Decía san Agustín que “donde hay orgullo hay vacío. Y el mal trata de hacer nido donde hay vacío” (Sermón 354,8). El orgullo hace aparentar lo que, en realidad, no somos. Impulsa a buscar la admiración de los otros mientras el corazón se vacía por dentro.
Este vacío es un terreno fértil para la envidia, el egoísmo o la soberbia. Un criterio que proponía el santo obispo de Hipona para ver nuestro nivel de orgullo es analizar si sufrimos de envidia: “Cuando se insinúa la soberbia, al instante está allí también la envidia”.
En tiempos de redes sociales y de búsqueda desenfrenada de “me gusta”, de ánimo continuado al yo frente al nosotros, de amor propio y autobombo desmedido y del imperio de la “opinión personal” frente a la razón y el consenso, el orgullo puede ser fuente inequívoca de infelicidad y de conflicto continuado.
El asunto es que un problema que de inicio es moral, se agrava convirtiéndose en existencial. El orgulloso vive una mentira, se desconecta de su verdad interior. De nuevo, san Agustín:
- “La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano” (Sermón 380,2).
- “El principio de todas las enfermedades es la soberbia, porque la soberbia es el principal de todos los pecados. Cura la soberbia y desaparecerá la maldad” (Comentario al Evangelio de san Juan, tratado 25,16).
Lejos de ayudarnos a ser en plenitud, el orgullo nos lleva a una vida sin fundamento, de falsedad y mediocridad:
- “Mientras la soberbia presume, la humildad confiesa. Como es presuntuoso el que quiere aparecer lo que no es, así es humilde el que no oculta aparecer lo que es” (Comentario al salmo 121,8).
San Agustín propone una alternativa: la humildad, que no es humillarse ni disminuirse, sino reconocerse con honestidad:
- “La humildad es propia de los grandes; la soberbia, en cambio, es la falsa grandeza de los débiles” (Sermón 353,2).
- “Nadie logra en Dios la firmeza, sino quien en sí mismo reconoce su flaqueza” (Sermón 76,6).
Dios no se deja ver por los que se engrandecen a sí mismos, sino que se acerca a quienes confiesan su necesidad de Él:
- “Tú eres grande, Señor. Te fijas en los humildes, mientras te distancias de los soberbios. Tú te acercas solo a los que reconocen sus fallos, pero no te dejas ver por los orgullosos. Su orgullo les impide verte” (Confesiones, libro V, cap. 3,3).
Dios habita el corazón y es en ese espacio donde el humilde tiene el camino andado:
- “Vivir cerca de Dios no es cuestión de espacio, sino de afecto. ¿Amas a Dios? Estás cerca de Él; ¿le has olvidado? Estás lejos de Él. No hace falta que cambies de lugar. Cambia el corazón” (Comentario al salmo 84,11).
Agustín viene a explicar el significado real de ser “pobre de espíritu”, algo que Jesús pide en el Evangelio:
- “¿Quieres saber lo que significa para mí ser pobre de espíritu? Nadie que se infla es pobre de espíritu; luego el humilde es el pobre de espíritu” (Sermón 53,1).
En ese sentido, el ejemplo más radical de humildad es Dios mismo haciéndose hombre:
- “Avergüénzate de ser todavía soberbio, tú, por quien se humilló Dios grande. Grande hubiese sido la humildad de Dios, aunque solo hubiese nacido por ti; pero hasta se dignó morir por ti” (Sermón 340A,5).
El orgullo destruye nuestra existencia, nuestra relación con los demás, y con Dios. La humildad ofrece una vida auténtica, serena y profundamente feliz. En esta Pascua: ¿podremos resucitar con la humildad de la muerte que nos trae el orgullo?





