Cuando san Agustín (354-430) asumió convencido su cristianismo, no lo hizo solo por razones religiosas y filosóficas, sino también vitales y existenciales: ser cristiano le pedía abrazar una vida de comunidad compartida, sencilla y basada en el amor.
En Casiciaco se retira con familiares y amigos para un primer ensayo de vida común. Todos participan de la oración, recitan salmos, estudian la Escritura, debaten, trabajan para sustentarse y orientan cada actividad hacia la vida con y en Dios.
Nada más recibir el bautismo regresa a África con el propósito de entregarse a este tipo de vida. Tras conocer el funcionamiento de diversas comunidades monásticas en Milán y Roma, funda su primera comunidad estable en Tagaste el año 388, solo un año después de su bautismo y con 34 años de edad. Y añade a la experiencia de vida ensayada en Casiciaco la promoción vocacional para atraer más personas a su proyecto.
El año 391 en Hipona es ordenado sacerdote y Agustín comprende que su vida monástica no puede ya limitarse al retiro y al estudio: debe ponerse al servicio del Pueblo de Dios. Monacato y sacerdocio quedan estrechamente unidos. Años después, ordenado obispo, crea un monasterio de clérigos en su propia casa episcopal.
La idea de vida de Agustín evolucionó hacia una síntesis entre contemplación, vida comunitaria y acción pastoral. Siendo obispo mantuvo la vida común y convirtió sus monasterios en centros de formación de ministros para la Iglesia africana.
La Regla define bien esa vocación a la que se siente llamado Agustín: los hermanos se reúnen para vivir unidos y todo se articula desde la interioridad, el equilibrio entre unidad y diversidad, la concordia, la amistad y los consejos evangélicos.
Agustín quiere para sí y para quienes viven con él lo que antes ha visto en la Sagrada Escritura, especialmente en los Salmos y en los Hechos de los Apóstoles. Esos textos le han ayudado a crear su concepto de comunidad como casa de Dios, de compartir los bienes y su uso según la necesidad de cada uno, de humildad como condición que permite mantener en un solo espacio físico la unidad y la diversidad.
Agustín nunca entendió su vocación consagrada como separada de la Iglesia. Desarrolló el símil paulino del cuerpo de Cristo al debatir contra la ideología donatista y recordó el papel del Espíritu Santo en la comunidad a través de la caridad. Para él, la vida común consagrada es una expresión intensa de la vida de la Iglesia: una comunidad en la que la unidad, la caridad, la paz y la concordia hacen visible el misterio del Cuerpo de Cristo.
Agustín quiso compartir junto con quienes lo deseasen un proyecto de felicidad a través de la caridad, la oración, el trabajo, el estudio y los consejos evangélicos. La oración nace de la propia limitación y una confianza total en Dios, con la consecuencia de transformar a quien ora. El trabajo satisface las necesidades materiales y evita que la comunidad sea gravosa para otros. Y el estudio, la lectura y el debate convierten a la comunidad en centro de formación y espacio de salvaguarda de la cultura y la sabiduría.
Y así, Agustín nunca separó su vida cristiana de una comunidad de hermanos que manifestaba de forma muy intensa lo que la Iglesia está llamada a ser.









