Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

San Agustín y la inteligencia artificial: el pensamiento agustiniano en Magnifica Humanitas

Fray Enrique Eguiarte analiza el pensamiento de san Agustín presente en la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV y su aplicación al debate sobre inteligencia artificial, dignidad humana y doctrina social de la Iglesia.
Papa León

En este comentario, fray Enrique Eguiarte, OAR, uno de los mayores especialistas contemporáneos en san Agustín, analiza el profundo trasfondo agustiniano presente en la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV. A partir de las referencias explícitas e implícitas al obispo de Hipona, el autor muestra cómo conceptos centrales de la tradición agustiniana —la dignidad humana, la verdad, la justicia, la paz y la unidad— iluminan el debate contemporáneo sobre la inteligencia artificial, el mundo digital y el futuro de la humanidad.

Babel o Jerusalén: la gran decisión del mundo digital

La nueva encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, sigue en todo momento un esquema netamente agustiniano. Desde las imágenes que propone al inicio del documento —la torre de Babel y la reconstrucción de la muralla de Jerusalén por parte de Nehemías— quedan resumidos los principales contenidos de la encíclica.

De este modo, quienes buscan en los elementos tecnológicos y cibernéticos nuevos modos de dominación y de ejercicio del poder, olvidando la dignidad del ser humano, son comparados con los constructores de la torre de Babel. A ellos la encíclica dirige una exhortación y una llamada a redescubrir no solo la dignidad de toda persona humana, sino también la necesidad de vivir en la verdad. Para ello, el Papa parte de los principios esenciales de la doctrina social de la Iglesia, no únicamente para comentarlos, sino para aplicarlos al uso y al usufructo de los medios digitales contemporáneos.

Como fundamento del pensamiento de León XIV —y no podía ser de otro modo— aparece la figura luminosa de san Agustín. De él se mencionan cuatro textos explícitos y uno implícito.

El primero de ellos, y con una lógica evidente al tratar de la dignidad del ser humano y de su grandeza, es el conocido pasaje de las Confesiones: «Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (conf.1,1).

Se trata de un texto que resume admirablemente cuanto el pontífice presenta acerca de la dignidad humana. En efecto, como señala el Papa, reiterando la doctrina clásica de la Iglesia, el ser humano posee dignidad porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26). Por ello, toda persona no solo posee dignidad, sino también una grandeza implícita y ontológica, que no depende de su productividad ni de su valoración externa.

Esa grandeza es inherente a su ser, pues ha sido creada a imagen de Dios y lleva en sí un corazón inquieto que la impulsa hacia Él, siendo la única criatura del universo llamada a participar eternamente de la vida divina.

En segundo lugar, el Papa cita otro texto que, de algún modo, recorre toda la encíclica como un bajo continuo. Se trata del pensamiento presentado por san Agustín en La ciudad de Dios, convertido en el fundamento de toda esta obra y, al mismo tiempo, en el centro de la teología agustiniana de la historia: «Dos amores edificaron dos ciudades».

Posteriormente, el obispo de Hipona explica cuáles son esos dos amores: «el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo» (ciu. 14,28). Esta es la alternativa ante la cual se encuentra todo ser humano y según la cual construye una de las dos ciudades.

De nuevo, como señala acertadamente el Papa al inicio de la encíclica, es necesario optar entre Babel y Jerusalén. Para san Agustín, la ciudad de este mundo es Babilonia, cuyo nombre está etimológicamente relacionado con Babel, pues ambas significan —como recuerda el propio Agustín aludiendo a las lenguas semíticas— «confusión» (en. Ps. 136,1).

Frente a ello, la ciudad de Dios puede identificarse espiritualmente con Jerusalén. Por eso san Agustín destaca que Jerusalén puede interpretarse exegéticamente como «visión de paz» (en. Ps. 136,1), meta última de la peregrinación del ser humano en este mundo.

Así pues, la doctrina social de la Iglesia ayuda a que los elementos propios de la inteligencia artificial y del mundo digital puedan orientarse y convertirse en herramientas útiles para los peregrinos que se dirigen hacia Dios, y no, por el contrario, en obstáculos que no solo arrebatan la dignidad a los seres humanos, sino que terminan convirtiéndose en impedimentos para su auténtica realización.

