edificada sobre la roca y la certeza de sabernos hijos amados de Dios.
ROMA-VATICANO

En su comentario al Evangelio de este domingo, fray Luciano Audisio, OAR, nos invita a contemplar la confesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo como un camino para descubrir nuestra verdadera identidad. La pregunta de JesĆŗs ā€”ā€ĀæQuiĆ©n dicen ustedes que soy yo?ā€ā€” no solo revela quiĆ©n es Cristo, sino tambiĆ©n quiĆ©nes estamos llamados a ser: hijos amados de Dios, llamados a construir una vida nueva sobre la roca firme de la gracia.

ĀæQuĆ© significa la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo? ĀæPor quĆ© JesĆŗs dice ā€œTĆŗ eres Pedro y sobre esta piedra edificarĆ© mi Iglesiaā€? Fray Luciano Audisio explica cómo este Evangelio revela nuestra identidad de hijos amados y muestra que la Iglesia se edifica sobre la gracia de Cristo y no sobre la perfección humana.

La fe comienza cuando respondemos personalmente a JesĆŗs

Cuando JesĆŗs llega a Cesarea de Filipo, no elige el lugar por casualidad. EstĆ” ante un paisaje marcado por grandes rocas y por un santuario pagano asociado al dios Pan, considerado una frontera entre el mundo de los hombres y el mundo de los dioses, entre la vida y las fuerzas oscuras del abismo. Y es precisamente allĆ­ donde JesĆŗs formula una pregunta que atraviesa toda la historia cristiana: ā€œĀæQuiĆ©n dice la gente que es el Hijo del hombre?ā€.

Las respuestas reconocen en JesĆŗs algo extraordinario: Juan el Bautista, ElĆ­as, JeremĆ­as o alguno de los profetas. Pero JesĆŗs no se conforma con lo que dicen los demĆ”s. Mira a sus discĆ­pulos y pregunta: ā€œY ustedes, ĀæquiĆ©n dicen que soy yo?ā€. El paso de ā€œla genteā€ (Īæį¼± ἄνθρωποι) a ā€œustedesā€ (ὑμεῖς) es decisivo. La fe comienza verdaderamente cuando dejamos de vivir de lo que otros dicen de JesĆŗs y nos atrevemos a responder desde nuestra propia existencia.

Pedro responde: ā€œTĆŗ eres el Cristo, el Hijo del Dios vivoā€ (ὁ Ī§ĻĪ¹ĻƒĻ„į½øĻ‚ ὁ υἱὸς τοῦ θεοῦ τοῦ ζῶντος). No estĆ” simplemente pronunciando una definición teológica. EstĆ” reconociendo una identidad. JesĆŗs es el Ungido, el Cristo (Ļ‡ĻĪ¹ĻƒĻ„ĻŒĻ‚), pero es tambiĆ©n el Hijo del Dios vivo. Y aquĆ­ comienza el verdadero misterio: Pedro reconoce en JesĆŗs aquello que, por gracia, estĆ” llamado a descubrir tambiĆ©n en sĆ­ mismo. JesĆŗs es el Hijo amado, y quien encuentra a Cristo comienza a descubrir que tambiĆ©n Ć©l es hijo, que tambiĆ©n Ć©l es amado.

Por eso JesĆŗs le dice: ā€œNo te lo ha revelado la carne y la sangreā€ (σὰρξ καὶ αἷμα), ā€œsino mi Padre que estĆ” en los cielosā€. La fe no consiste solamente en saber cosas acerca de Dios, sino en permitir que Dios nos revele quiĆ©n es Ɖl y, al mismo tiempo, quiĆ©nes somos nosotros ante Ɖl.

La Iglesia se edifica sobre la gracia, no sobre nuestra perfección

Entonces JesĆŗs pronuncia: ā€œTĆŗ eres Pedroā€ (Πέτρος), ā€œy sobre esta piedraā€ (πέτρα) ā€œedificarĆ© mi Iglesiaā€. La imagen de la piedra tiene una enorme fuerza. En la tradición de Israel aparece la ā€œpiedra de fundaciónā€ (אֶבֶן שְׁת֓יָּה, ʾeven ŔĕtiyyĆ¢), vinculada simbólicamente al Templo y al lugar donde el orden de Dios se impone sobre el caos. JesĆŗs lleva esta imagen a una realidad nueva: ya no se trata de un edificio de piedras, sino de una comunidad formada por personas.

Y aquĆ­ el Evangelio toca nuestra vida. Todos llevamos dentro una especie de caos: heridas, miedos, contradicciones y preguntas sin respuesta. Todos tenemos nuestra propia ā€œCesarea de Filipoā€, ese lugar donde conviven la fe y la duda, la confianza y el miedo. Y es precisamente allĆ­ donde JesĆŗs viene a encontrarnos.

QuizÔ nuestra mayor dificultad no sea creer que Dios existe, sino creer que somos verdaderamente hijos amados. Podemos buscar reconocimiento, ocupar el primer lugar y defendernos constantemente, como Jacob antes de descubrir que su identidad no dependía de vencer a su hermano ni de recibir la aprobación de su padre. Pero Dios viene a decirnos algo mÔs profundo: antes de hacer, antes de merecer, antes de demostrar, eres hijo.

Por eso la Iglesia puede ser una comunidad de piedras vivas. No porque estĆ© formada por personas perfectas, sino porque estĆ” formada por personas que han descubierto que son amadas. La Iglesia no se construye sobre nuestra perfección, sino sobre la gracia. Y esto significa que ā€œlas puertas del Hades no prevalecerĆ”n contra ellaā€ (Ļ€ĻĪ»Ī±Ī¹ ᾅΓου): el poder de la muerte, del miedo y de la desesperanza no tiene la Ćŗltima palabra sobre una comunidad cuyo fundamento es Cristo.

Descubrir que somos hijos amados transforma toda la vida

QuizĆ” hoy JesĆŗs vuelva a preguntarnos: ā€œĀæQuiĆ©n soy yo para ti?ā€. No basta responder con palabras aprendidas. La pregunta espera una respuesta que nazca de nuestra vida. Cuando reconocemos verdaderamente a Cristo como el Hijo amado, comenzamos tambiĆ©n a reconocer nuestra propia identidad. Entonces nuestras heridas pueden convertirse en lugares de gracia y nuestras fragilidades en espacios de encuentro.

Porque cuando descubrimos que somos hijos amados, dejamos de construir para demostrar quiénes somos y comenzamos a construir porque sabemos quiénes somos. Y entonces ninguna puerta del abismo puede tener la última palabra.

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