En el Lar Santa Mónica, 21 niñas cambiaron por un día sus preocupaciones por coronas, sus rutinas por aventuras y sus historias difíciles por un cuento en el que todas, sin excepción, fueron protagonistas.
Érase una vez, en una ciudad junto al mar, donde el sol parece no cansarse nunca de brillar y el calor invita a soñar con aguas frescas, un pequeño palacio llamado Lar Santa Mónica. Allí vivían 21 niñas que, aunque no habían nacido en castillos ni tenían sangre real, guardaban en sus corazones algo que ninguna corona de oro puede comprar: la capacidad de volver a soñar.
Cada año, cuando Brasil se viste de fiesta para honrar a Nuestra Señora de Aparecida, patrona del país, también celebra el Dia das Crianças, el Día de los Niños. Y como no hay reino que se precie sin una fiesta para sus pequeños habitantes, las 21 niñas del Lar Santa Mónica, en Fortaleza, recibieron una invitación muy especial: durante un día entero serían princesas.
Un carruaje, 21 princesas y un reino por descubrir
Cuentan las crónicas de aquel reino que, a las nueve de la mañana del domingo 11 de octubre, un carruaje de cuatro ruedas y motor esperaba a las puertas del palacio. No tenía caballos blancos ni cochero con sombrero de plumas, pero sí espacio suficiente para transportar algo mucho más valioso: 21 ilusiones que apenas podían contenerse entre risas, canciones y preguntas sobre lo que estaba por llegar.
El destino era un reino de diversión llamado Espaço Bora Multiatividades, donde el agua brillaba bajo el sol de Fortaleza y donde un grupo de hadas madrinas aguardaba con todos los preparativos para transformar a nuestras pequeñas protagonistas en auténticas altezas reales.
Aquellas hadas no habían llegado de un bosque encantado ni de las páginas de un libro. Pertenecían a tres grupos con nombres que parecían sacados de una hermosa historia: Embaixadores de Cristo, de la Capela Menino Jesus; Peregrinos de São Miguel Arcanjo, de la Igreja da Glória; y Amigas do Bem. Tres grupos de personas que habían decidido unir sus manos, su tiempo y su cariño para regalar a las niñas una jornada inolvidable.
Y comenzó la transformación. Hubo maquillaje, pinceles y colores, uñas pintadas con esmero y cabellos que, por arte de una magia muy particular, se volvieron rosas. No faltaron las coronas, porque princesa sin corona es como cuento sin final, ni los muchos regalos que recibieron sus majestades para disfrutar de aquella jornada extraordinaria. Todo estaba dispuesto para que ninguna se quedara sin su momento de gloria.
Pero las sorpresas no terminaban ahí. En uno de los rincones del reino, las princesas encontraron pequeñas figuras de cerámica que esperaban pacientemente a recibir color. Y así, entre pinturas, pinceles y mucha imaginación, cada una pudo convertirse también en artista, dando vida a sus propias creaciones. Porque en aquel palacio no había dos princesas iguales, ni tampoco dos obras de arte que tuvieran que parecerse.
Y como toda princesa merece tener algo que lleve su nombre, cada una recibió una botella para mantener el agua fresca, con su nombre grabado con láser. No era una joya de la corona ni un tesoro escondido en un cofre, pero tenía algo que la hacía única: estaba hecha especialmente para ella. En aquel pequeño detalle se escondía un mensaje mucho más grande: cada niña tiene un nombre, una historia y un valor que nadie puede arrebatarle.
Aquellas buenas mujeres, que no llevaban varitas mágicas ni alas de purpurina, tenían un poder mucho más extraordinario: el de regalar su tiempo para hacer felices a otras personas. Y así, entre brochas, esmaltes, cerámicas, risas y algún que otro espejo, fueron apareciendo 21 princesas, cada una con su propio estilo, su propia sonrisa y su particular manera de sentirse reina por un día.
Cuando las princesas cambiaron las coronas por el agua
Pero hay algo que los cuentos de palacio suelen olvidar: ser princesa puede resultar agotador. Entre el protocolo, las joyas, los peinados y tanto boato, nuestras altezas descubrieron que las coronas son preciosas, pero que con más de treinta grados de temperatura en Fortaleza resultan bastante menos interesantes que una buena piscina.
Y como en aquel reino no existía ninguna ley que prohibiera a las princesas divertirse, llegó el momento de abandonar por unas horas las galas reales. Las coronas quedaron a buen recaudo, los vestidos elegantes cedieron su lugar a los bañadores y las solemnes damas de la corte se convirtieron en las más alegres nadadoras del reino.
¡Y qué fiesta se armó en aquellas aguas! Hubo chapuzones, carreras, juegos y carcajadas que resonaban como campanas de alegría. Porque una princesa puede perder un zapato, como Cenicienta, o dormir cien años, como la Bella Durmiente, pero nuestras 21 protagonistas tenían muy claro que no estaban dispuestas a perder ni un minuto de piscina.