Justicia, paz y dignidad humana en el pensamiento de san Agustín

Posteriormente, se cita un texto de la Enarratio in Psalmum 84, en el que san Agustín comenta el versículo del Salmo 84,11b (85,11b): «La justicia y la paz se besan».

San Agustín comenta:

«Nadie hay que no desee estar en paz, pero no todos quieren practicar la justicia. […] Pero tú debes practicar la justicia, ya que la paz y la justicia se besan, no están en discordia. Y tú, ¿por qué no estás de acuerdo con la justicia? Por ejemplo, te dice la justicia: no robes, y tú no le haces caso; no cometas adulterio, y te haces el sordo; no hagas a otro lo que tú no quieres que te hagan; no comentes de otros lo que no quieres que comenten de ti. […] ¿Quieres encontrarte con la paz? Practica la justicia» (en. Ps.84,12).

En el extenso pasaje recogido por la encíclica, el obispo de Hipona señala que no puede existir paz sin justicia, insistiendo en que ambos elementos son inseparables. Allí donde hay justicia, se favorece necesariamente el surgimiento de la paz.

En su comentario al salmo, san Agustín introduce además otro elemento fundamental para la encíclica: el misterio de la Encarnación, aunque este segundo texto no haya sido usado en el documento pontificio.

La naturaleza humana goza de una dignidad insospechada porque el Hijo de Dios asumió la carne en el seno de la Virgen María. Precisamente a esto alude san Agustín poco después del texto citado por el Papa, cuando comenta el versículo: «La verdad brotó de la tierra».

El obispo de Hipona interpreta estas palabras como una referencia al nacimiento de Cristo, pues Él es la Verdad que se ha hecho verdaderamente carne en el seno de María, simbolizada por la tierra fecunda (cf. en. Ps. 84,13).

Unidad, comunión y cuerpo de Cristo en la era digital

Una tercera cita está tomada del Sermón 272, una brevísima homilía que san Agustín predicó un domingo de Pascua a sus fieles, especialmente a los neófitos o infantes, como le gustaba llamarlos.

Este es el texto:

«Lo que vemos tiene aspecto corporal; lo que entendemos, fruto espiritual. Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Co 12,27). En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros, sobre la mesa del Señor está puesto el misterio que vosotros mismos sois: recibís el misterio que sois vosotros. A eso que sois, respondéis “Amén”, y al responder (así) lo rubricáis. Escuchas, pues: “Cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que tu “Amén” responda a la verdad».

En este texto, breve pero denso, san Agustín subraya dos elementos que el Papa retoma expresamente: la unidad y el compromiso de perseverar en ella, pues todos formamos el Cuerpo de Cristo, así como la santidad, dado que ese Cuerpo es santo.

Por ello adquiere gran relevancia la respuesta de los fieles: el «Amén». Esta afirmación no solo expresa la fe en la presencia real del Cuerpo de Cristo en las especies eucarísticas, sino también el doble compromiso de trabajar por la construcción de la paz y de vivir santamente como miembros dignos de ese mismo Cuerpo.

La última cita de san Agustín es implícita, pues el Papa retoma unas palabras pronunciadas en su discurso a la Curia Romana con ocasión del saludo de Navidad el 22 de diciembre de 2025, donde reiteró la frase agustiniana escogida como lema pontifical: In illo uno unum, es decir, «en aquel que es uno, todos seamos uno» (en. Ps. 127,3).

También aquí aparece la invitación a la unidad, al trabajo común y a la construcción compartida de la ciudad de Dios, la Jerusalén celestial. Unidos, como Nehemías en la reconstrucción de Jerusalén, y no dispersos en el egoísmo propio de Babel.

El aporte agustiniano de Magnifica Humanitas

Así, aunque las citas textuales de san Agustín no sean numerosas, el pensamiento agustiniano recorre toda la encíclica y sostiene sus líneas maestras: la caridad como principio fundamental de la doctrina social de la Iglesia; el amor y la pasión por la verdad; la dignidad del ser humano creado a imagen y semejanza de Dios —idea presente en los diversos comentarios agustinianos al libro del Génesis—; la búsqueda de la justicia; la oposición a toda forma de explotación humana; el rechazo de la guerra; el amor a la paz; el valor de la formación y de la educación; la fraternidad universal; y, finalmente, el destino eterno de todo ser humano.

 

Compartir:

Entradas Relacionadas

Únete a nuestra newsletter