En su comentario al Evangelio de este domingo, fray Luciano Audisio, OAR, nos invita a contemplar uno de los pasajes más exigentes del Evangelio: el primer anuncio de la pasión y la invitación de Jesús a tomar la cruz. Lejos de presentar el sufrimiento como un fin, Cristo revela que la verdadera vida nace cuando dejamos de aferrarnos a nosotros mismos y aprendemos a seguirlo con confianza, descubriendo que la cruz es el camino hacia la plenitud.
¿Qué significa «tomar la cruz y seguir a Jesús»? ¿Por qué Pedro pasa de ser la roca a convertirse en piedra de tropiezo? Fray Luciano Audisio explica cómo este Evangelio revela que la cruz no destruye la vida, sino que la devuelve transformada por el amor y la fidelidad a Dios.
Seguir a Cristo exige caminar detrás de Él
El Evangelio de este domingo comienza con una expresión que marca un nuevo momento en el camino de Jesús: «desde entonces» (ἀπὸ τότε). Hasta ahora había proclamado el Reino; ahora comienza a mostrar que ese Reino tiene un camino concreto, y que ese camino pasa por Jerusalén, por el sufrimiento, por la muerte y por la resurrección. Jesús no presenta la cruz como un accidente inesperado, sino como parte del designio de Dios. Por eso utiliza una palabra decisiva: «es necesario» (δεῖ). La vida de Jesús no queda abandonada al azar; se entrega libremente en fidelidad al Padre.
Pedro, sin embargo, no puede aceptar ese camino. Poco antes había confesado que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios vivo, y había sido llamado roca de la Iglesia. Ahora, paradójicamente, se convierte en piedra de tropiezo. Lo toma aparte y comienza a reprenderlo. Pedro quiere proteger a Jesús, evitarle el sufrimiento, impedir que el camino termine en la cruz. Su intención parece buena, pero allí está el peligro: incluso un deseo noble puede convertirse en obstáculo cuando pretende sustituir el designio de Dios por la propia lógica humana.
Por eso Jesús le responde con una dureza sorprendente: «Ponte detrás de mí, Satanás». Pedro debe volver a su lugar: detrás de Jesús. Esa es la posición del discípulo. No delante del Maestro para indicarle el camino, sino detrás de él para seguirlo. La tentación de Pedro consiste en querer un Mesías sin cruz y, con ello, una salvación sin entrega. Pero Jesús revela que las cosas de Dios no pueden medirse con las categorías de los hombres.
Después de corregir a Pedro, Jesús extiende su enseñanza a todos los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». Negarse a sí mismo significa dejar de colocar el propio yo en el centro de todo. El discípulo no desaparece ni deja de ser él mismo; cambia el centro desde el cual comprende su existencia. Ya no vive para asegurarse, poseerse y protegerse, sino para entregarse.
La expresión «tome su cruz» debió resultar estremecedora. Jesús convierte la cruz en el signo del seguimiento: asumir su camino significa seguirlo incluso allí donde conduce a la entrega total.
La verdadera vida se encuentra cuando aprendemos a entregarla
Entonces aparece la paradoja central del Evangelio: «El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí la encontrará». La palabra griega psychē (ψυχή) recoge la riqueza del hebreo nefeš (נפש), que significa vida, aliento, garganta. Jesús habla de dos maneras de vivir el deseo. Una consiste en cerrarse sobre uno mismo, intentando conservar la propia vida como una posesión. La otra consiste en abrirse al don y descubrir que la vida recibida alcanza su plenitud cuando se entrega.
Por eso, perder la vida por Cristo no significa destruirla. Significa dejar de vivir aferrados a ella. La paradoja es que precisamente allí donde parece que todo se pierde comienza el hallazgo. Como el grano que, al caer en la tierra, no deja de ser fecundo porque se descompone, también la existencia entregada por amor encuentra en esa entrega su fecundidad.
Jesús formula luego una pregunta que atraviesa todos nuestros proyectos: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?». Podemos alcanzar reconocimiento y acumular seguridad y, sin embargo, perder aquello que ninguna riqueza puede comprar de nuevo. Ningún mundo entero puede constituir un precio suficiente para recuperar una vida que se ha perdido a sí misma. El Evangelio nos obliga a preguntarnos qué estamos intentando ganar y qué estamos arriesgando perder.
Finalmente, Jesús anuncia la venida del Hijo del hombre en la gloria del Padre. Cada uno será juzgado según su conducta. Lo que hoy parece pérdida será entonces revelado como don. La cruz que el mundo considera fracaso será reconocida como el camino de la vida.
La cruz no destruye el deseo de vivir: lo purifica
Por eso, el Evangelio no nos invita a buscar el sufrimiento por el sufrimiento. Nos invita a seguir a Cristo. Y seguirlo significa caminar detrás de él, día tras día, dejando que nuestro deseo sea transformado. La cruz no elimina nuestro deseo de vivir; lo purifica de la necesidad de poseer y retener. Nos enseña a recibir la vida como se recibe el aliento: como un don que no podemos almacenar, sino acoger y entregar.
Escuchemos nuevamente aquella palabra dirigida a Pedro: «Ponte detrás de mí». Volver detrás de Jesús significa recuperar nuestro lugar de discípulos. Él conoce el camino; nosotros estamos llamados a caminar con él. Y cuando ese camino atraviese la cruz, podremos descubrir que allí donde pensábamos que la vida terminaba, Dios estaba enseñándonos, precisamente, a respirar de nuevo.




