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San Ezequiel Moreno: el santo agustino recoleto cuya fuerza nacía del amor

Cristina de la Fuente narra la vida de san Ezequiel Moreno desde una mirada profundamente humana, descubriendo cómo el amor a Cristo sostuvo al misionero agustino recoleto en la misión, el sufrimiento y la enfermedad.
San Ezequiel Moreno

Cristina de la Fuente nos acerca a la figura de san Ezequiel Moreno, misionero agustino recoleto y obispo, a través de una narración profundamente humana. Lejos de presentar únicamente sus grandes obras apostólicas, este relato descubre el secreto que sostuvo toda su vida: un amor incondicional a Cristo que le permitió afrontar la misión, el sufrimiento y la enfermedad con una serenidad extraordinaria. Una historia que invita a descubrir la verdadera fortaleza de los santos.

Una vida sembrada por el amor de Cristo

La mañana era gris sobre Madrid. En los pasillos de la Clínica del Rosario flotaba ese olor penetrante a éter, alcohol y medicinas que parece adherirse a las paredes de los hospitales. El silencio apenas era interrumpido por el rumor apresurado de los pasos y el tenue tintinear de los instrumentos quirúrgicos preparados para la intervención.

Los médicos trabajaban concentrados. La operación era delicada. El cáncer avanzaba sin tregua, devorando la garganta y el paladar de aquel obispo que había cruzado océanos y cordilleras para anunciar el Evangelio. Al principio creyeron que la anestesia había surtido efecto. Sin embargo, de pronto, uno de los cirujanos observó algo que lo hizo estremecerse: un ligero rictus de dolor cruzó el rostro del paciente.

San Ezequiel estaba sufriendo. La anestesia no había funcionado.

Durante unos instantes, en la mente de aquellos médicos solo hubo dos pensamientos. El primero, encontrar palabras de ánimo para un hombre plenamente consciente de lo que estaba ocurriendo. El segundo, admirar la fortaleza extraordinaria de aquel enfermo que soportaba, en carne viva, los terribles dolores de la intervención sin una queja, sin un gesto de rebeldía, sin una palabra de desesperación.

Lo que aquellos médicos ignoraban era que el sufrimiento no era un desconocido para Ezequiel Moreno.

Desde hacía años convivía con el dolor. Pero tampoco sabían que aquel hombre, cuya serenidad parecía esculpida en piedra, poseía un corazón extraordinariamente tierno. Quienes lo conocieron jamás lo recordaron como un santo distante o severo. Al contrario, evocaban su sonrisa discreta, su trato afable, su capacidad para escuchar y aquella cercanía paternal que hacía sentir a todos acogidos.

Muchos años antes, bajo el sol abrasador de Filipinas, había recorrido senderos cubiertos de vegetación exuberante, atravesado ríos caudalosos y visitado aldeas remotas donde el aroma de la tierra húmeda se mezclaba con la brisa salada del océano. En Palawan, en Mindoro y, más tarde, en Luzón, los fieles descubrieron en él a un pastor entregado.

Un anciano sacristán de Las Piñas recordaba todavía, décadas después, a aquel párroco que parecía vivir para Dios y para su pueblo. Lo llamaba cariñosamente «el santulón». Lo veía emocionarse durante las primeras comuniones, cuidar cada detalle de la liturgia y contemplar a los niños acercarse al altar con una alegría que iluminaba todo su rostro.

Porque, aunque su aspecto pudiera parecer austero, en su interior ardía un fuego inextinguible: el amor de Dios.

Ese amor había comenzado muy pronto. Cuando era apenas un muchacho en Alfaro, una religiosa dominica le preguntó qué quería ser de mayor.

—Voy a ser fraile —respondió sin vacilar.

La monja, divertida por la seguridad del niño, replicó:

—¿Fraile? Pero si eres tan pequeño y tan «calandrajo», ¿para qué te van a querer los frailes?

Ezequiel, sin perder la compostura, respondió con una sonrisa:

—Ya me pondré un sombrero de copa para parecer más alto.

