Es común entender la vida, las decisiones, o la propia fe, desde un sentido procesual: todo se va aquilatando, reformando, actualizando, creciendo; a veces los cambios son bruscos, por acontecimientos determinados, pero casi siempre ni siquiera nos damos cuenta de ellos hasta que no nos paramos a pensar y echamos la mirada atrás.
En la vida eclesial, por desgracia, se impone a veces un sentido de “meta administrativa”. Se habla de la Primera Comunión o de la Confirmación como del momento en que los jóvenes dejarán de pisar los templos. No es que las personas se despidan de la Iglesia, más bien mucho se han despedido de la respuesta a la pregunta más importante: ¿para qué me creó Dios?
Si una persona nunca se enfrenta a esta cuestión, la fe se convertirá en costumbre impuesta por otros y los sacramentos en acontecimientos aislados o celebraciones sociales, sin continuidad en la vida.
En el Evangelio hay muchas despedidas: Zaqueo dijo adiós a una manera egoísta de entender el dinero; Pedro dijo adiós a la seguridad de sus redes de pesca; Mateo se levantó de la mesa de los impuestos para comenzar una vida completamente distinta, sin saber cuál era; los encuentros con Jesús implicaban una despedida.
No ocurrían porque Dios quitara algo, sino porque regalaba algo mucho mayor. La vocación tiene esa fuerza. No añade una actividad más a la agenda, sino que cambia la forma de mirar la propia existencia, las expectativas, deseos y querencias.
Quien descubre para qué vive comienza de forma gradual a despedirse de aquello que antes ocupaba el centro de su corazón. En ese aspecto, el discernimiento vocacional acaba provocando grandes adioses:
- Adiós a una vida sin horizonte y un camino sin rumbo.
- Adiós a mendigar la aprobación de los otros.
- Adiós a construir la vida sobre la guía del éxito o de la apariencia.
- Adiós al miedo de no ser suficiente.
- Adiós a llenar las carencias con cualquier cosa y de cualquier manera.
- Adiós a acumular como vía de escape (experiencias, bienes, reconocimiento…).
- Adiós a vivir solo para uno mismo.
La espiritualidad agustino-recoleta entiende la vocación como un camino de interioridad para descubrir quiénes somos; desde la fraternidad nadie encuentra su lugar en solitario y mediante el servicio la vida se articula como un regalo para los demás.
Cada persona debe descubrir de qué necesita despedirse para vivir su auténtica vocación: adiós al miedo que paraliza, adiós al ego que necesita ocupar siempre el primer lugar, adiós a una vida vivida por inercia.
Pero también es un inmenso sí: sí a una existencia con sentido, sí a una misión propia, sí al amor que Dios ha soñado para cada uno. Y por eso nunca será el final de un camino, sino el comienzo de una vida que, por fin, encuentra para qué fue creada por amor.













