La realidad es tozuda y parece hablar a lo largo de la historia un lenguaje único: dominio, control, violencia. Hoy es Venezuela, Ucrania, Irán, Afganistán, Cuba, Líbano, Gaza… La lista va cambiando, pero no las formas de apropiación de recursos, imposición de ideologías, visión del otro como enemigo, la guerra como argumento.
La comunidad desaparece, el diálogo se percibe como debilidad, la cooperación como ingenuidad y la fraternidad como estrategia de fracaso. Los otros se vuelven enemigos, amenazas o instrumentos. Y cuando el otro desaparece, también Dios queda excluido.
San Agustín no propone una estrategia política ni un sistema económico, sino una transformación radical del corazón. Su ideal fraterno se apoya en dos dimensiones: una espiritual, la unidad/comunidad; otra material, la comunidad de bienes.
Compartir los bienes no es un gesto romántico, sino la forma real de romper con la dinámica del poder. Cuando nada es exclusivamente mío, el otro deja de ser rival y pasa a ser compañero de camino. Más que una organización práctica, la comunidad de bienes es un acto profético opuesto a la apropiación o la exclusión.
Para san Agustín los bienes son creación de Dios y, por tanto, buenos. El problema está en el deseo de poseer como principio que justifica toda opresión, violencia, indiferencia o despersonalización del “rival” que también quiere poseer lo mismo.
Agustín no propone “no tener”, sino poseer desde la austeridad y la simplicidad, liberarse del miedo a perder y del materialismo consumista, lo que tiene una dimensión profundamente social: cuando alguien deja de buscar lo suyo para buscar las cosas de Dios y lo común, evita de raíz todo conflicto. La guerra, la represión o el colonialismo tienen la misma fuente que el egoísmo cotidiano: la codicia.
Dice san Agustín que “la envidia divide, la caridad une. A diferencia del dinero, que disminuye cuando se emplea, la caridad crece cuanto más se ama” (Epístola 192, 1-2). Cuando la caridad organiza la vida, el poder deja de ser un fin y se convierte en un servicio. Cuando se comparte todo, la violencia pierde legitimidad, nadie la plantea.
El Dios que presenta Jesucristo en el Evangelio tiene el rostro concreto del otro, sobre todo del que sufre. No hay auténtica relación con Dios sin una relación justa con el hermano. En este sentido, seguridad no es acumular armas según el concepto de la “disuasión”, sino cambiar el enfrentamiento por encuentro, la imposición por diálogo, el interés propio por la fraternidad universal.
Alcanzar la unidad de corazones nos pone en sintonía con Dios. Y la sencillez, el desapego, la austeridad y el respeto a la dignidad del otro son los instrumentos.
Frente a este mundo violento e incómodo, feo y enfadado, dar testimonio de austeridad y sencillez es un camino alternativo, un acto de resistencia evangélica: vaciar las manos permite estrecharlas, vaciar el corazón de cosas permite que entren Dios y sus hijos.