La religiosa rio de buena gana. Pero no imaginaba que aquel niño, aparentemente insignificante, llegaría a convertirse en uno de los grandes misioneros de su tiempo.

Su verdadera grandeza no estaba en la estatura, sino en la profundidad de su amor por Cristo.

La oración, el origen de una caridad sin medida

Ese amor lo llevó a dejar España para evangelizar Filipinas. Lo llevó después a regresar a Monteagudo, donde pobres, enfermos y hambrientos encontraban siempre abiertas las puertas del convento. Durante los años de necesidad en la comarca del Queiles, largas filas de hombres y mujeres aguardaban a las puertas del monasterio. Nadie se marchaba con las manos vacías.

En ocasiones, cuando los recursos escaseaban, san Ezequiel no dudaba en desprenderse incluso de bienes valiosos para socorrer a los más necesitados. Para él, el rostro del pobre era el rostro mismo de Cristo.

Pero quienes convivían con él conocían el secreto de aquella caridad inagotable.

Al caer la tarde, cuando el convento recuperaba el silencio, se dirigía al coro o al sagrario. Allí permanecía largas horas en oración. Los frailes observaban su recogimiento. Lo veían inmóvil, absorto, como quien conversa con un amigo íntimo.

De aquel encuentro nacía toda su fuerza.

Por eso eligió como lema episcopal aquellas palabras del salmista: Refugium meum et fortitudo mea es tu. «Tú eres mi refugio y mi fortaleza».

Aquella certeza sostuvo toda su existencia. Lo sostuvo cuando cruzó nuevamente el océano para restaurar la Provincia de la Candelaria en Colombia. Lo sostuvo cuando las iglesias volvieron a llenarse de fieles atraídos por su predicación. Lo sostuvo durante las largas horas en el confesonario, donde innumerables personas encontraban perdón, orientación y esperanza.

Lo sostuvo también cuando fue nombrado Vicario Apostólico de Casanare y, más tarde, obispo de Pasto.

Y lo sostuvo, sobre todo, cuando llegaron la enfermedad, las calumnias y el dolor. Porque el cáncer fue avanzando lentamente. Primero la garganta. Después la lengua. Finalmente, el paladar.

Cada palabra pronunciada se convirtió en un sacrificio. Cada alimento ingerido, en una prueba. Cada jornada, en una ofrenda. Sin embargo, jamás perdió la paz.

Cuando comprendió que la enfermedad era irreversible, no pidió privilegios ni tratamientos extraordinarios. Solo expresó un deseo: regresar a Monteagudo y morir junto a la Virgen del Camino, en aquel convento donde había profesado y donde había aprendido a amar a Cristo.

Y allí, rodeado por sus hermanos, esperó serenamente la llegada del Señor.

La fuerza de san Ezequiel Moreno nacía del amor

La mañana del 19 de agosto de 1906 amaneció tranquila. La luz dorada del verano navarro penetraba suavemente por la ventana de su habitación. Contra toda lógica, insistió en arreglar personalmente su cama. Su enfermero trató de impedirlo, temiendo que el esfuerzo lo agotara.

Pero san Ezequiel sonrió. Quería dejarlo todo en orden.

Quizá intuía que aquel día recibiría la visita más esperada de su vida. Horas después, el Señor vino a buscarlo.

Terminaba así la peregrinación del misionero, del pastor, del amigo de los pobres, del enamorado de Cristo.

Hoy, quien visita Monteagudo puede contemplar todavía aquella habitación silenciosa donde transcurrieron sus últimos días. Muy cerca reposa su cuerpo incorrupto, testimonio visible de una existencia entregada por completo a Dios.

Y mientras los peregrinos se acercan a rezar ante él, resulta inevitable volver a pensar en aquellos médicos madrileños que lo operaban aquella mañana de 1906.

Ellos admiraron su fortaleza. Pero nunca llegaron a conocer plenamente el secreto que la hacía posible. La fuerza de san Ezequiel no nacía de un carácter excepcional ni de una voluntad de hierro. Nacía del amor. Del amor inmenso a Cristo, que había conquistado su corazón para siempre.

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