La Carta 15 de san Agustín suele fecharse en el año 390, cuando Agustín ha regresado ya a África después de su bautismo en Milán (387) y vive con total libertad y armonía su proyecto de comunidad religiosa alternada con una intensa producción intelectual.
Agustín intentaba atraer a sus amigos hacia una vida cristiana más comprometida. En el momento en que escribe esta carta, está también redactado su libro Sobre la verdadera religión.
Agustín escribe a Romaniano, natural como él de Tagaste, que es para el futuro santo un amigo, un protector y un benefactor. De buena posición económica, cuando Agustín se quedó huérfano, Romaniano le becó sus estudios, y este lo tomó como un mentor y una figura paternal.
Romaniano, como Agustín, también fue atraído y practicó el maniqueísmo, a lo que siguió también un momento de aproximación al catolicismo. Por eso Agustín le dedica varias obras, como por ejemplo el diálogo Contra los académicos.
Romaniano había comunicado a Agustín la alegría que sentía al haber tenido prosperidad material en una carta previa que no se ha conservado. Agustín le responde y comparte con su amigo esa alegría, pero también aprovecha la ocasión para hacer una reflexión: los bienes y éxitos están bien, deben recibirse con gratitud, pero nunca deben poseer el corazón de la persona.
Es una tensión muy característica del pensamiento agustiniano: el uso legítimo de las cosas temporales y el amor absoluto debido únicamente a Dios. Toda una invitación al desapego interior. Es bueno poseer, pero no ser poseído por las cosas, usar los bienes para el bien, no para quedar atrapado en ellos. Este es un resumen editado de esta Carta 15.
Me alegró mucho que en tu última carta compartieses tu felicidad conmigo, pero ¿me pides que ignore la riqueza de ver un mar tranquilo y sus plácidas olas? Si se te ha concedido tranquilidad para pensar en cosas mejores, ¡aprovéchalo!
No debemos felicitarnos a nosotros mismos cuando tenemos éxito, sino a aquellos por medio de los cuales lo hemos conseguido. La administración justa, obligatoria y tranquila de los bienes temporales nos produce méritos para conseguir la vida eterna.
Pero creo que este éxito no debe atarnos ni lo hemos de retener, para que no nos estorbe más cuando se multiplica, ni nos envuelva cuando parece liberarnos.
Como dijo Jesucristo, la Verdad: “si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo que es vuestro?” Relajando, pues, esa preocupación por las cosas y el éxito, busquemos los bienes permanentes y ciertos, pasemos por encima de nuestras riquezas terrenales.
Cuando abunda la miel, la abeja se esfuerza por cuidar y conservar libres sus alas, pues la misma miel mata a las que se apegan a ella.











