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El tesoro escondido: la alegría de descubrir que Dios nos busca primero

Fray Luciano Audisio reflexiona sobre las parábolas del tesoro escondido, la perla preciosa y la red, mostrando que el Reino de Dios transforma la vida y que, en Cristo, también nosotros somos el tesoro por el que Dios lo entrega todo.
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En su comentario al Evangelio de este domingo, fray Luciano Audisio, OAR, nos invita a contemplar las parábolas del tesoro escondido, la perla de gran valor y la red que recoge toda clase de peces como una llamada a descubrir el verdadero centro de nuestra vida. Más aún, esta reflexión nos revela una verdad sorprendente: Dios no solo es nuestro tesoro, sino que también nosotros somos el tesoro por el que Cristo lo entrega todo.

El Reino de Dios, el único tesoro que permanece

La Palabra de Dios de este domingo nos invita a hacernos una pregunta que puede cambiar nuestra vida: ¿qué es lo más importante para mí? ¿Qué es aquello por lo que estoy dispuesto a dejarlo todo? ¿Qué ocupa realmente el centro de mi corazón?

Salomón, en la primera lectura, recibe de Dios la posibilidad de pedir cualquier cosa. Podría haber pedido riqueza, poder o una larga vida. Sin embargo, pide un corazón sabio para saber discernir. Comprende que existe un bien superior a todos los demás, un tesoro que da sentido a todo lo demás. Esa misma enseñanza es la que Jesús desarrolla en el Evangelio mediante tres parábolas: el tesoro escondido, la perla de gran valor y la red que recoge toda clase de peces.

El Reino de los cielos no es simplemente un lugar al que iremos algún día. Es el señorío de Dios sobre nuestra vida. Comienza cuando Dios deja de ocupar un lugar secundario y pasa a ser el centro de nuestra existencia. El Reino empieza cuando podemos decir de verdad: «Señor mío y Dios mío» (Κύριός μου καὶ ὁ Θεός μου), cuando descubrimos que nuestra felicidad no depende de las cosas que poseemos, sino de la relación viva con Él.

Jesús habla primero de un hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo. Lo sorprendente es que el tesoro siempre estuvo allí; simplemente permanecía oculto. Algo parecido puede sucedernos a nosotros. Podemos vivir cincuenta, sesenta o noventa años sin descubrir el mayor tesoro que llevamos dentro. Podemos pasar junto a él todos los días sin detenernos a buscarlo.

Ese campo del que habla la parábola es también nuestro propio corazón. Allí Dios ha escondido su presencia. Por eso la vida espiritual es tan importante. La oración, el silencio, la lectura de la Palabra, la adoración y el examen de conciencia son el modo de cavar en ese campo hasta encontrar el tesoro que Dios ha colocado en nuestra vida. Quien nunca cava, nunca descubre.

Hay un detalle que no debemos pasar por alto. El Evangelio dice que aquel hombre vende todo «por la alegría que le produjo el hallazgo» (ἀπὸ τῆς χαρᾶς αὐτοῦ ὑπάγει). No vende todo por obligación ni por miedo. Lo hace porque ha encontrado algo infinitamente mejor. El cristianismo no comienza con una renuncia, sino con un descubrimiento. No empieza diciendo «deja esto», sino «mira lo que has encontrado». Cuando uno descubre el amor de Dios, muchas cosas dejan de tener la importancia que antes parecían tener.

Quizá esta sea una buena pregunta para hacernos hoy: ¿he perdido la alegría del primer encuentro con Cristo? Porque cuando desaparece la alegría, la fe termina reduciéndose a un conjunto de obligaciones. En cambio, cuando permanece viva la experiencia del encuentro, incluso los sacrificios adquieren un sentido nuevo.

Cristo lo entrega todo para rescatarnos

La segunda parábola nos presenta un mercader que busca perlas preciosas. Todos nosotros somos, en cierto modo, ese mercader. Pasamos la vida buscando una mirada que nos haga sentir valiosos. Buscamos reconocimiento, aceptación y afecto. Muchas veces terminamos mendigando la aprobación de los demás, convencidos de que nuestra felicidad depende de cómo nos miren.

Sin embargo, existe una mirada que nunca cambia: la mirada de Dios. Él nos conoce desde siempre y nos ama desde toda la eternidad. Antes incluso de que existiéramos, ya habíamos sido pensados y amados por Él. Esa es la verdadera perla preciosa.

Pero aquí la tradición de los Padres de la Iglesia nos ayuda a dar un paso más. Habitualmente pensamos que el tesoro es Dios y que nosotros somos quienes debemos venderlo todo para alcanzarlo. Sin embargo, muchos Padres interpretaron estas parábolas también en sentido inverso. El verdadero protagonista es Dios. Él es quien descubre un tesoro inmenso y está dispuesto a darlo todo para adquirirlo.

¿Y cuál es ese tesoro? Somos nosotros.

Eso es precisamente la Encarnación. El Hijo de Dios deja la gloria del cielo, asume nuestra condición humana, comparte nuestro sufrimiento, acepta la cruz y entra incluso en la muerte para rescatarnos. No porque nosotros fuéramos perfectos, sino porque para Él somos infinitamente valiosos.

San Efrén el Sirio lo expresa con una imagen maravillosa. Dice que nosotros somos la perla escondida en el fondo del mar y que Cristo es el buceador que desciende hasta las profundidades para rescatarla y devolverla a la luz. Esa es la historia de la salvación. Cristo baja hasta donde nosotros no podíamos salir por nuestras propias fuerzas y nos lleva de nuevo a la vida.

¡Qué diferente sería nuestra existencia si creyéramos de verdad que somos así de importantes para Dios! Muchas de nuestras inseguridades nacen porque olvidamos quiénes somos a sus ojos. Cuando uno descubre que es amado de esa manera, deja de vivir buscando desesperadamente el reconocimiento de los demás.

Dejarnos purificar por el amor de Dios

Finalmente aparece la red que recoge peces buenos y malos. No es solo una imagen del juicio final. También describe lo que sucede en nuestra vida cuando nos dejamos amar por Dios. Su amor no nos deja iguales. Comienza una purificación. Poco a poco, Él va separando de nuestro corazón todo aquello que no pertenece a su Reino: el orgullo, el resentimiento, el egoísmo, la superficialidad y el pecado. A veces ese proceso duele, porque implica renunciar a muchas seguridades. Pero es el dolor de quien está siendo sanado.

Pidamos hoy al Señor la sabiduría de Salomón para reconocer el verdadero tesoro. Que no pasemos la vida buscando riquezas que terminan desapareciendo, mientras ignoramos la única riqueza que permanece para siempre. Que volvamos a experimentar la alegría del encuentro con Cristo, esa alegría que hace posible dejarlo todo porque hemos encontrado el Todo.

Y, sobre todo, que nunca olvidemos esta verdad que transforma la vida: Dios es nuestro tesoro, pero también nosotros somos el tesoro de Dios.

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