Pero lo más hermoso de aquel reino no eran las coronas, los vestidos ni siquiera la piscina. Era descubrir que aquellas 21 princesas también sabían cuidar unas de otras. En el agua se acompañaban y estaban pendientes de las más pequeñas; a la hora del banquete se ayudaban a comer y, entre juego y juego, se peinaban unas a otras para recuperar la elegancia que los chapuzones habían desbaratado. Porque en aquel palacio nadie necesitaba sirvientes ni damas de compañía: cada princesa encontraba en otra una mano dispuesta a ayudarla. Y así, sin necesidad de grandes discursos ni lecciones de protocolo, nuestras pequeñas altezas demostraron que la verdadera nobleza no se lleva en la cabeza, sino en el corazón. Porque la corona más hermosa es la que no se ve, pero se reconoce en la manera de cuidar a los demás.
Cuando el reloj marcó la una de la tarde, llegó la hora del banquete. Y, como corresponde a toda celebración de la realeza, sus majestades hicieron una pausa para recuperar fuerzas. Después de tanta aventura, el hambre había conquistado el reino y la mesa esperaba a sus ilustres invitadas.
Sin embargo, aquel banquete no puso fin a la fiesta. Una vez repuestas las energías, las princesas regresaron al agua, porque todavía quedaban juegos por inventar, risas por compartir y recuerdos por guardar. Así transcurrieron las horas hasta que, a las cuatro de la tarde, el carruaje volvió a ponerse en marcha rumbo al palacio.
No hubo trompetas anunciando el regreso ni soldados formando una guardia de honor. Solo 21 niñas que volvían al Lar Santa Mónica después de haber vivido uno de esos días que merecen guardarse en el cofre de los recuerdos felices.
Y colorín colorado… el cuento todavía no ha terminado
Los cuentos suelen terminar con una boda, un castillo y aquella conocida promesa de que todos vivieron felices para siempre. Pero la historia de nuestras 21 princesas merece un final diferente, porque sus vidas no han sido precisamente un cuento de hadas.
A pesar de su corta edad, estas niñas han conocido realidades demasiado duras para quienes apenas están comenzando a descubrir el mundo. Algunas han tenido que aprender demasiado pronto que la vida no siempre ofrece abrazos, protección y seguridad. Sus historias están escritas con páginas que ningún niño debería tener que vivir.
Sin embargo, si algo nos enseñan estas pequeñas princesas de Fortaleza es que, por muy dura que pueda llegar a ser la vida, siempre existe la posibilidad de volver a sonreír. Que después de las lágrimas puede regresar la alegría, que las heridas necesitan tiempo y ternura para sanar y que, incluso cuando parece que los sueños se han perdido, siempre puede aparecer alguien dispuesto a ayudarnos a recuperarlos.
Muchas de ellas van descubriendo esta verdad poco a poco gracias al amor y al cuidado de las Hermanas Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús, a la entrega cotidiana de sus cuidadoras y a la generosidad de tantas personas que comprenden que la caridad no consiste únicamente en dar dinero o cosas materiales. A veces, el regalo más hermoso que podemos ofrecer es nuestro tiempo, nuestra presencia y nuestra capacidad de hacer sentir a alguien que es importante, que merece ser querido y que su historia todavía tiene muchas páginas hermosas por escribir.
Las hadas madrinas de Embaixadores de Cristo, Peregrinos de São Miguel Arcanjo y Amigas do Bem no convirtieron calabazas en carruajes ni ratones en caballos. Hicieron algo mucho más difícil y maravilloso: regalaron un día de felicidad a 21 niñas que merecen todos los días felices del mundo.
Y quizá ese sea el verdadero secreto de este cuento. Que no hacen falta castillos para que existan princesas, ni coronas de oro para reconocer su dignidad, ni varitas mágicas para transformar la realidad. A veces basta con un poco de amor, una piscina, unas manos generosas y alguien que nos recuerde que seguimos siendo capaces de sonreír.
Porque aquel domingo, en Fortaleza, las 21 niñas del Lar Santa Mónica fueron princesas por un día. Pero su dignidad de princesas, su valor y su derecho a ser amadas no terminan cuando se quitan la corona. Ellas son uno de los tantos tesoros que Dios nos ha confiado para cuidar y custodiar como Familia Agustino Recoleta, aquí en Brasil y en tantos rincones del mundo. Tesoros que no se guardan bajo llave ni se esconden en cofres, sino que se protegen con ternura, se acompañan con paciencia y se ayudan a crecer con amor.
Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado. Porque mañana, en el Lar Santa Mónica, habrá 21 nuevas oportunidades para seguir escribiendo una historia de esperanza. Y mientras existan manos dispuestas a cuidar estos pequeños tesoros, siempre habrá motivos para creer que los cuentos también pueden tener finales felices.






