En este comentario al Evangelio de Pentecostés, fray Luciano Audisio, OAR, profundiza en el Espíritu Santo como fuerza creadora y restauradora de la vida. A partir del relato de san Juan, esta reflexión muestra cómo Pentecostés no es solo el final del tiempo pascual, sino el cumplimiento de la creación nueva inaugurada por Cristo. El Espíritu entra en nuestras puertas cerradas, transforma las heridas y recrea las relaciones desde dentro.
Pentecostés: el cumplimiento de la Pascua y de la creación
Pentecostés no es simplemente el final del tiempo pascual; es su cumplimiento pleno. Es el momento en que aquello que Cristo ha realizado en su Pascua, su paso de la muerte a la vida, se vuelve experiencia viva en nosotros. Porque el mismo Espíritu que el Padre derramó sobre el Hijo para resucitarlo de entre los muertos es ahora el Espíritu que se nos comunica, introduciéndonos en esa misma dinámica de vida nueva.
Por eso, Pentecostés está profundamente unido a la fiesta judía de las Semanas, (haššāvuʿôt). Siete semanas, siete veces siete: el número de la creación elevado a su plenitud. No se trata solo de un cómputo del tiempo, sino de un símbolo: la creación llevada a su cumplimiento perfecto. Y el quincuagésimo día, ese día “más allá” del siete por siete, indica precisamente esto: la irrupción de algo nuevo, el desbordamiento de la creación en su plenitud.
Así, lo que celebramos hoy no es solamente el cumplimiento de la Pascua, sino también el cumplimiento de la creación. Y el Evangelio nos revela de qué modo acontece este cumplimiento: en el perdón de los pecados.
Porque perdonar no es simplemente “olvidar” una falta; perdonar es recrear una relación. Es volver a hacer posible lo que parecía definitivamente roto. Es, en un sentido profundo, una nueva creación. Por eso podemos decir que el perdón es la “creación de las creaciones”: el acto en el que Dios rehace lo que el pecado había desfigurado.
El Evangelio nos sitúa precisamente en el extremo opuesto de esta experiencia: en la “no relación”. Los discípulos están encerrados, paralizados por el miedo, separados del mundo, divididos entre ellos y heridos en lo más profundo de su vínculo con Jesús. El texto lo expresa con fuerza: “con las puertas cerradas donde estaban los discípulos por miedo a los judíos” (τῶν θυρῶν κεκλεισμένων, ὅπου ἦσαν οἱ μαθηταὶ διὰ τὸν φόβον τῶν Ἰουδαίων).
Puertas cerradas por fuera, pero también por dentro. Corazones cerrados, relaciones rotas, culpas no asumidas, heridas abiertas. Ese es el lugar donde irrumpe Jesús.
Y lo primero que dice no es un reproche, no es un juicio. Dice: “La paz sea con ustedes” (Εἰρήνη ὑμῖν). Pero esta paz no es simplemente tranquilidad o ausencia de conflicto. Es “plenitud, integridad” (šālôm). Es la creación restaurada, la vida en armonía, la relación recompuesta. Es el mundo tal como Dios lo pensó desde el principio, pero ahora atravesado por la historia del pecado y redimido desde dentro.
El soplo del Resucitado: una nueva humanidad
Y, para que no queden dudas, Jesús hace algo desconcertante: muestra sus heridas. Las heridas no desaparecen. Permanecen. Pero ya no son signos de derrota: se han convertido en lugares de encuentro. Son la memoria de la ruptura, pero también el lugar donde esa ruptura ha sido sanada.
Esto es decisivo para nosotros. Porque también nuestras heridas permanecen. No todo se borra, no todo se elimina. Pero, en Cristo, todo puede ser transformado. Lo que fue signo de dolor puede convertirse en lugar de gracia. Lo que fue distancia puede volverse comunión.
Y entonces Jesús realiza un gesto silencioso, pero lleno de una profundidad infinita: sopla sobre ellos. “Sopló en su rostro” (ἐνεφύσησεν εἰς τὸ πρόσωπον), dice el Génesis al hablar de la creación del hombre. Ese mismo gesto aparece ahora en el Resucitado. No es casualidad. Jesús está recreando al hombre. Está inaugurando una nueva humanidad.
Este soplo evoca también la visión de Ezequiel: “Profeticé tal como me lo había mandado, y entró el espíritu en ellos; volvieron a la vida y se pusieron de pie: eran un ejército numeroso” (Ez 37,1).
Allí eran huesos secos; aquí son corazones heridos. Pero la acción es la misma: el Espíritu que da vida, que levanta, que saca del exilio. Porque el verdadero exilio no es solo geográfico: es el exilio del corazón, la incapacidad de relacionarse, la ruptura interior.
Y este soplo nos remite también al Éxodo: “Y el Señor hizo retirarse el mar con un fuerte viento del este” (Ex 14,21). Ese viento abrió un camino donde no lo había, hizo posible el paso de la esclavitud a la libertad. Fue la Pascua, “Pascua” (pesaḥ).
Ahora, en Cristo, ese mismo soplo abre un camino en lo más profundo de nosotros: nos libera del pecado, de la muerte, de la imposibilidad de amar. Nos introduce en la verdadera libertad.
El Espíritu nos envía a restaurar la creación
Y entonces, después de soplar, Jesús dice: “Como el Padre me envió, yo también los envío” (Καθὼς ἀπέσταλκέν με ὁ πατήρ, κἀγὼ πέμπω ὑμᾶς).
Aquí hay algo sorprendente. Justo cuando las relaciones han sido restauradas, cuando la paz ha sido donada, cuando la comunión parece recuperada… Jesús los envía. Podría parecer una nueva distancia. Pero no lo es.
Porque en Dios, el envío no rompe la comunión: la manifiesta. Jesús ha sido enviado por el Padre hasta lo más profundo, hasta la muerte, hasta los infiernos. Y, sin embargo, nunca ha dejado de estar en comunión con Él. Al contrario, es precisamente en ese envío donde su unidad con el Padre se revela plenamente.
Así también nosotros. Ser enviados no significa alejarnos de Dios, sino entrar en su misma dinámica de amor. Ir hacia los demás, especialmente hacia las heridas, hacia las distancias, hacia las rupturas, es participar en la obra misma de Dios: restaurar la creación.
Pentecostés, entonces, no es solo un recuerdo. Es una experiencia. Es el momento en que el Espíritu viene a nuestras puertas cerradas, a nuestras heridas, a nuestras distancias, y las transforma desde dentro.
Nos da su paz. Nos muestra nuestras heridas transfiguradas. Sopla sobre nosotros. Y nos envía. Para que, allí donde haya distancia, llevemos comunión. Donde haya herida, llevemos sanación. Donde haya muerte, llevemos vida.



