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Cuando el viento no cesa: descubrir a Dios en medio de la tormenta

Fray Luciano Audisio reflexiona sobre el Evangelio de Jesús caminando sobre las aguas y la experiencia de Pedro. Una meditación sobre la fe, la confianza en Dios y la certeza de que Cristo nunca abandona a su Iglesia en medio de las dificultades.
Underwater shot of ocean wave, Indian Ocean

En su comentario al Evangelio de este domingo, fray Luciano Audisio, OAR, nos invita a contemplar el episodio de Jesús caminando sobre las aguas como una profunda catequesis sobre la fe. La tormenta no desaparece por seguir a Cristo, pero su presencia transforma nuestra manera de afrontarla. Mantener la mirada fija en el Señor es el camino para descubrir que ninguna dificultad puede separarnos de su amor.

¿Qué significa el Evangelio de Jesús caminando sobre las aguas? ¿Por qué Pedro comienza a hundirse? Fray Luciano Audisio explica cómo este pasaje revela que la fe no consiste en evitar las tormentas, sino en descubrir la presencia de Cristo en medio de ellas y aprender a mantener la mirada fija en Él.

La fe no elimina las tormentas, pero revela la presencia de Dios

Todos hemos experimentado alguna vez la sensación de remar con el viento en contra. Hay momentos en los que la enfermedad, las dificultades familiares, las incertidumbres o el peso de la vida parecen impedir cualquier avance. Precisamente en ese escenario comienza el Evangelio de hoy.

Los discípulos están en medio del lago porque Jesús los ha enviado. Y, sin embargo, obedecer al Señor no los libra de la tormenta. El Evangelio rompe así una falsa idea de la fe: seguir a Cristo no significa vivir sin dificultades. También el discípulo conoce noches oscuras y vientos contrarios.

Mientras ellos luchan contra las olas, Jesús permanece en el monte orando. Parece ausente, pero no lo está. Su oración manifiesta su comunión con el Padre y, desde esa comunión, sostiene el camino de los suyos. También nosotros, cuando atravesamos momentos difíciles, podemos pensar que Dios guarda silencio. Sin embargo, el silencio de Dios nunca equivale a abandono.

Mateo describe la situación de la barca con un verbo muy fuerte: no dice simplemente que era sacudida por las olas, sino que estaba «atormentada». El evangelista reconoce que el sufrimiento puede ser una verdadera prueba. Pero es precisamente en esa noche, durante la cuarta vigilia, cuando Jesús se acerca caminando sobre las aguas. El detalle no es casual. Cristo no elimina la oscuridad desde fuera; entra en ella y la atraviesa. Llega cuando las fuerzas parecen agotarse.

La primera reacción de los discípulos no es de alegría, sino de miedo. Lo confunden con un fantasma. También nosotros esperamos muchas veces que Dios actúe según nuestros esquemas y, cuando llega de otra manera, no sabemos reconocerlo.

Entonces Jesús pronuncia las palabras que constituyen el centro del relato: «Tened valor. Yo soy. No tengáis miedo». Ese «Yo soy» no es solo una forma de identificarse. Es la expresión con la que Dios se reveló a Moisés en la zarza ardiente y con la que Isaías proclamó la presencia del Señor. Mateo quiere que comprendamos que quien camina sobre las aguas no es simplemente un maestro extraordinario, sino el mismo Dios que domina el caos y viene al encuentro de su pueblo.

Mantener la mirada fija en Cristo

En ese momento aparece Pedro. Su primera reacción no es la duda, sino una fe audaz: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti». No confía en sus propias fuerzas, sino en la palabra de Jesús. Mientras mantiene la mirada fija en Cristo, camina sobre las aguas. El problema comienza cuando el Evangelio dice: «Viendo el viento, tuvo miedo». El viento ya estaba allí; lo que cambió fue la dirección de su mirada.

Aquí encontramos una de las enseñanzas más profundas del pasaje. La fe no consiste en vivir sin tormentas, sino en mantener la mirada fija en Cristo en medio de ellas. Cuando dejamos que las dificultades ocupen todo nuestro horizonte, comenzamos también nosotros a hundirnos.

Sin embargo, Pedro nos deja una oración que ha acompañado a los cristianos de todos los tiempos: «¡Señor, sálvame!». No hay discursos ni explicaciones, solo la confianza de quien sabe que no puede salvarse por sí mismo.

La respuesta de Jesús es inmediata. Antes de decir una palabra, extiende la mano y lo sostiene. Solo después pregunta: «¿Por qué dudaste?». El orden es profundamente revelador. Jesús salva primero y corrige después. No espera una fe perfecta para socorrer; fortalece la fe precisamente sosteniendo nuestra debilidad.

La Iglesia navega con la certeza de que Cristo permanece

Cuando ambos suben a la barca, el viento se calma. Pero el verdadero milagro no es el fin de la tormenta, sino la confesión de los discípulos: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios». Todo el relato conduce a este momento. La tormenta ha servido para revelar quién es Jesús.

La tradición cristiana ha visto siempre en esta barca una imagen de la Iglesia. También hoy navegamos entre dificultades, incertidumbres y desafíos. El Evangelio no promete que desaparecerán los vientos contrarios. Promete algo mucho más grande: que el Señor nunca deja sola a su Iglesia y siempre viene a su encuentro.

Cada Eucaristía renueva esta certeza. Cristo se acerca hoy a nuestra barca y vuelve a decirnos: «Tened valor. Yo soy. No tengáis miedo». Quizá nuestras dificultades continúen al salir de esta celebración, pero ya no las afrontaremos solos. Quien descubre que el Hijo de Dios camina con él comprende que ninguna tormenta puede separarlo de su amor.

Pidamos al Señor la gracia de Pedro: la valentía para responder a su llamada, la humildad para gritar «¡Señor, sálvame!» cuando nuestras fuerzas no bastan y la perseverancia para mantener siempre la mirada fija en Cristo. Porque quien aprende a mirar al Señor descubre que el verdadero milagro no es la ausencia de tempestades, sino la certeza de que el Hijo de Dios permanece con nosotros en medio de ellas.

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