En su comentario al Evangelio de este domingo, fray Luciano Audisio, OAR, nos invita a contemplar la parábola del trigo y la cizaña desde una perspectiva profundamente esperanzadora. Jesús no ofrece una explicación sobre el origen del mal, sino una revelación sobre la paciencia de Dios, que sigue creyendo en la buena semilla sembrada en cada persona. Una reflexión que nos anima a confiar en la acción silenciosa de la gracia y a dejar que Cristo crezca en nuestro corazón.
El buen trigo que Dios ha sembrado en nosotros
El Evangelio de este domingo nos sitúa nuevamente en el corazón del capítulo 13 de san Mateo, el gran discurso de las parábolas. Jesús no explica el Reino de Dios mediante definiciones ni tratados. Lo hace contando una historia que cualquiera de sus oyentes podía comprender: un campo, un sembrador, el trigo, la cizaña y la paciencia del dueño. Porque las parábolas no pretenden simplemente informar; buscan transformar la mirada. Nos enseñan a descubrir que Dios habla en las realidades más sencillas de la vida.
Quizá la primera pregunta que esta parábola nos invita a hacernos es muy sencilla: ¿quiénes somos nosotros? Somos como una espiga que nace del encuentro entre el cielo y la tierra. En nuestro origen está el gesto creador de Dios, que tomó el polvo del suelo e insufló en él el aliento de vida. Por eso llevamos en lo más profundo de nuestro ser una huella divina, un deseo de amar, de hacer el bien, de buscar la verdad y de entregarnos a los demás. Esa es la buena semilla que Dios ha sembrado en cada corazón.
Jesucristo es la plenitud de esa semilla. Él es el grano que cayó en tierra, murió y dio fruto abundante. Su vida entregada en la cruz revela que la verdadera fecundidad no consiste en conservar la propia existencia, sino en donarla. Toda la vida cristiana consiste en dejar que Cristo vaya creciendo en nosotros hasta que también nosotros lleguemos a convertirnos en pan partido para los hermanos.
Pero el Evangelio no presenta una visión ingenua de la realidad. Jesús no dice que el campo esté formado únicamente por trigo. En él también crece la cizaña. Así es nuestra historia. Ninguna familia, ninguna comunidad, ninguna sociedad, ninguna Iglesia y ninguna persona está libre de esa mezcla de bien y de mal. Donde hay trigo, también aparece la cizaña.
Sin embargo, el Señor quiere llevarnos todavía más lejos. El verdadero campo del que habla la parábola no es solamente el mundo; es también nuestro propio corazón. En cada uno de nosotros conviven la generosidad y el egoísmo, la fidelidad y la fragilidad, el deseo de servir y la tentación de buscar únicamente el propio interés. Muchas veces nuestras motivaciones son ambiguas. Incluso cuando hacemos el bien, descubrimos que no siempre lo hacemos por razones completamente puras.
Esta constatación puede producir desánimo. Con frecuencia nos escandalizamos del mal que vemos en el mundo, de los errores de los demás o de las incoherencias de la Iglesia. Pero quizá ese escándalo revela también algo más profundo: nos cuesta aceptar la cizaña que descubrimos dentro de nosotros mismos. Quisiéramos una humanidad perfecta, una comunidad perfecta e incluso una santidad perfecta e inmediata.
La paciencia de Dios es más grande que nuestra impaciencia
Por eso es tan importante la respuesta de Jesús. Cuando los servidores quieren arrancar la cizaña enseguida, el dueño del campo se lo impide. Sabe que, al intentar eliminar el mal precipitadamente, podrían arrancar también el trigo. ¡Qué distinta es la paciencia de Dios de nuestra impaciencia! Nosotros queremos soluciones inmediatas; Dios trabaja con los tiempos del crecimiento. Nosotros juzgamos rápidamente; Dios espera. Nosotros condenamos; Dios ofrece oportunidades de conversión.
El Evangelio añade un detalle que no deberíamos pasar por alto: la cizaña fue sembrada mientras todos dormían. El mal encuentra espacio cuando vivimos distraídos, cuando descuidamos la vida interior, cuando dejamos de vigilar el corazón. Pero Jesús también deja claro que la cizaña no proviene de Dios. Dios nunca siembra el mal. Él es solamente fuente de vida, de verdad y de amor. El mal es un enemigo que hiere la historia, pero no tiene la primera palabra ni tendrá la última. La victoria pertenece siempre a Dios.
Por eso la esperanza cristiana no nace de pensar que somos perfectos, sino de saber que Dios no abandona la obra de sus manos. Él continúa trabajando silenciosamente en el campo de nuestra vida. Lo hace a través de su Palabra, que ilumina nuestra conciencia; mediante los sacramentos, que comunican su gracia; por medio del perdón, que restaura lo que el pecado ha destruido; y con una paciencia infinita que nunca se cansa de esperar nuestra respuesta.
La santidad no consiste en no tener cizaña, sino en permitir que Dios fortalezca el trigo. Consiste en dejar que Cristo crezca en nosotros hasta que su manera de pensar, de amar y de vivir transforme poco a poco todo nuestro ser. Esa transformación no sucede de un día para otro. Es una obra paciente, como la de un agricultor que sabe esperar la cosecha.
Dios sigue creyendo en la buena semilla
Vivimos en un tiempo que tiene prisa para juzgar, etiquetar y condenar. Esta parábola nos invita a aprender la paciencia de Dios. Nos recuerda que nadie puede reducirse a sus errores, porque en cada persona sigue habiendo una buena semilla sembrada por el Señor. Y también nos invita a mirarnos con humildad, reconociendo que todos necesitamos conversión y que ninguno puede salvarse por sus propias fuerzas.
Al final, la buena noticia de este Evangelio no es que seamos capaces de arrancar toda la cizaña de nuestra vida. La buena noticia es que Dios no deja de cuidar el campo. Él sigue creyendo en el trigo que sembró en nosotros. Él continúa purificando nuestro corazón con delicadeza y firmeza. Él no se cansa de trabajar hasta que la imagen de Cristo resplandezca plenamente en nuestra existencia.
Que al participar hoy de la Eucaristía renovemos nuestra confianza en el Señor. No somos nosotros quienes nos salvamos; es Él quien nos salva. Dejemos que su Palabra penetre en nuestro corazón, que su gracia purifique nuestras motivaciones y que su amor haga crecer en nosotros el buen trigo hasta el día de la cosecha definitiva, cuando el Señor llevará a plenitud la obra que comenzó en cada uno de nosotros.



